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La oración
de Jesús: el Padrenuestro
por Marcelo
A. Murúa
En la Iglesia
de los orígenes, y durante mucho
tiempo, la oración de Jesús
fue el camino para aprender a orar, y también
la mejor síntesis de la causa por
la cual Jesús vivió y dió
la vida.
Llamar a Dios
Papá Bueno, rogar que llegue ya su
Reino, pedir por el pan y el perdón
y comprometerse a realizar su proyecto fue,
y debiera ser, la señal de los cristianos.
Los
evangelios nos presentan la oración
del Padrenuestro a través de dos
versiones.
En el evangelio
de Mateo, encontramos el Padrenuestro
en el capítulo 6, formando parte
del Sermón de la Montaña (capítulos
5 al 7), y más específicamente,
dentro de una serie de esnseñanzas
sobre la oración. En el capítulo
6, Mateo reune varias enseñanzas
de Jesús sobre los tres pilares de
la piedad de los judíos: la limosna,
la oración y el ayuno. En las palabras
dedicadas a la oración se encuentra
el Padrenuestro. Jesús comienza exhortando
a no aparentar en la oración. Convoca
a orar en secreto, lejos de la vista de
los demás, pero cerca de los ojos
de Dios. Los fariseos acostumbraban a orar
en público para que la gente los
viera y reconociera su fervor. Jesús
critica esta disposición a exhibir
la oración (Mt. 6, 5-6). Es una práctica
vacía de sentido. También
enseña a no excederse en palabras.
Lo importante es confiarse en las manos
de Dios (Mt. 6, 7-8). A continuación
enseña el Padrenuestro, como modelo
de oración (Mt. 6, 9-13), y termina
alentando a vivir el perdón sincero
a los demás. "El perdón -la
disposición propia para perdonar
y la súplica de perdón cuando
es uno mismo quien ha cometido una ofensa-
es la condición previa por excelencia
para la oración por parte de los
discípulos de Jesús." (Teología
del Nuevo Testamento, J. Jeremías,
pág. 227, Ed. Sígueme).
En el evangelio
de Lucas, el Padrenuestro también
se encuentra enmarcado en una catequesis
sobre la oración. Las enseñanzas
se agrupan en tres temas: el Padrenuestro
(Lc. 11, 1-4), la confianza y seguridad
de que Dios escucha siempre (Lc. 11, 5-8)
y la eficacia de la oración al Padre
(Lc. 11, 9-13).
En Lucas, los
discípulos reconocen en la práctica
de Jesús una nueva forma de orar,
que les impresiona y quieren imitar.Un día,
al finalizar su oración, uno de ellos
le pide que les enseñe a orar. La
comparación con Juan el Bautista
y sus discípulos es importante. Era
común que cada maestro transmitiese
a su grupo de seguidores una oración
que los uniera, una especie de credo que
los identificase. Los discípulos
le reclaman al Señor que él
también les enseñe una oración
que los reuna, que los congregue como comunidad
que intenta vivir como él. El Padrenuestro
es una síntesis del mensaje de Jesús,
un resumen de sus motivaciones más
profundas. Es importante descubrir que Jesús,
cuando quiere transmitir lo medular de su
predicación y su vida, no utiliza
un discurso doctrinal, sino una breve oración
que reune lo más importante del sentido
de su vida. Jesús reza y enseña
el Padrenuestro porque primero lo vive y
lo practica.
Ambos evangelistas
sitúan el Padrenuestro en un contexto
de enseñanzas sobre la oración,
pero sus destinatarios son diferentes. Conocemos
que Mateo escribió para una comunidad
cristiana de origen judío. Son personas
que han aprendido a orar, dentro de la tradición
judía, pero deben estar atentos para
que su oración no se desvirtúe.
De ahí el contexto de duro ataque
a la forma de orar de los fariseos. No olvidemos
también que por la época que
Mateo escribe existe ya una franca separación
entre los cristianos y los judíos.
Lucas escribe para una comunidad de cristianos
helenistas o de origen griego. Son paganos,
provenientes de un mundo donde la oración
se hallaba en crisis y declinación.
Había que enseñarles a orar.
Es importante
observar que en ambas comunidades de los
orígenes cristianos, el Padrenuestro
formaba parte esencial de la enseñanza
de la oración. Este lugar privilegiado
también lo encontramos en la Didajé
(Catequesis de enseñanza cristiana
destinada a los catecúmenos, del
siglo I d.C.), en donde, tras enseñar
la doctrina de los dos caminos y el bautismo,
seguía una instrucción sobre
el ayuno y el padrenuestro.
Los textos evangélicos,
que reflejan la vida de las comunidades
que les dieron origen, nos transmiten que
se enseña a orar con el Padrenuestro.
Los evangelistas
recogen algunas diferencias en el texto
de la oración. Lucas incluye cinco
peticiones, y Mateo, en una versión
más larga, siete. La pregunta de
rigor ¿Cuál de las dos versiones
es más antigua (o refleja mejor el
pensamiento de Jesús) es compleja
de contestar? Teniendo en cuenta la extensión
de ambos textos, la versión de Lucas,
más breve, se halla contenida totalmente
en el texto de Mateo.
