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Fiesta del amor
desbordado
por Walter
Daniel Kuhry
Aquel perfume
de mujer
Cuando de pronto
se quebró el alabastro, el aroma
de aquella comida quedo inmerso en el perfume
que trajo " esa", que Jesús tendría
que saber - si fuera verdaderamente un profeta
- que es una pecadora.
Ese es el planteo
que nos presenta el Evangelio leyendo el
pensamiento del fariseo dueño de
casa. En aquella ocasión como también
suele pasarnos en la vida el mismo aroma
sugiere cosas tan, pero tan distintas...
Una cosa es percibir
el aroma y otra lo que el aroma dice. Para
esto último hay que entender mucho
de corazones. En aquella ocasión,
como también suele pasarnos en la
vida (¡Gracias a Dios!), llegan hasta
nuestra mesa otros aromas, aromas de otras
vidas con sus historias.
"Es verdad que
el mucho amor..." "Porque sólo el
amor cubre la multitud de los pecados".
Palabras del Amor dificultad en la llegada
de estos aromas se nota más frecuentemente
con la mesa de la liturgia, que extrañamente
pareciera menos afectable por esos otros
aromas, y que seguramente le harían
muchísimo bien. Esa debería
ser la mesa realmente de todos los aromas.
Aquel perfume de mujer fue sacramental,
fue signo del amor salvador.
Mujer
Me llama mucho
la atención que Jesús no hablara
primero con la mujer, sino con el fariseo
que lo había invitado a comer. "Simón,
tengo algo que decirte... ¿Ves a esta
mujer?... Sus pecados, sus numerosos pecados
le han sido perdonados, porque ha demostrado
mucho amor".
Estas palabras
hoy resuenan para nosotros, tal vez sin
el asombro que por amor a nosotros se hizo
pecado produjeron en aquellos que compartían
la mesa con Jesús.
Sin embargo esa
ecuación sigue siendo revolucionaria:
..."le han sido perdonados por que ha demostrado
mucho..." " Porque sólo el amor cubre
la multitud de los pecados". Palabras del
Amor, que por amor a nosotros se hizo pecado.
Y de manos del
perfume de aquella mujer entramos de lleno
en el gran misterio de la historia, el misterio
del Amor desbordado. Porque justamente "esa"
que era llamada y considerada "una pecadora",
ahora es llamada (nada menos que por La
Palabra): "mujer". ¿Puede haber mejor
elogio para una mujer?.
No fue sólo
una forma de referirse a ella, no fue una
palabra más entre tantas otras posibles.
Sin lugar a dudas ésta fue una palabra
re-creadora, transformadora de lo profundo,
re-generadora, restauradora, redentora,
reconciliadora. Jesús sin decirle
nada directamente a la mujer ya la había
transformado. Cuando todos la calificaban
como "esa", Él la vuelve a llamar
con esa palabra que la reconoce imagen y
semejanza de Dios, sueño del Padre
Creador, hechura de sus manos, destinataria
de las promesas divinas.
Aquella mujer
con sus numerosos pecados que ni ella ni
nadie niega, con su llanto, con sus cabellos,
con su perfume, con su vida lastimada había
entrado a la casa de Simón seguramente
- así me lo imagino - por la puerta
de atrás. Porque indudablemente a
ella nadie la había invitado. En
aquella mesa nadie pensó en un lugar
para ella. ¿¡A quién se
le podría ocurrir!?
Es fascinante
ver que Jesús no la invita a la mesa
sino que la pone como ejemplo para los comensales.
Mejor dicho, desempolva esa dignidad que
ya estaba, porque "la" dignidad es el amor.
Es fascinante ver que la mujer que entró
a escondidas tiene mucho "más que
ver "con Jesús que con los que estaban
en la mesa, y que sin dudas tendrían
"más temas en común" para
conversar con él. Porque en realidad
es Jesús el que tiene "más
que ver" con nosotros, más aún
desde su clara opción por el pobre,
pequeño y sufriente. Con cierto temor
y temblor podemos mirar desde aquí
nuestra vida eclesial: ¿Con quiénes
tenemos "más que ver" nosotros?
Aroma tras -
significado
Luego el texto
del evangelio de Lucas (7, 36-50) ya no
nos dice cómo terminó aquella
comida en casa del fariseo Simón.
De lo que sí podemos tener total
certeza es de que ninguno de los de allí
presente se sacó de encima tan fácilmente
el aroma del aquel perfume. Y con el aroma
les quedaron resonando las palabras de Jesús,
y les quedó la imagen de aquella
mujer que había logrado amar mucho,
y tal vez una cierta sensación a
flor de piel de haberse quedado fuera de
esta fiesta de amor. A veces pienso en aquella
mujer después de este encuentro con
Jesús, e imagino cuánto le
evocaría el aroma del aquel perfume
que el Amor desbordado había tras
- significado totalmente. Perfume de amor
que no reconoce límites, unción
para el Dios encarnado pronto a entregarse.
