|
La
Esperanza
por Ricardo
Stirparo y Horacio Prado
| "En el Señor
nosotros esperamos, él es nuestra
defensa y nuestro escudo; pues nuestro
corazón se alegra en él
y confiamos en su sagrado Nombre. Venga,
Señor, tu amor sobre nosotros,
como hemos puesto en ti nuestra confianza."
|
|
Sal.
33, 20 - 22
|
En la historia
de los hombres la esperanza ha sido un dato
fundamental para su existencia: gracias
a ella, el ser humano se ha superado, ha
alcanzado metas y conquistado ideales en
todos los campos.
El hombre
no puede vivir sin esperanza. Los jóvenes
son los que suelen recordarnos esta realidad.
Como cristianos,
nosotros sabemos lo que esperamos; nuestra
esperanza tiene un nombre: Jesús
de Nazaret.
Él
nos ha llamado y entusiasmado para construir
un mundo mejor, para que su Reino llegue
a todos los hombres y para que seamos portadores
de su esperanza, que no será defraudada
jamás.
Primer momento:
Después
de presentar el tema sobre el cual se trabajará,
se propone completar en forma personal la
siguiente ficha (de 25 por 15 cm.):
|
¿Qué
espero yo ...
|
|
de
Dios
|
del
país
|
de
mi familia
|
de
mis amigos?
|
| |
|
|
|
Después
de dar 15 minutos aproximadamente se invita
a armar grupos de 6 integrantes donde se
pone en común y se vuelcan las conclusiones
en una ficha similar, pero más grande
(75 por 45 cm.). Pasados 20 minutos se leen
los afiches en el grupo grande.
Segundo momento:
Para este
momento se propone escuchar un cuento que
Mamerto Menapace relata en su libro "Entre
el brocal y la fragua" Editora Patria Grande:
|
"El
águila y el chimango"
"Una
vuelta un hombre decidió
poner a prueba la providencia de
Dios. Muchas veces había
sentido decir que Dios es un padre
amoroso y que se ocupa de todas
sus pobres criaturas. El hombre
quería saber si realmente
Dios se ocuparía de él
y le mandaría lo que cada
día necesitaba.
Entonces
decidió irse campo adentro
hasta un montecito solitario, para
esperar allí que Dios le
enviara su diario sustento, por
manos de alguien que fuera lugarteniente
de su providencia. Y así
lo hizo. Una mañana, sin
llevarse nada consigo para comer,
se internó por esos campos
de Dios, y se metió en el
montecito que había elegido.
Lo primero que vio lo dejó
asombrado. Porque se encontró
con un pobre chimango malherido,
que tenía una pata y un ala
quebrada. No podía volar
ni caminar. En esas condiciones
no le quedaba otra que morirse de
hambre, a menos que la providencia
de Dios lo ayudara.
Nuestro
amigo se quedó mirándolo,
en espera de ver lo que sucedería.
En una de esas vio sobrevolar un
águila grande que traía
en sus garras un trozo de carne.
Pasó sobre el bicho lastimado
y le arrojó la comida justito
delante como para que no tuviera
más trabajo que comérsela.
Era como
para creer o reventar. Realmente,
el hecho demostraba que Dios se
ocupa de sus pobres criaturas, y
hasta se había interesado
por este pobre chimango malherido.
Por lo tanto no había nada
que temer. Seguramente a él
también le enviaría
por intermedio de alguien lo que
necesitaba para su vida. Y se quedó
esperando todo el día, con
una gran fe en la providencia.
Pero
resulta que pasó todo aquel
día, y nadie apareció
para traerle algo para comer. Y
lo mismo pasó al otro día.
A pesar de que nuevamente el águila
había traído una presa
para el chimango, nadie había
venido a preocuparse por él.
Esto le empezó a hacer dudar
sobre la real preocupación
del Señor Dios por sus hijos.
Pero
al tercer día sintió
que sus deseos finalmente se cumplirían,
porque por el campo se acercaba
cabalgando en dirección al
montecito, un forastero. Nuestro
amigo estuvo seguro de que se trataba
de la mismísima providencia
de Dios en persona. Y sonriendo
se dirigió a él.
Pero
su decepción fue enorme al
comprobar que se trataba de una
pobre persona que tenía tanta
hambre como él y, como él,
carecía de algo con qué
saciarla. Entonces comenzó
a maldecir a Dios y a su providencia
que se preocupaba sí de un
pobre chimango malherido, pero no
se había interesado por ayudarlo
a él que era su hijo.
El forastero
le preguntó por qué
se mostraba tan enojado y maldecía
a Dios. Entonces él le comentó
todo lo que estaba pasando. A lo
que el forastero le contestó
muy serio:
- Ah,
no, amigo. Usted en algo se ha equivocado.
La providencia realmente existe.
Lo de los dos pájaros lo
demuestra clarito. Lo que pasa es
que usted se confundió de
bicho. Usted es joven y fuerte.
