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Con la mirada
larga
por Walter
Daniel Kuhry
La invitación
de un anciano
| "El Hijo
de Dios, que se encarnó hace
dos mil años por amor al hombre,
realiza también hoy su obra.
Hemos de aguzar la vista para verla..." |
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(N.M.I.
58)
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Sí, realmente
de eso se trata, de aguzar la vista. Aguzar
la vista como quien tiene necesidad de ver,
como quien busca ver, como quien desea la
luz. Es por demás de interesante
que esta invitación nos llegue de
este anciano que desafía un horizonte
que para él, pareciera cada vez más
estrecho (¿O será al revés?)
Porque la ceguera
produce fácilmente sus certezas.
¡Las sombras son tan constatables,
tan ciertas, tan innegables! No precisamos
predicadores de tinieblas, diagnosticadores
de oscuridades. Sobran los apologetas de
la noche. Precisamos catequistas capaces
de percibir el claroscuro de la vida. Catequistas
que valoren los grises más que condenar
lo negro. Catequistas que no corran detrás
de estrellas fugaces. Porque las estrellas
fugaces producen entusiasmo, pero el desafío
es vivir con pasión. Y eso es otra
cosa. La pasión exige mucho fuego
con que alimentarse. Lo fugaz nos deja inmersos
nuevamente en la oscuridad. Precisamos la
fidelidad de la vela, que no será
tan deslumbrante como la estrella fugaz,
pero que se consume hasta el final. Como
ese anciano que se consume iluminando.
Mirada profunda
Una mirada larga,
que sabe ir a lo profundo. Porque lo profundo
es lo más cercano, lo más
parecido a lo alto. Justamente por eso se
nos hace tan difícil. Porque lo profundo
exige mucho esfuerzo, y exige silencio,
tiempo de gestación, proceso.
Esta mirada profunda
viene desde muy lejos, viene de la historia,
de esa historia que se transformó
en historia de salvación, porque
Él está con nosotros. Y de
Él vamos aprendiendo a sumergirnos,
a calar profundo. Sólo así
podemos hacer de la vivencia una experiencia,
del vértigo un camino, del tiempo
una historia de salvación, del obstáculo
un desafío, de la caída un
recomenzar.
Esta mirada tiene
raíces hondas que llegan hasta las
carpas del viejo Abraham. Por eso es una
mirada capaz de sostener toda una vida,
capaz de encontrarle su sentido. Es una
mirada que memoriza promesas en cada estrella,
en cada playa. Porque mirar no es solamente
espectar; mirar es sumergirnos, hundirnos,
hacernos parte de lo que vemos. Mirar es
contemplar. El contemplativo es quien mejor
ve. Y contemplar es lo contrario de disfrazarse,
contemplar es una metamorfosis, una transfiguración
que viene del objeto de nuestra contemplación,
y nos va haciendo cada vez más imágenes
y semejanzas suyas.
Precisamos catequistas
contemplativos, hombres y mujeres del silencio
que es el ámbito del encuentro. Catequistas
de raíces hondas, cultivadas. Catequistas
capaces de alimentarse de las promesas del
Señor.
Mirada confiada
Porque la espera
no es dejar pasar el tiempo nada más,
la espera es certeza, es tiempo de gestación
en el que la certeza pasa a ser total realidad.
Pero eso nos exige conocer muy bien las
costumbres de nuestro Dios, sus ritmos,
sus tiempos, que nunca se parecen a los
nuestros. No es una tarea para nada fácil.
Nuestro Dios tiene su estilo totalmente
impredecible. Un estilo que a veces nos
parecerá lento, sumamente lento,
pero que otras veces nos parecerá
vertiginoso. Pero siempre tendremos la experiencia
de que Él irrumpe trastocándonos
toda la vida.
Precisamos catequistas
capaces de la espera, de la confianza arriesgada,
incomprendida. Catequistas amigos de Dios,
capaces de admirar la irrupción del
Señor en la vida.
Mirada que sabe
leer los más pequeños signos
de vida
Y es verdad que
hay que aguzar la vista para percibir la
vida en esta cultura de muerte. La vida
no es tan fácil de percibir, la muerte
sí. La muerte es estrepitosa, tiene
marketing, es rentable. Ahí tenemos
tantos medios de comunicación, asiduos
profetas de la muerte. Tenemos mercaderes
de la muerte, ellos saben que la muerte
cotiza bien en nuestras bolsas. Tenemos
sacerdotes de la muerte, que le rinden culto
profesando fe en su poder indestructible.
Porque es verdad que desde que nacemos constatamos
su poder, que va consumiendo nuestra existencia,
nuestro tiempo, nuestra salud. La muerte
es indiscutible.
La vida, en cambio,
tiene pequeños signos. Bien lo saben
quienes la han engendrado. Signos que para
muchos pueden parecer insignificantes. La
muerte siempre genera seguridades, lo mismo
que la esclavitud (que es sólo una
variante de la muerte). La vida en cambio
genera desafíos, incertidumbres,
desestabiliza la existencia, magnifica el
horizonte, compromete, invita a la esperanza.
La vida exige levantar la mirada, hacer
del cansancio siembra, del camino lucha,
del futuro sueño.
Precisamos catequistas
que comprendan el lenguaje simbólico
de la vida. Porque la catequesis es útero,
está para engendrar vida. Catequistas
que entiendan que los desafíos son
para generar sonrisas, que el horizonte
es para alimentar el deseo caminar.
Mirada que
taladra apariencias
Porque siempre
hay más allá, aún estando
acá. Porque el deseo expresado por
aquellos del evangelio: "Queremos ver a
Jesús" (Juan 12,21), exige una mirada
capaz del misterio. El misterio nunca se
ve, porque para el misterio nunca alcanza
con ver, hace falta la fe. (Cfr NMI 19)
Ya nos lo muestra el evangelio en los relatos
de las apariciones de Jesús resucitado,
no bastaba con verlo, había que creer.
Había que taladrar las apariencias.
Lo superficial se ve, en cambio lo profundo...
Las apariencias tienen un valor tan subjetivo
que casi se tornan indiscutibles: es lo
que veo, es lo que toco, es lo que escucho.
Y la realidad es que no hay que discutirlas
sino taladrarlas, perforarlas, ir mucho
más allá. Para ver a Jesús
hay que convertirse y creer (cfr Mc 1,15)
Precisamos catequistas
que quieran ver a Jesús, y por eso
estén dispuestos a la conversión
siempre. Hombres y mujeres del misterio,
que acepten el desafío de no entender
y sin embargo aventurarse más allá
de lo aparente. Catequistas que rompan el
molde de la superficialidad, porque la semilla
tiene que ir más allá de la
costra para que pueda prometer frutos.
Miramos desde
Él
El encuentro
con Él, la comunión con Él
nos abre los ojos. "Señor, que vea"
(Mc 10,51). Y así sucede. Nos lo
atestigua la historia desde aquel Bartimeo
en adelante: "...yo sólo sé
que antes no veía y ahora veo..."
(Juan 9,25) La mirada no es un problema
de técnicas sino de encuentro y comunión.
Se ve como se ama. Así nos lo certifica
aquel Padre de mirada larga que esperaba
el regreso de su hijo.
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