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Una estrella
de luz
por María
Inés Casalá, publicado en
la revista Humanizar.
Fabián,
siempre esperaba con gran entusiasmo que
llegara el fin de semana. Los viernes, apenas
salía del trabajo, iba hasta su casa,
preparaba la mochila con las cosas necesarias
para acampar y algunos alimentos, medicamentos
y ropa que había juntado entre los
amigos. Tomaba el colectivo hasta el Tigre,
y llegaba con el tiempo justo para subir
a la última lancha que lo llevaba
hasta el camping. Sábado y domingo
se dedicaba a recorrer la zona en un pequeño
bote para conversar con las familias y compartir
con ellas las cosas que había llevado.
Al mismo tiempo, aprovechaba para hacer
una lista de necesidades para tratar de
resolverlas durante la semana. Ayudaba a
los chicos en las tareas -porque muchos
de los papás no sabían leer
ni escribir- y los alentaba para que no
dejaran de estudiar, aunque sabía
lo difícil que era para ellos ir
todos los días en lancha hasta la
escuela.
Feliciano, el
administrador del camping ya lo conocía
y lo esperaba con un plato de sopa caliente
los días de invierno, y una ensalada
con algún fiambre cuando hacía
calor. Fabián compartía la
sencilla comida con él, y después
armaba su carpa en el lugar más alejado,
cerca del río. Amaba las noches despejadas,
para tirarse boca arriba sobre el pasto
y contemplar las estrellas. Se pasaba horas
enteras contándolas, poniéndoles
nombres e imaginando dibujos en el cielo.
Cierta noche
estaba así tirado, disfrutando de
un cielo maravilloso en el que podía
distinguir hasta la estrella menos brillante
(esas que no se pueden ver en la ciudad),
sin nubes, con la temperatura ideal -ni
frío ni calor- cuando, de pronto,
le pareció que una estrella se movía.
Él había oído muchas
veces de estrellas fugaces y, en un primer
momento, no se extrañó.
Pero, al seguir
mirando descubrió que la estrella
parecía dudar. Se movía para
un lado y después para el otro. Como
si fuera una persona que no sabe si cruzar
una calle o no. Se mantuvo en ese juego
durante unos minutos. Fabián se fue
incorporando de a poco hasta quedar de pie,
sin poder quitar la vista de esa estrella
tan extraña. Quizá no sea
una estrella, pensó. ¿Será
un OVNI?
Después
de unos instantes, la estrella, que realmente
parecía dudar, se decidió
y se precipitó hacia la tierra. Fabián
se dio una gran susto, porque creyó
que se le iba a caer encima, y se agachó.
Le pareció que había caído
muy cerca, detrás de unos árboles.
«No puede
ser; las estrella no caen así, debe
tratarse de otra cosa; esto es imposible,
seguramente es una ilusión óptica
por estar fijando tanto tiempo la vista...»
Fabián
trataba de convencerse de que no había
pasado nada y ni siquiera miraba hacia los
árboles donde supuestamente había
visto caer la luz. Sin embargo, su curiosidad
fue más grande. «Si no fue nada,
¿qué pierdo con ir a ver?»,
se justificó.
Se dirigió,
entonces, hacia ese lugar tratando de no
hacer ruido.
Llegó
hasta donde había varios árboles
caídos que formaban un claro. Entonces,
la vio.
No podía
creerlo. Se frotaba los ojos, porque creía
que estaba soñando; o hipnotizado;
o sugestionado... Sentada en un tronco,
con la cabeza apoyada en un brazo y una
pierna doblada sobre la otra, se encontraba
una estrella. Tenía una expresión
de gran tristeza y a Fabián le pareció
ver una pequeña lágrima que
le caía por la mejilla.
Tuvo miedo, pero
el temor fue desapareciendo al contemplarla
tan desamparada y triste. Se acercó
despacito y le dijo:
-Disculpe, no
entiendo qué está pasando,
pero me da mucha pena verla así.
¿Quién..., o qué es usted?
¿La puedo ayudar en algo?
