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De la desdicha
a la fiesta
Apócrifo de Emaús
por Walter
Daniel Kuhry
Volver
con la frente marchita:
Era una de esas
tardes primaverales, llenas de luz, pájaros,
flores. Una de esas tardes soñadas.
Pasamos todo el invierno esperando una tarde
así. Todo gritaba vida por afuera,
y lo gritaba bien fuerte; pero en lo más
profundo de nosotros recrudecía el
invierno y amordazaba con su hielo nuestros
sueños rotos.
Aquella tarde
nos volvíamos a Emaús. Por
el camino conocido y soleado, íbamos
llevando a cuestas toda nuestra decepción,
la íbamos masticando lenta y amargamente.
Como suele pasar entre las personas, a veces
hablando, y otras veces discutiendo. Y uno
va ensimismado en lo suyo, porque la decepción
indefectiblemente nos encierra, la tristeza
nos hace tremendamente miopes. Hay decepciones
que nos ocultan a los demás y el
mundo se reduce tan sólo a mi decepción.
Es cuando sentimos que no hay salida, y
todo se nos angosta. Es la angustia. Hay
decepciones que son demasiado grandes...
¿Cómo nos preguntas qué
estamos comentando? ¿Sos el único
que ignora lo que sucedió en estos
días? Claro, después caímos
en la cuenta que los únicos que ignoraban
lo sucedido éramos nosotros. Porque
nadie es más ignorante que quien
cree en la muerte. Porque nosotros esperábamos
que fuese Él quien liberara a Israel.
Sí, esperábamos, pero ya no
esperamos más. Fue un profeta poderoso
en obras y en palabras, pero ya fue... Ya
no esperamos nada, nos volvemos a lo de
siempre, a esa vida tediosa que tiene como
horizonte ineludible la muerte. Todo fue
un sueño, como suele decirse, demasiado
lindo para ser real. Ojalá estos
diez kilómetros nos alejen de ese
sueño.
Pero ¿cómo
íbamos a reconocerlo? Claro que lo
veíamos, pero nunca alcanza con ver
para creer. Hace falta creer para poder
ver. La luz de los ojos es tan poca cosa
comparada con la luz de la fe. ¡Y cuesta
tanto convencerse de eso! Los ojos perciben
pruebas y nuestro Señor solo da signos,
señales. Si hay fe se las ve, si
no hay fe, arde el corazón y uno
no sabe bien qué es lo que le pasa.
Íbamos
tristes, muy tristes. Y la tristeza es muy
mala consejera, y nunca permite reconocer
al Señor. Tristeza y fe se oponen,
y se oponen más que muerte y vida.
Volvíamos
fracasados. Nos habíamos embarcado
en una experiencia que pintaba maravillosa,
pero que había terminado como todo
lo nuestro: en una tumba, en la muerte.
Y de esto ya van tres días. Y hasta
aquí llegó nuestra ilusión.
No va más. A otra cosa. Qué
vamos a seguir esperando, se nos hizo trizas
la ilusión. Tenemos el corazón
hecho cenizas.
Era verdad que
algunas mujeres que están con nosotros
nos han desconcertado, fueron al sepulcro
de madrugada y no encontraron el cuerpo...
Algunos de los nuestros también fueron
y encontraron todo como decían las
mujeres... pero a Él no lo vieron...
Y otra vez con eso de ver. Claro, sólo
se ven los muertos. El mundo está
plagado de tumbas y de muertos.
Por supuesto
que nos cuesta creer. Sí, cuesta
demasiado creer, la tumba es tan cierta,
tan indiscutible. ¿Quién pude
creer que la vida es más fuerte?
¿Acaso no temblamos cuando algo amenaza
nuestra existencia?
Quédate
con nosotros:
Y tal vez de
aquella inmensa sed de luz que sentíamos
nos brotó la invitación: "Quédate
con nosotros porque el día se termina".
(Porque lo que produce la sed más
intensa es la necesidad de luz.) Recuerdo
que de muy chico le tenía miedo a
la noche, tiempo de fantasmas. Hoy amo la
noche, tiempo de salvación, pero
temo otras oscuridades realmente fantasmales.