Esto hace pensar
que el texto de Lucas es el más primitivo.
Mateo, más extenso, incluye peticiones
colocadas en lugares determinados (al final
de la invocación inicial, al final
de las peticiones en singular y al final
de las peticiones en plural) que ayudan
a obtener un estilo literario más
cuidado.
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LUCAS
Padre,
santificado sea tu Nombre,
venga tu Reino,
danos cada día nuestro pan
cotidiano
y perdónanos nuestros pecados
porque también nosotros perdonamos
a todo el que nos debe,
y no nos dejes caer en la tentación.
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MATEO
Padre
nuestro que estás en los cielos
santificado
sea tu Nombre;
venga tu
Reino;
hágase tu Voluntad así
en la tierra como en el cielo.
Nuestro
pan cotidiano dánolsle hoy;
y perdónanos nuestras deudas
así como nosotros hemos perdonado
a nuestros deudores;
y
no nos dejes caer en la tentación,
más líbranos del mal.
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Sin embargo al
considerar los elementos comunes de ambos
textos (en el esquema están escritos
en itálica),
es el texto de Mateo el que parece ser más
antiguo. Mateo incluye la expresión
aramea "deuda", al referirse a los pecados,
en la petición de perdón;
mientras que Lucas utiliza un término
griego, más adaptado a sus interlocutores.
El uso de los tiempos verbales también
fortalece al texto de Mateo.
La estructura
más primitiva del Padrenuestro sería,
entonces, la siguiente:
- Una
invocación.
- Dos peticiones
(o deseos) en singular, en paralelo.
- Dos peticiones
en plural, en paralelo.
- El pedido
final.
Abba,
Padre bueno.
La invocación
de la divinidad como Padre se puede rastrear
en varias culturas y civilizaciones del
Antiguo Oriente, y en el mismo pueblo judío.
Sin constituir la forma más común
de referirse a Dios podemos encotrar varios
ejemplos en el Antiguo Testamento . Sin
embargo las palabras de Jesús encierran
una novedad radical, que desconcierta a
sus contemporáneos. Para hablar con
Dios Jesús utiliza el término
arameo Abba, que usaban los niños
pequeños para llamar a su Padre.
Con esta forma de comunicarse Jesús
revela un rostro desconocido de Dios. El
Dios lejano, que está en los cielos,
se hace cercano y compañero, en la
figura del Padre bondadoso que espera, acompaña,
protege y busca el bienestar de sus hijo
(Lc. 15, 11 ss)
Jesús
recurre al lenguaje común del pueblo,
para hablar de Dios. El hebreo estaba reservado
para el culto y el arameo lo hablaba el
pueblo. De esta manera nos enseña
que no lo encontramos al margen de la vida,
sino en medio de ella, a nuestro lado, como
un Padre que sufre y se desvela por sus
hijos.
Jesús,
que llama a Dios, Papá, nos invita
a repetir con él sus palabras. También
nosotros estamos llamados a ser sus hijos,
y a demostrarlo con nuestras vidas y obras,
como lo hizo Jesús.
Ser hijo (y poder
llamar a Dios "Papá") es un gran
honor y una serísima responsabilidad.
La Iglesia desde sus orígenes entendió
así esta enseñanza de Jesús
y se cuidó mucho de no "vanalizar"
el sentido del Padrenuestro. Esta era la
oración de los cristianos, de los
hijos, de los que seguían a Jesús,
participando y construyendo el Reino. La
oración de quienes se habían
convertido mediante el Bautismo y habían
optado por la vida de Dios. Este trato reverencial,
que, lejos de ser solemne, garantizaba que
se tomase "en serio" la proclamación
y oración del Padrenuestro, dejó
sus huellas en las fórmulas de introducción
al mismo, que todavía hoy, utilizamos
en nuestras celebraciones de la Eucaristía.
El sacerdote introduce el Padrenuestro con
las palabras "...y siguiendo sus divinas
enseñanzas, nos atrevemos a decir...".
Al enseñar el Padrenuestro, Jesús
nos invita a participar de su filiación
y nos muestra que Dios es un Padre Bueno,
y que para seguirlo hay que hacerse como
un niño y aprender a decir Abba.
Santificado
sea tu nombre.
Venga tu Reino.
Las dos peticiones
en singular se dirigen al Padre Bueno para
pedirle con confianza que su Voluntad y
su Proyecto se cumplan en la historia.
Ambas peticiones,
en paralelo, apuntan a lo mismo. Pedimos
que el nombre de Dios sea santificado, que
llegue a nosotros su Reino de justicia.
Nos confiamos en sus manos para que este
mundo, de pecado, injusticia y opresión,
donde muchos conocen la muerte temprana
de la enfermdedad, la desnutrición,
la desocupación, la falta de vivienda
y educación, la ausencia de oportunidades
para vivir, cambie y brille "un cielo y
una tierra nuevas". Pedimos que su nombre
sea santo, que se realice su voluntad, que
Dios, que es un Dios de Vida y Justicia,
sea reconocido, tenga su lugar acá
en la tierra. Pedimos para que su nombre
no se tome en vano, para que no se justifique
en el nombre de Dios una sociedad y un sistema
que genera exclusión y desigualdad.