La estrella levantó
los hombros como diciendo que ya nada le
importaba y giró hacia el otro lado.
-De verdad señora,
no me gusta dejarla acá sola y tan
triste; quizás pueda hacer algo para
ayudarla (Fabián apenas se daba cuenta
de lo asombroso de la situación.
No todos los días se conversa con
una estrella; pero no le quedaba más
remedio que hacerlo).
Después
de un rato, la estrella le dijo:
-Te agradezco,
pero lo dudo. No creo que nadie pueda ayudarme.
¡Estoy tan cansada! Pero es muy largo
de contar. Casi dos mil años de vida
no se cuentan en un minuto.
Fabián
se sentó en un tronco, a una distancia
prudencial y dijo.
-No importa,
no tengo nada que hacer. Tengo tiempo para
charlar con usted.
La estrella comenzó
a hablar lentamente y, en su voz, se percibía
una gran tristeza.
-Hace dos mil
años me encomendaron una tarea. La
más importante, me dijeron. No importa
que seas chiquita, ni que no tengas mucho
brillo. En el momento oportuno, el brillo
te llegará de afuera y llamarás
la atención de todos los hombres.
Era mi oportunidad. Ya no sería una
estrella más; ya no pasaría
inadvertida; los hombres me pondrían
un nombre y figuraría en los catálogos.
Fue así que acepté, y con
mi luz señalé el camino a
unos sabios hasta el pesebre donde había
nacido un pequeño niño.
Desde ese momento,
todos los años hago el mismo camino,
para que nadie se olvide de ese gran acontecimiento
que, según me contaron, cambió
la historia de los hombres. Pero, con el
paso del tiempo, me di cuenta de que ya
no vale la pena; que los hombres no miran
hacia el cielo; han perdido sus sueños;
se matan en las guerras...
Interrumpió
su conversación durante unos segundos
y, con la mirada perdida, pareció
estar buscando una palabra para completar
la frase, un adjetivo para la palabra guerras.
-En guerras.
Esta palabra es tan tremenda en sí
misma, que no necesita nada que la acompañe.
Si dijera en terribles o crueles guerras,
alguien podría llegar a pensar que
hay guerras que no son terribles o crueles.
¡Se matan entre hermanos! Vi torturas
y desapariciones. También vi a mucha
gente morirse de hambre, al mismo tiempo
que otros despreciaban el plato que le ponían
delante. Mujeres golpeadas, sometidas y
esclavizadas. Chicos sin escuela y otros
que la desaprovechan. Vi gente enriquecerse
en forma desmedida y despiadada, mientras
otros carecían de lo indispensable.
Excluídos en un mundo globalizado;
enfermos que podrían curarse; locos
abandonados por sus familiares; personas
viviendo sin techo; niños mendigando
o robando o matando... Niños de la
calle asesinados. Violencia engendrada por
las desigualdades y por la injusticia.
Los que deberían
servir porque tienen el poder, se preocupan
por unos pocos.
Yo, que vi nacer
al niño de Belén, que escuché
lo que predicaba, que lo vi compartir la
comida, echar a los mercaderes del templo,
lavarle los pies a sus discípulos,
creo que ya no tengo nada más que
hacer. Los hombres se han olvidado de todo
lo que él dijo. Ya no tienen arreglo.
Ya no miran el cielo, ¿para qué
voy a seguir recorriendo ese camino?
Fabián
se había quedado mudo y paralizado.
No sabía qué decir ni qué
pensar. Todas las ideas se le mezclaban.
La estrella parecía tener razón
pero, sin embargo, Fabián se revelaba
contra esta idea. ¿Ya no hay esperanzas?
¿Ya está todo perdido? No sabía
que decir y comenzó a balbucear palabras
incoherentes:
-Bueno, no todo
es así, puede ser que... Yo creo
que podríamos
La estrella lo
interrumpió.
-Está
bien, no hace falta que intentes convencerme,
yo ya decidí qué hacer. ¿Por
qué no me contás qué
hacés vos en este lugar tan apartado
y alejado?