Y es que anochece tan pronto en el temible
invierno de la fe, y entonces, cuando se
debilita la luz, y las sombras y los miedos
se hacen demasiado largos, fantasmales,
y ganan terreno corazón adentro.
Aquel atardecer de primavera todo se nos
hizo tan pero tan oscuro y tan frío
como aquella oscura piedra que cerró
su tumba. Sí, creo que aquella invitación
no fue pensando tanto en Él cuanto
en nosotros mismos y en nuestra propia sensación
de que el día se nos terminaba, y
la noche nos sumía en la oscuridad.
Más que darle un lugar buscamos llenar,
disimular al menos un vacío. Más
que hospitalidad lo nuestro era un doliente
y angustiado grito de socorro.
Y fue después,
al partir el pan que lo reconocimos. Nada
menos que al partir el pan. Partir el pan
fue un gesto suyo, inconfundible. Y la pobre
y tambaleante fe pudo al fin dar su paso
fundamental. Los signos, ah, los signos,
si no fuera por los signos, ¿qué
sería de nuestra fe?. Somos mendigos
de sus signos. ¡Cuanto le dicen a la
fe los signos!. Los signos son su lenguaje
propio. Y entonces sí podemos llegar
al corazón del misterio. Del signo
al misterio hay un abismo inmenso que sólo
la fe puede zanjar de la mano de los signos.
Y recién entonces comprendimos claramente
por qué nos ardía el corazón
en el camino de regreso, al escucharlo.
Y entonces sí, desde la fe podemos
releer todo lo que vivimos en el camino.
Y nos damos cuenta, recién entonces,
que hemos caminado todo el tiempo con Él,
con ese que pensábamos que se había
quedado en la tumba para siempre. Y desde
la fe comprendemos lo que aún no
entendemos, y jamás entenderemos.
¡Qué triste sería entender
si es tan fascinante creer!. Claro que no
hace falta entender para celebrar. Para
la fiesta no hace falta ciencia sino fe.
La fiesta tiene que ver con la fe, con las
certezas y no con las seguridades. La fiesta
está llena de signos no de pruebas.
Y desde la fe vemos lo que al ver no descubrimos.
Es verdad que
en el camino de regreso ardía nuestro
corazón, pero la cabeza buscaba pruebas.
Qué pocas cosas importantes podemos
probar. Son caminos tan distintos, divergentes.
Buscar pruebas es un camino demasiado conocido
por los hombres, por el que siempre nos
perdemos, y nos perdemos feo. Y frente a
una fría tumba es totalmente imposible
encontrar pruebas de la vida. Hay que taladrar
las tumbas para leer los signos de la vida,
porque nunca, jamás hay que buscar
entre los muertos al que vive.
Y continuó
la fiesta:
De ahí
en más todo fue regreso, misión
, luz, vida, festejo... Reconocerlo vivo,
era justamente eso: re-conocerlo. Había
que conocerlo nuevamente, no ya como el
profeta poderoso en obras y palabras, sino
como el Señor, el vencedor del pecado
y de la muerte. Por eso había que
regresar rápido, porque no había
ningún derecho a guardarse ni un
solo instante semejante buena nueva. Él
está vivo y eso no se puede callar
por ningún motivo. Si es justamente
la noticia que los siglos esperaron. Y fue
la luz para nuestras vidas y para la historia,
porque la resurrección virginiza
la luz. No solo la limpia de nuestras sombras
sino que la re-crea, la rehace. Y desde
ese momento se terminó la noche para
la historia de los hombres. Porque amaneció
la fe en plena noche primaveral, y ya no
habrá ocaso. Y la vida nos brotó
en el alma, y floreció contagiada
del perfume de la tumba vacía. Y
volver se nos hizo fiesta, y se nos hizo
abrazo. Una fiesta que durará hasta
la fiesta definitiva en el Reino consumado.
Y la discusión de otrora se tornó
aleluya, y la decepción se convirtió
en alegría, y su tumba vacía
grita vida, para siempre vida, sólo
vida. Porque desde aquel domingo la vida
es lo único irreversible.
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