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En tus
manos, Padre Bueno,
te
confío mis anhelos,
mis
proyectos y mis sueños.
Los nombres
que ya he pensado,
las
caricias que voy guardando,
las
fuerzas que a veces me faltan,
el
cansancio de algunas noches,
la
felicidad serena de muchos días,
las
dudas y los miedos
que
me acompañan,
la
confianza y la fe
que
me dan aliento.
El tibio
pulso de la vida
que
llevo dentro,
crece
conmigo
y
me llena de alegría.
Compañía
inseparable
de
tu presencia,
fruto
de un amor sincero
acrisolado
en tu voluntad fecunda,
presencia
del misterio divino
en
el encuentro profundo
del
amor humano.
Compañía
que
da sentido a la existencia.
Sorpresa
que
altera el ritmo de la vida.
Proyecto
que
se multiplica para adelante.
Misterio
que
crece y me colma día a día.
¿Sabes?
Pienso en María,
y
esos largos
nueve
meses de silencio,
y
tomo fuerzas, en ella,
madre
buena,
para
seguir adelante con alegría,
entusiasmo
y entrega generosa.
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Tiempo
de gestación.
larga
estación de esperanza,
anhelo
palpitante del encuentro,
confiada
espera
en
el Señor que da la vida.
En tus
manos, Padre Bueno,
me
confío esperanzada.
Tú
conoces mi voz,
mi
sentir y mi silencio.
Tú
sabes lo que te pido
sin
que murmure palabra.
Tú,
que conoces
el
corazón de cada persona,
busca
en el mío y encuentra
mi
espera de madre que te llama
y
te pide,
con
sencillez y esperanza,
por
la llamita de vida
que
alojas en mí.
Por
ella o por él te pido, Señor,
te
doy gracias, y me entrego, confiada,
en tus manos de Padre.
Marcelo
A. Murúa
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