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Tu Palabra
nos da vida, Señor,
nos ayuda a seguir adelante
nos sirve para meditar y aprender,
nos reconforta en la aflicción,
nos orienta en el discernimiento
y en la toma de decisiones.
Tu Palabra
es un espejo
que nos revela tu rostro.
Nos permite conocerte,
descubrirte,
amarte con profundidad,
anhelar el encuentro contigo.
Tu Palabra
es una ventana
por donde miramos al mundo
que nos rodea,
es una lupa poderosa
que nos revela los secretos
de la historia que vivimos,
dandonos pistas, claves, guías
para vivir con más fidelidad
a tus propuestas de vida.
Tu Palabra
es el pozo límpido
donde ir a beber
para apagar la sed
de justicia y de paz
que nos brota de adentro
al contemplar las cosas que vivimos,
la sociedad que hemos hecho,
o tolerado,
por no escuchar tus enseñanzas.
Tu Palabra
es el grito
que nos sacude de la tibieza
tan propia de nosotros,
los cristianos,
que hemos hecho
de tu voz un libro
de fin de semana
pasivamente escuchado
sin que la letra
encarne,
con sus dolores,
la vida nuestra de cada día.
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Tu Palabra
es cimiento,
roca sólida
donde construir las bases
de nuestro proyecto de vida.
Tu Pala bra es tierra fértil,
quien se queda a vivir en ella,
da frutos buenos,
frutos de vida,
frutos de ternura,
frutos de misericordia
y libertad.
Tu Palabra
resuena, Señor,
interpelante y firme,
pero a la vez,
cálida y llena de paciencia.
¡Ahoga nuestras sorderas!
Prepáranos para el cambio.
Tu Palabra
es vida, Señor,
quien vive según tus leyes
es dichoso,
descubrió la verdad, pero
¡qué díficil es
ser coherente!
Vivir la Palabra que proclamamos,
escuchar para nosotros mismos
lo que a veces decimos para los demás,
empezar por cambiar nosotros
para promover el cambio de los otros.
Tu Palabra
es aliento, esperanza, llamada.
Seguí hablando, buen Dios,
necesitamos escucharte a diario,
seguí hablando,
necesitamos seguir cambiando.
Marcelo
A. Murúa
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