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Abrir la puerta, para
que entre el señor
por Marcelo
A. Murúa
El Jubileo del año
2000 fue un tiempo de gracia para el encuentro
profundo con el Dios de la Vida. Uno de
los signos más importantes de ese año jubilar
lo constituyó la puerta. El Papa Juan Pablo
II inició los festejos del año Santo abriendo
una puerta e invitando a toda la Iglesia
a pasar por ella para acercarnos a Dios
y comprometer nuestras vidas en el seguimiento
de su hijo Jesús, construyendo el Reino.
La puerta, como símbolo, tiene mucho para
decirnos en nuestra vida de catequistas.
La puerta de nuestro
corazón
Como catequistas transmitimos
lo que llena nuestro interior. Como la planta
que orienta y mueve sus hojas hacia la luz
que le da vida, también nosotros debemos
orientarnos hacia el Dios bueno que vivifica
y fortalece.
La lectura de la Palabra,
los sacramentos, la oración personal y grupal,
la experiencia de comunidad, el compromiso
solidario, nos van renovando desde el interior
y nos ayudan a mantener abierta la puerta
de nuestro corazón.
Pero no siempre abrimos
la puerta para que Dios entre y empape nuestra
vida. Todos tenemos rincones de nuestra
existencia que permanecen inaccesibles a
la presencia del Padre. El crecimiento de
la vida de fe, orientada por el Evangelio,
puede ir «abriendo» esas puertas cerradas,
para que la brisa del Espíritu llegue a
toda nuestra persona. Y este es un trabajo
de toda la vida, ¡cuánto más para un catequista
que busca transmitir a otros la fuerza de
la Palabra!
María, madre, modelo
y maestra del catequista, es el espejo para
mirar nuestra vida y tomar ejemplo. Ella,
como ninguna, supo abrir la puerta de su
corazón para que Dios habitara en su interior.
Se hizo portadora de la Vida que no acaba,
lámpara que nos ofrece la llama siempre
viva de Jesús. Como María, para engendrar
al Dios del Reino y ayudarlo a nacer en
nuestras comunidades, digamos sí, al pedido
del Señor de abrir el corazón.
La puerta de nuestro
entendimiento
Como catequistas tenemos
la responsabilidad de ayudar a otros a descubrir
a Jesús y a fortalecer su fe, transmitiendo
las enseñanzas del Señor, a la luz de la
experiencia y guía maternal de la Iglesia.
La formación permanente, la lectura espiritual,
el intercambio con otros, la asistencia
a cursos-talleres-encuentros, irá permitiendo
el desarrollo y crecimiento de nuestra fe,
para poder razones de ella y enseñarla a
los demás.
Como la planta, que
para crecer y ser fuerte necesita el riego
cuidadoso, periódico y permanente, también
nosotros precisamos la formación que de
cimientos sólidos a nuestra fe.
Abrir la puerta de
nuestra mente para que la sabiduría del
Señor vaya impregnando nuestro entendimiento.
Es una gran responsabilidad del catequista
y de su comunidad: formarnos para crecer,
para saber, para vivir, para transmitir
con más fidelidad.
La puerta de nuestro
entendimiento no es sencillo mantenerla
abierta. ¡Cuántas veces nos cerramos en
posturas y formas de «entender» la vida
y la fe que no encuentran su raíz en el
evangelio de Jesús! ¡Qué díficil es abrir
nuestra mente para que el Dios Sabio sacuda
nuestras ideas y nos invite a pensar las
cosas desde su punto de vista!
Una vez más la virgencita
es quien nos orienta en el caminar de nuestra
espiritualidad. Ella vivió la apertura de
mente al proyecto de Dios y nos muestra
la manera de hacerlo también nosotros. Los
textos de la infancia de Jesús en el evangelio
de Lucas, cuando hablan de María repiten
dos veces una frase que suena a nuestros
oídos como letanía de vida.
| «María meditaba
estas cosas y las guardaba en su corazón» |
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(Lc. 2, 19; 2, 51)
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La virgen nos enseña
que para entender las cosas de Dios, primero
hay que abrir la puerta del corazón.
La puerta de nuestras
manos
Como catequistas somos
testigos de lo que anunciamos. Es decir,
transmitirmos con nuestras vidas lo que
presentamos con la palabra. Nuestro ejemplo
es la mejor enseñanza y será ciertamente
lo que ayude a enraizar el evangelio en
los demás.
Como la planta, que
bañada por la luz y regada por el agua,
brota y da fruto, también nosotros, si abrimos
la puerta del corazón y la del entendimiento,
podremos abrir las manos para ofrecer las
semillas de nuestro trabajo.
Abrir las manos significa
practicar lo que anunciamos, lo que anida
en nuestro corazón.
Abrir las manos significa
vivir, como Jesús, para mostrar con la vida,
y con gestos concretos, que es posible una
existencia distinta, ofrecida a los demás,
generosa con todos, abierta al Padre y a
los hermanos.
María nos enseña con
su testimonio que la verdadera transmisión
de la Buena Noticia comienza con la práctica.
Luego de la anunciación sabemos que se dirigió
en forma rápida y resuelta a colaborar con
su prima Isabel, que necesita una mano pues
era mayor y había quedado también embarazada
(Lc. 1, 39-56).
El camino espiritual
del catequista:
Tener corazón, mentalidad
y manos abiertas...
para que Dios abra la puerta,
y su Espíritu habite en nosotros,
y seamos testigos de Jesús,
enseñando con nuestra vida
lo que abunda en nuestro corazón.
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Para rumiar
el texto y la vida
Abrir la puerta, para que entre el
señor
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- ¿Cómo están
las puertas de tu corazón, tu mente
y tus manos?
- ¿Cuáles son
los cerrojos que impiden que se abran
por completo?
- ¿Cómo puedes
abrir estas puertas al Señor?
Ofrecele a Dios
un compromiso para abrirle la puerta
en tu tarea y vocación catequista.
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