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La palabra que da vida
por Marcelo
A. Murúa
La fuerza del
catequista está en la Palabra de Dios. Como
servidores de la Palabra y discípulos del
Señor de la Vida debemos esforzarnos en
recrear en nosotros una mística que nazca
y abreve en la lectura y reflexión de la
Biblia. Y digo recrear porque en el camino
de la fe siempre estamos recomenzando y
empezando de nuevo. No deben desalentarnos
los tropiezos, por el contrario, pueden
ser momentos y espacios vitales que alumbren
nuevos desafíos y crecimientos.
Seguramente muchas
veces nos hemos propuesto releer la Palabra
y mantener una rutina de oración con ella,
y con el tiempo la vamos perdiendo. Ahora
que comienza el año podemos recrear estos
propósitos y sumar nuevas fuerzas para incorporarlo
a nuestra vida. Porque la Palabra de Dios
para el catequista tiene que ser su alimento
diario. El contacto con ella despierta las
ganas de conocerla más e introduce en la
intimidad con Dios. Se trata, simplemente,
de hacer de la lectura de la Biblia un hábito
cotidiano.
Los grandes
maestros de espiritualidad (y no hablo sólo
de los que son conocidos sino especialmente
de los anónimos que todos encontramos en
nuestras comunidades) son personas de una
profunda unión con la Palabra.
Piensa
en tus maestros en la fe...
- ¿Qué relación
con la Biblia descubres en ellos y ellas?
- ¿Qué puedes
aprender para tu vida?
La Palabra de
Dios es la semilla que él mismo nos regala
para vivir como discípulos. Nuestra tarea
consiste en cuidar esta semilla para que
crezca y de frutos.
¿Cómo se cuida
la semilla de la Palabra?
- Con su lectura
cotidiana o Orando con la Biblia
- Estudiando y conociendo mejor las Escrituras
- Compartiendo con otros la oración y la
reflexión de la Palabra
- Buscando en ella la voluntad de Dios para
nuestra vida
- Descubriendo en ella las claves de una
conducta que siga los pasos de Jesús
- Dejando que ella penetre y empape nuestra
tierra (nuestra vida), aprendiendo a escuchar,
saborear y rumiar la Palabra antes de dar
respuestas
La Palabra,
fuente de espiritualidad
| «¡Bendito
el que confía en Yavé, y que en él pone
su esperanza! Se asemeja a un árbol
plantado a la orilla del agua, y que
alarga sus raíces hacia la corriente:
no tiene miedo de que llegue el calor,
su follaje se mantendrá verde; en año
de sequía no se inquieta, ni deja de
producir sus frutos.» |
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Jer.
17, 7-8
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Confiar en Dios
es buscar en su Palabra el alimento. Poner
en él la esperanza es descubrir la fuerza
que nace de su Palabra viva en nosotros.
Igual que los
árboles, cuyas raíces crecen y se introducen
en la tierra, abriéndose paso hacia el agua
que nutre, como catequistas debemos esforzarnos
en buscar diariamente el agua viva de la
Palabra de Dios en la Biblia.
Si nuestras
raíces están bien cercanas a la Palabra
de Dios tendremos fuerzas y ánimo para superar
las dificultades de la vida, los tiempos
de sequía que todos tenemos (por ser humanos).
Cuando sobrevengan estaremos preparados,
protegidos, cuidados... y como la planta
de la lectura, no dejaremos de producir
frutos.
Todos sabemos
que pasa con las plantas que no regamos,
en poco tiempo sus hojas se amarillentan,
se marchita, se pone rígida y terminar seca,
dura y sin vida.
Que no nos pase
lo mismo en la vida... que no perdamos el
contacto con el agua que nunca deja de fecundar
nuestras posibilidades.
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Para rumiar
el texto y la vida
La palabra que da vida
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Releé el pequeño texto del profeta
Jeremías.
- ¿Estás «plantado» cerca del agua
verdadera, o de otros arroyos?
- ¿Qué significa en tu vida el «alargar
las raíces»? Piensa en desafíos concretos
que debas superar.
-
¿Qué representa en tu vida la tierra
dura, las piedras, la profundidad
que unas raíces decididas deben enfrentar?
-
¿Tu follaje espiritual se mantiene
verde? ¿Cuáles son tus rincones que
se han marchitado o están amarillentos?
¿Cómo revivirlos?
-
¿Has pasado tiempos de sequía? ¿Por
qué? ¿Cómo superarlos?
-
Puedes terminar orando con el Salmo
1, que nos invita a la oración con
palabras muy parecidas a las de Isaías.
Dichoso
el hombre
que no va a reuniones de malvados,
ni sigue el camino de los pecadores
ni se sienta en la junta de burlones,
mas le agrada la Ley del Señor
y medita su Ley de noche y día.
Es como árbol plantado junto al
río,
que da fruto a su tiempo
y tiene su follaje siempre verde.
Todo lo que él hace le resulta.
Salmo
1, 1-3
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