Pedimos que su Reinado se haga efectivo.
Que llegue a nosotros. Que irrumpa en la
historia y la haga nueva. Pedimos porque
confiamos, contra todo desaliento y angustia
existencial, que el buen Dios va a reinar,
e instaurar su Justicia, "así en
la tierra como en el cielo". En todas partes,
en toda la creación.
Nuestro
pan cotidiano dánolsle hoy;
y perdónanos nuestras deudas
así como nosotros hemos perdonado
a nuestros deudores;
Luego de invocar
a Dios, Padre nuestro, y de suplicar al
cielo "que venga tu Rieno", volvemos los
ojos a la vida cotidiana. Nos encontramos
que, en este mundo, para construir el Reino,
todos debemos alcanzar lo necesario pàra
vivir, el pan nuestro, compartido, de hoy
y de mañana. El pan que simboliza
todo lo que es imprescindible para la vida:
el pan material y el pan espiritual. El
pan de la Vida, representado por Jesús,
que supo dar de comer a las multitudes hambrientas,
compartir su mesa con pecadores y marginados,
y permanecer entre nosotros bajo la Eucaristía,
como pan compartido, alimento de nuestra
fe y nuestra esperanza en el Reino del Padre.
La segunda de
las peticiones en plural nos recuerda la
importancia de las relaciones humanas. La
fragilidad de las mismas y la necesidad
de la reconciliación para reestablecerlas.
Pedimos perdón al Padre por nuestras
faltas, por las ofensas que cometemos, por
las deudas que contraemos al no comprometernos
eficazmente en la justicia y la construcción
del Reino. Pedimos perdón por nuestras
omisiones, por nuestro cristianismo cómodo
que evita el conflicto y las opciones. Pedimos
perdón, y nos comprometemos también
a perdonar a los demás. Manifestamos
con claridad nuestra intención de
promover relaciones nuevas entre las personas,
a partir de nuestro gesto concreto. Nos
presentamos ante Dios para decirle que estamos
dispuestos a perdonar, que nos animamos
a ser transmisores de su perdón,
porque reconocemos el perdón que
Dios nos concede y la nueva oprtunidad que
nos brinda.
Las cuatro peticiones
se entralazan, pedimos que venga el Reino
y que se manifieste concreto en el pan compartido
para todos (la igualdad de oportunidades
y la dignidad para todos) y una nueva manera
de relacionarse, basado en el perdón
y la justicia de Dios.
Y
no nos dejes caer en la tentación.
La última
petición sorprende. Es la única
que se realiza en negativo. Implica un corte
abrupto y un final tajante. Después
de elevar nuestra voz al Padre, sentimos
el peso de nuestras propias limitaciones.
Con los pies bien puestos sobre la tierra
reconocemos que es duro y díficil
ser consecuente con lo que hemos pedido.
Seguir a Jesús, pidiendo por el Reino,
y buscando su concreción en este
mundo, puede ser muchas veces un trago amargo.
Sentimos la tentación de bajar los
brazos, de escatimar esfuerzos, de convencernos
con justificaciones, de crearnos un dios
menos exigente, o simplemente, de cerrar
los ojos y los oídos, y seguir nuestro
propio camino. La tentación existe,
Jesús es testigo de su permanente
actualidad. A lo largo de su vida conoció
la tentación, de decir no la voluntad
del Padre. De dar vuelta la cara a su proyecto.
A fuerza de oración, entrega y fe,
salió adelante y marcó el
camino. No pedimos no tener tentaciones.
Son parte de la vida. Pedimos fuerza, coraje
y perseverancia, para no dejarnos arrastrar
por ellas y olvidar la causa del Padre:
el Reino.
Rezar el Padrenuestro
puede ser una costumbre, arraigada desde
pequeños, casi un acto reflejo, que
esquive la decisión de la voluntad
y el compromiso. En ese caso, no estaremos
orando al mismo Dios que nos mostró
Jesús.
En los tiempos
que vivimos, en medio de una historia colectiva
atravesada por la injusticia del antiReino,
que se hace visible en la exclusión
creciente de la mayor parte de nuestro pueblo
al acceso a una vida digna; en estos días,
rezar el Padrenuestro se torna una imperiosa
militancia, un desafío cotidiano,
un oasis donde abrevar para la lucha por
la Vida.
Rezar el Padrenuestro,
como nos enseño Jesús, puede
hasta ser una acto subversivo, una memoria
utópica. Porque subvierte y arrasa
con los cimientos de una sociedad egoísta
e injusta.
Eso sí,
rezarlo como Jesús: con la vida compartida,
con la entrega hasta la cruz, con la pasión
por el Reino, con la opción por los
más débiles, con los gestos
liberadores de vida nueva, y también,
y por todo eso, con los labios, como hijos
y hermanos, repitiendo sus palabras: "Padre
nuestro..."
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