En aquel
tiempo unos pastores acampaban en
Belén y vigilaban a sus rebaños
durante la noche.
De pronto
se les apareció el Angel
del Señor y les dijo:
- Vengo
de parte de Dios a anunciarles una
gran Noticia, una gran alegría
para todos: hoy en la ciudad de
David, les ha nacido un Salvador,
que es el Mesías esperado.
Vayan y encontrarán a un
niño recién nacido
envuelto en pañales y acostado
en un pesebre.
Los
pastores no podían salir
de su asombro, exuberantes de alegría
corrieron hacia la ciudad en busca
del niño. Al llegar a un
establo entraron temblando de emoción,
y no podían dar crédito
a lo que sus ojos veían:
tres majestuosos reyes de oriente
rendían homenaje al pequeño
y ofrecían sus preciosos
regalos.
Los
pastores se sintieron avergonzados
porque no tenían nada para
regalar al niño. Cuando los
reyes se retiraron, ellos se animaron
a entrar, se llenaron de gozo al
ver al niño tal como el Angel
les había anunciado. Se disculparon
con la Madre por no tener ningún
presente que ofrecer, pero prometieron
volver al día siguiente.
Cada
uno de los pastores volvió
sin demora a sus hogares, pensando
en qué podrían regalarle
al mismísimo Mesías
que acababa de nacer.
Los
pastores eran humildes, pero deseaban
que su ofrenda se destacara sobre
el resto. Se esmeraron mucho para
esto y así uno de ellos se
presentó en el pesebre con
siete de sus mejores pieles. Otro
llevó hasta el establo cinco
de sus ovejas más espléndidas.
El siguiente dejó a los pies
del pesebre una colección
de hermosas tinajas de todos los
tamaños imaginables y así
cada uno que llegaba intentaba impresionar
a la Sagrada Familia con sus regalos.
El más
joven de los pastores era verdaderamente
muy pobre, sólo consiguió
una taza de harina y con un poco
de levadura y otro poco de sal logró
hornear con mucho cuidado y dedicación,
tres sencillos y apetitosos panes.
Mientras
terminaba de cocinarlos y se disponía
para llevar su ofrenda al Mesías,
lo alarmó los gritos de un
vecino que llamaba a su puerta:
- Amigo,
mi hermano ha llegado de un largo
viaje y no tengo nada para recibirlo,
¿puedes ayudarme?
El joven
pastor no sabía qué
contestar, pero lo conmovió
la necesidad de su vecino y finalmente
le dio uno de sus panes.
Con
sus otros dos panes se dirigió
rápidamente hacia el pesebre,
pero a pesar de su apuro no pudo
dejar de ver a una niña que
tiritaba de frío y hambre.
Él sabía lo que era
sufrir el hambre y sin pensarlo
demasiado le dio uno de sus panes
a la pequeña que le respondió
con una sonrisa.
Antes
de llegar al humilde establo, se
encontró con una familia:
padre, madre y un niño en
sus brazos, que había sido
desalojada y mostraban claros signos
de no haber comido en días.
Aquella escena lo conmovió
profundamente y acercándose
partió su último pan
y lo compartió con aquella
indigente familia.
Al llegar
al pesebre, observó las numerosas
ofrendas de los demás pastores.
Todos estaban allí, calculando
cuál era el presente que
más se destacaba.
El joven
pastor se llenó de vergüenza,
sólo le quedaba en sus manos
un pequeño trozo de pan.
Tomó coraje se acercó
a la Virgen, abrió sus manos,
dejó ver el pequeño
trozo de pan y le dijo:
- Sé
que el Mesías se merece mucho
más...pero aquí está
la ofrenda de este humilde pastor.
Los pastores
presentes intercambiaron miradas
y sonrisas burlándose del
insignificante regalo.
María
tomó el pan en sus manos
y miró a los ojos del joven
pastor, en su mirada limpia observó
sus buenas intenciones, su generosidad
y el destino de los panes que él
mismo había horneado.
La Virgen
se conmovió hondamente y
conservó en su corazón
el gesto del pastorcito.
Pasaron
los años y en lo sucesivo
María en honor a aquél
joven pastor, en cada cumpleaños
de su Hijo, horneaba algunos panes
y salía con Jesús
a compartirlo con los vecinos más
necesitados. Cuando por fin volvían
a su casa, sólo les quedaba
un pequeño trozo. María
lo compartía con Jesús
y mientras su Hijo lo comía,
le contaba, como en todos sus cumpleaños,
la historia del pastorcito que en
Belén, había hecho
el mejor de los regalos.