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Amados por Dios
por Walter
Daniel Kuhry
1) En un mundo
triste
Es lo que cada
mañana nos encontramos, quizás
a partir de nuestro propio espejo, y así
sigue hasta el último instante antes
de dormirnos. Y es probable que aún
invada nuestros sueños. La verdad
es que abunda la tristeza en nuestro mundo.
Y lo peor es que ya lo tomamos como si tal
cosa, a tal punto que se nos hizo totalmente
normal encontrarnos con caras largas, gestos
adustos, miradas grises. Y, al contrario,
nos llama extrañamente la atención
si alguien va sonriente por la calle, y
es probable que pensemos: "a éste
le patina algo". Ya casi ni nos animamos
a preguntar "¿Cómo estás?"
Al menos no nos animamos a preguntarlo en
serio porque la respuesta con demasiada
frecuencia sería abrumadora.
Somos parte de
un mundo que perdió el sentido profundo
de la fiesta y gasta fortunas en caricaturas
de fiestas armadas, incapaces de celebrar
la vida. Con razón la muerte termina
fácilmente asociada a los festejos.
Las fiestas han perdido su gratuidad y su
honda relación con la vida. Pareciera
que al festejar huimos de la vida concreta,
real.
Somos parte de
un mundo que prefirió la risotada
a la sonrisa. Y eso es peligroso. La risotada
puede ser que tenga algo de histeria, la
sonrisa siempre tiene mucho de alma. La
risotada suele tener mucho de burla, la
sonrisa suele tener mucho de acogida. La
sonrisa tiene raíces que llegan a
la fe.
Somos parte de
un mundo que se inmuniza de la violencia
a pasos agigantados. Si las noticias no
hablan de decenas de muertos parecería
no golpearnos. Y el fuerte sabor de inseguridad
y la frecuente certeza de no poder hacer
nada nos van dejando como habitual el sabor
amargo en las palabras y en los gestos.
Es inevitable
que este sea nuestro ambiente, sería
inaceptable que invada sin más nuestra
mirada, nuestras palabras, nuestros criterios,
nuestros sentimientos, nuestras actitudes.
José Luis Martín Descalzo
en uno de sus poemas ponía en boca
de Jesús aquella expresión:
"yo no quiero discìpulos con alma
de ceniza..." No. De ninguna manera. ¡Hemos
sido creados para el fuego!
2) No nos olvidemos
del Amor
Pero como creyentes
no podemos olvidar que nuestro Dios es Amor.(1
Jn 4,8) Es nuestro "creo", nuestra certeza
fundamental. "Esta convicción nos
sostiene firmes en medio de un mundo desbordado
por la desconfianza, la inestabilidad y
la inseguridad" (NMA 5) Desde el amor entendemos
todos los atributos y características
de Dios. Pero es un amor a su estilo, totalmente
incomprensible para nosotros, un amor que
requiere nuestra contemplación y
nuestra capacidad de admiración.
Con razón alguien cantaba: "No se
puede vivir del amor" ¡Claro! No se
puede vivir de aquello en lo que no se cree.
¡Y nos cuesta creer en semejante amor!
Es el espíritu que al iluminarnos
nos permite reconocer semejante amor. Deberíamos
preguntarnos si le creemos a la Palabra
de Dios que nos afirma que "el amor es fuerte
como la muerte" (Ct 8,6) Sí, se vive
de lo que se cree y quien no cree ya está
muerto. Por eso nuestros amores, con frecuencia
son meras caricaturas del amor del Señor.
Y sin embargo son, aún así,
lo esencial de nuestras vidas. Porque todo
amor tiene al menos algún vestigio
del divino. Nada plenifica sino es el amor.
Es lo único verdaderamente digno
del Hombre.
3) Dejarse amar
El amor de Dios
siempre toma la iniciativa. Él nos
amó primero.
Nada hay más
importante ni profundo que este llamado
a vivir el amor. Nuestros obispos nos recuerdan
que: "La máxima perspectiva de la
dignidad humana es el llamado a vivir en
amistad con Dios que Jesús nos hace"
(NMA 6) Entonces: ¿Qué es lo
que nos salva: amar o ser amados? Sin dudas
ser amados, porque nuestro amor, en realidad
siempre es respuesta, siempre es un dejarnos
amar que permite que su amor florezca en
nuestra vida. Pero tenemos la experiencia
de lo que nos cuesta dejarnos amar. Dejarse
amar implica una profunda aceptación
de sí mismo y una profunda y alegre
aceptación de un Dios del cual soy
imagen y semejanza, pero que no se parece
a mí, al menos en el pecado. Una
vez más volvemos a la invitación
del Señor a que seamos como niños.
Dejarse amar que implica descentralizar
mi vida para que se torne teocéntrica.
Dejarse amar implica confianza, desarmarse,
desestructurarse.
Es dejar que
el protagonismo de mi vida lo tenga su amor
incondicional, fiel, definitivo. Sabemos
bien como nos cuesta dejar de ser protagonistas.
Hablamos con más frecuencia de salvarnos
que de ser salvados, de amar más
que de ser amados, de lograr la santidad
más que de ser santificados. Y así
estamos como Pedro, en esa tarea de caminar
sobre el agua en vez de estar admirando
que el Señor lo haga. Y es demasiado
probable que tarde o temprano nos asuste
el furor del viento y las olas, y empecemos
a hundirnos. Menos mal que estará
la mano del Señor extendida. Y aquel
suave reproche: "Hombre de poca fe, ¿por
qué dudaste?" Y es que Pedro se hundió
por su poca fe. Porque no creyó,
y entonces quiso ser él el protagonista
y caminar sobre las aguas. Comenzó
a hundirse por querer hecer algo que no
es tan nuestro cuanto del Señor.
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