Permanentemente
me siguen retumbando en el corazón
aquellas palabras de Jesús al fariseo
Simón: "...tengo algo que decirte...
Tú no me besaste... no me lavaste
los pies... no derramaste perfume sobre
mi cabeza... en cambio ella..."
Sí, me
siguen retumbando con dolor esas palabras.
Porque yo en la Iglesia me parezco demasiado
a aquel Simón,..."en cambio ella...
" Porque Simón ofreció la
mesa, pero no participó de la fiesta
del Amor desbordado. Porque no se participa
de esa fiesta por "dar", sino por "darse",
no se participa por abrir la puerta de una
casa sino por "abrirse", no se participa
por estar a la mesa sino por amar mucho.
Simón organizó una comida
que para la invitada se convirtió
en una fiesta, porque el que verdaderamente
invita es Jesús. Él nos invita
a su fiesta que es juntar pedazos y de esos
pedazos seguir haciendo hijos, hermanos,
imágenes, y semejanzas, íconos.
Cuando de puertas
se trata
Recuerdo un templo
que en su puerta tenía escrito. "Casa
de Dios y Puerta del cielo" (lógicamente
en latín). Recuerdo que era una puerta
grande y realmente hermosa. Qué buena
idea que nuestros templos tengan puertas
grandes. Son todo un signo. Pero claro que
grandes, y de esto probablemente tenemos
mucha experiencia, grandes no siempre significan
para todos... De ser así, me pregunto,
¿seguirán siendo puertas del
cielo? Las puertas dicen mucho de lo que
hay y pasa adentro. Hay puertas que excluyen
y hay puertas que invitan a entrar. Hay
puertas que se abren y puertas que se cierran.
Ya han sonado
las cornetas que nos han llamado a Jubileo.
¡Abramos la puerta santa!
El primer signo
jubilar fue abrir la puerta santa, que también
es una puerta grande, de esas que están
adelante y son hermosas. La puerta santa
es un signo de aquel que se definió":
Yo soy la puerta" (Juan 10,7). Puerta de
salvación y libertad.
Pero la puerta
santa, más que ninguna otra debe
ser más grande, para todos. Entonces
urgentemente decretemos abrir las puertas
de atrás. ¿No serán acaso
esas verdaderas y plenamente las puertas
santas? Al menos, con toda seguridad son
esas las que necesitamos, porque si es jubileo
dejemos entrar de lleno el dolor, el pecado
con sus numerosos pecados, el llanto y también
su perfume.
Yo confieso que
necesito las puertas de atrás (bien
lo saben quienes me conocen) Porque igual
que aquella mujer, yo busco "al que perdona
los pecados". Abramos en nuestra iglesia
las puertas de atrás y no tengamos
miedo a los aromas que nos lleguen desde
ahí. Porque solamente las puertas
de atrás nos dan la real posibilidad
de ser como el Padre de las misericordias.
Las puertas de atrás nos permite
"ser como Dios", pero no como tentación
sino como plenitud y perfección.
Las puertas de atrás nos permiten
que todos podamos participar de la fiesta
de Amor desbordado, que todos podamos recibir
la salvación y llegar la libertad.
Al abrir esas
puertas de atrás vendría,
indudablemente, el desorden (¿o tal
vez la vida?). Y entonces habría
que comerse definitivamente los temores
(¡y que saludable sería esto!)
Entonces habría
que hacer profesión de fe en un amor
que siempre alcanza, y siempre sobra. Pero
suele pasar que nosotros con demasiada frecuencia
tenemos miedos, que por cierto ¡son
muy prudentes!.
Y así
ponemos condiciones para acercarse al Incondicional,
como si al desborde de su amor le pudiéramos
poner limites. Y eso a lo largo de la historia
él nos demostró sobradamente
que el Amor siempre sobra, que el Amor siempre
es desmedido, desbordado: creación...
las estrellas y las arenas de Abraham...
Inmaculada,... y el Verbo se hizo carne
y habitó entre nosotros..., aquellas
doce canastas y después las otras
siete,... "no busquen entre los muertos
al que vive "... Si no somos nosotros quienes
abrimos las puertas de atrás, las
abrirá el mismo Señor. Eso
también nos lo certifica la historia.
Nos lo certifica la mujer del perfume, el
ladrón "bueno", aquella otra mujer
que trajeron para apedrear, y el Pedro negador,
y... ¿quién de nosotros no?
Pero no olvidemos que aquellos que comían
con Jesús en casa del fariseo Simón
se quedaron fuera de la fiesta, "en cambio
ella"... ¡Cuando la Iglesia mide, cuando
la Iglesia teme, cuando la Iglesia no comprende
de las puertas de atrás
! ¿Para
quién sonarán las cornetas?.
¡¡¡JUBILEO!!!
No me dejen afuera...
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