Fabián
la invitó para que fuera hasta su
carpa y le convidó un mate. Él
se recostó en el pasto y la estrella
a su lado. Así, comenzó a
contarle a qué se dedicaba y qué
hacía los fines de semana en esa
isla.
-¡Qué
suerte que te encontré!, dijo la
estrella cuando Fabián terminó
de hablar. Aunque este año no brille
para todos, vos tuviste la oportunidad de
tenerme bien cerca tuyo. Sos el único
que merece verme...
Fabián
que había entrado en confianza la
interrumpió brúscamente y
le dijo:
-Creo que está
equivocada. En primer lugar, no soy el único
que merece verla; y por otra parte, es cierto
que el mundo parece encaminarse hacia la
destrucción y que no hay nada que
pueda detener lo que está pasando,
pero, justamente por eso, creo que tiene
que brillar más que antes. Hay muchas
personas que sólo miran hacia abajo,
que necesitan una luz fuerte para descubrir
que pasan cosas más allá de
sus narices. ¡Cómo se va a dar
por vencida justo ahora que es cuando más
la necesitamos!
Muchos hombres
no van a reconocer su luz y ni siquiera
se van a enterar de que usted hace un recorrido
para llamarles la atención, para
recordarles un gran acontecimiento, para
anunciar que para Dios, los hombres somos
importantes, porque él se hizo uno
de nosotros. Pero quizás, alguno
puede llegar a levantar la vista y verla
¡Aunque más no sea por casualidad!
¿Y a los otros? ¿Quién
va a renovarles la esperanza?
Fabián
dijo esta última frase gritando.
La estrella permaneció callada. En
la oscuridad, Fabián no pudo distinguir
que esbozaba una sonrisa.
De golpe, sintió
algo húmedo en su rostro. Era «Pirata»,
el perro del administrador del camping que
le estaba lamiendo la cara.
-¡Eh, Fabián!
¿Cómo estás? ¿Te
pasó algo?, preguntó Feliciano.
Me asusté, porque vi una luz y te
oí gritar como si estuvieras discutiendo
con alguien. Pensé que te había
pasado algo, pero seguramente te quedaste
dormido. Metete dentro de la carpa que te
vas a resfriar con el rocío.
Fabián
le hizo caso, entró en la carpa,
pero tardó en dormirse, porque aunque
estaba seguro de que todo había sido
un sueño, sentía una extraña
sensación.
Pasaron los días
y llegó el tiempo de Navidad. Poco
antes, Fabián organizó una
fiesta con la gente de la isla y unos amigos
de la ciudad .
Feliciano prestó
el camping y armaron una gran mesa para
la fiesta que comenzó bien temprano
por la mañana y duró hasta
la tardecita. Comieron lo que cada uno había
llevado, bailaron y cantaron. Antes de irse,
Fabián regaló a cada familia
una pequeña estrella de madera para
que la colocaran sobre el pesebre.
El 24 a la noche,
justito cuando daban las doce, todas las
familias de la zona, vieron una gran luz
que provenía del pesebre donde estaba
la imagen del pequeño bebé.
Esa luz, para
sorpresa de todos, venía de la pequeña
estrella de madera. En el cielo, también
brilló una estrella, aunque ya no
señalaba el camino hacia el lugar
donde hace dos mil años había
estado el niño. En cambio, iluminaba
a todos los que, como Fabián, hacen
nacer a Dios en medio de los hombres y los
conducen hacia él.
Y, para sorpresa
de muchos, esa nochebuena, estuvo muy iluminada.
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Guía
de Trabajo Pastoral por
María Inés Casalá
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¿Qué
opinan de lo que le pasa a la
estrella?
Si hubieran estado en el lugar
de Fabián, ¿qué
le hubieran contestado?
¿Por
qué «esa nochebuena
estuvo muy iluminada»?
¿Cómo
podemos hacer, cada uno de nosotros,
para hacer nacer a Dios en medio
de los hombres y ayudarlos a
ir hasta él?
Oración
Te
pedimos, Señor, para
que podamos ser, en medio de
los hombres, la luz que ayuda
a encontrarse con Jesús.
publicado
en Diálogo 96
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