No tiene que imitar al chimango
sino al águila."
|
Si nos preocupáramos
más por las necesidades de los demás,
ciertamente nos resultaría más
fácil creer en la providencia.
Preguntas para
orientar el trabajo del cuento:
- ¿Qué
esperaba de Dios este hombre?
- ¿Qué
características tenía esta
espera?
- ¿Por
qué Dios no responde a su espera?
- A la luz
del cuento, ¿en qué consiste
una espera activa y una espera pasiva?
Se les da 20
minutos para compartir en los grupos que
armaron anteriormente. Para la puesta en
común se prepara un afiche para escribir
las características que surjan del
punto 4.
Tercer momento:
Para disponer
al anuncio de la Palabra se puede realizar
un canto.
Se
proclama Lc. 24, 13 - 35: La aparición
de Jesús a los discípulos
de Emaús.
Algunos puntos
para remarcar:
- La esperanza
estaba fundamentada en lo que Jesús
ya había hecho, y los discípulos
eran testigos "Este hombre se manifestó
como un profeta poderoso en obras y en
palabras"
- Ya se había
realizado algo de lo que esperaban, pero
aún no todo. La esperanza es algo
muy fuerte, pero al mismo tiempo muy quebradiza.
Es muy vulnerable ante la experiencia
de sucesivos fracasos. Ya habían
pasado dos días y no se cumplía
lo esperado por ellos "Nosotros esperábamos,
creyendo que él era el que iba
a liberar a Israel". En los momentos donde
los proyectos no se realizan como nosotros
queremos, perdemos toda esperanza. Así
les sucedió a estos dos discípulos:
sintieron que Jesús no había
respondido a "su proyecto" y retornaban
a su pueblo.
- Y como ya
nada esperaban, nada podían recibir.
Ni el sepulcro vacío, ni el anuncio
de resurrección del ángel,
ni el testimonio de las mujeres. Nada
parecía ya conmoverlos. Porque
cuando perdemos la esperanza, perdemos
toda posibilidad de leer los signos que
Jesús nos da. Todo nos resulta
hueco, vacío, sin sentido; la tristeza
se instala en el corazón. Por estar
encerrados en lo que queremos recibir,
podemos perder lo que Jesús tiene
para ofrecernos. Así les pasaba
a estos discípulos que ya habían
olvidado la promesa de Jesús: la
resurrección.
- La esperanza
es recuperada cuando Jesús sale
al encuentro de los dos discípulos.
Jesús es nuestra esperanza, es
nuestro liberador, Él "se pone
a caminar a nuestro lado", "abre nuestros
ojos", hace "arder nuestro corazón".
Su Palabra y su Presencia Eucarística
son alimento de nuestra esperanza. Y esta
esperanza es para ser transmitida, anunciada,
testimoniada a otros.
Cuarto momento:
A partir
de la reflexión sobre el cuento y
la Palabra, invitamos a completar otra ficha,
primero en forma personal (15 minutos) y
después en los grupos armados anteriormente
(20 minutos) se vuelcan las conclusiones
en la ficha más grande:
|
¿Qué
esperan de mí...
|
|
Dios
|
el
país
|
mi familia
|
mis amigos?
|
| |
|
|
|
Se leen las fichas
grupales.
Quinto momento:
Para expresar
lo asimilado en este encuentro, se propone
realizar un afiche en forma de clasificado
para ser colocado en una cartelera de acceso
al público en la institución
donde está el grupo. También
se podría ofrecer a los negocios
del barrio para que lo peguen en las vidrieras,
hacer panfletos para repartir en la calle.
En definitiva, que puedan transmitir a otros
en qué consiste la esperanza cristiana,
en una sociedad tan desesperanzada. Ej:
|
SE
NECESITA JOVEN ESPERANZADO
Requisitos:
............................................
.............................................................
|
Para finalizar
les proponemos rezar con San Francisco:
Señor,
haz de mí un instrumento
de tu paz.
Allí
donde haya odio, que yo ponga amor;
donde
haya ofensa, que yo ponga perdón;
donde
haya discordia, que yo ponga unión;
donde
haya duda, que yo ponga fe;
donde
haya desesperación, que yo
ponga esperanza;
donde
haya tinieblas, que yo ponga luz;
donde
haya tristezas, que yo ponga alegría.
Oh, Señor,
que yo no busque tanto ser consolado,
como consolar,
ser
comprendido, como comprender,
ser
amado, como amar.
Porque
es dando como se recibe,
olvidando
como se encuentra,
perdonando
como somos perdonados
y
muriendo como nacemos a la vida
eterna.
|
| "Que Dios,
fuente de toda esperanza, les conceda
esa fe que da frutos de alegría
y paz, y así se sientan cada
día más esperanzados por
el poder del Espíritu Santo." |
|
Rom.
15, 13
|
Bibliografía
utilizada: "Hablemos algo sobre la fe, la
esperanza, el amor" de Justo Asiaín.
Ediciones
Paulinas
|