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Cuaresma,
volver al Dios de la Vida
por
Marcelo A. Murúa
Comenzamos el
tiempo de Cuaresma y con él la preparación
interior para el gran acontecimiento de
nuestra fe: la Pascua liberadora de Jesús,
el paso a la Vida y el llamado a seguir
su camino.
En el lenguaje
bíblico la conversión significa
la vuelta al camino de Dios. La misma palabra,
utilizada en algunos textos bíblicos,
se traduce como «giro conmocionado».
Muchas expresiones
nos hablan de «darse vuelta» y
«des-andar» el camino para encontrar
el que Dios nos invita a recorrer y no el
que a nosotros recorremos «construyendo»
nuestras propias imáganes de Dios.
Porque de esto
se trata el gran desafío de la conversión.
Volver al Dios verdadero, al que él
nos revela en la Biblia y en la vida de
Jesús.
En el camino
de fe todos revivimos los pasos del pueblo
israelita en el desierto. Lentamente vamos
conformando nuestro propio becerro de oro,
nuestra imagen de Dios. Por esto son tan
necesarios los espacios de conversión
y vuelta a empezar. Porque en las cosas
de Dios todos somos simples aprendices que
necesitamos decirle al Maestro: «enséñanos
nuevamente» para descubrir su rostro.
Conocer
a Dios es vivir
según
sus enseñanzas
Nuestra cultura
occidental privilegia el acceso al conocimiento
desde un punto de vista intelectual.
Sabio es el que
ha estudiado mucho, el que tiene «títulos»,
el que puede explicar muchas cosas.
En la mentalidad
bíblica, y en la propuesta que Dios
nos invita (y que descubrimos en su Palabra),
el conocimiento está ligado a la
experiencia y a la vida.
Sabio es el que
ha vivido y experimentado mucho, el que
sabe vivir. Hay toda una colección
de libros bíblicos que desarrollan
estas intuiciones (los libros sapienciales).
También
encontramos en algunos textos de los profetas
algunas enseñanzas muy claras sobre
qué significa «conocer a Dios»
según su Palabra.
Para este tiempo
de Cuaresma puede ser fecundo escuchar que
nos dice el mismo Dios sobre conocerlo.
«Así
dice Yavé: «Que no se alabe
el sabio por su sabiduría, ni el
valiente por su valentía, ni el
rico por su riqueza.
Quien quiera
alabarse, que busque su alabanza en esto:
Es tener inteligencia y conocerme. Yo
soy Yavé, el que tiene compasión,
el que hace justicia en la tierra y que
la gobierna conforme al derecho. Estas
son las cosas que me gustan, -palabra
de Yavé.»
Jer.
9, 22-23
«Ya
te he dicho, hombre, lo que es bueno y
lo que el Señor te exige: Tan sólo
que practiques la justicia, que sepas
amar y te portes humildemente con tu Dios.»
Miq.
6, 8
¿Qué
encuentras en común en los textos?
¿Qué
es lo que importa para Dios?
¿Qué
significa «conocerlo», es decir
«tener experiencia» de Dios?
¿Conocés
personas cuya «experiencia de Dios»
sintonice con estas palabras? ¿Quiénes,
por qué, cómo viven o han
vivido, cuáles fueron sus opciones?
¿Qué
aprendes para tu vida?
La
invitación de Juan
resuena
en nuestros días
Al comenzar su
predicación, Juan el Bautista centró
su mensaje en un vibrante anuncio de la
necesidad de conversión. Siguiendo
la línea profética de Isaías,
llamó a un cambio radical de vida
(no sólo de mentalidad, observar
en los ejemplos que pondrá en Lc.
3, 10ss. no hablan de «ideas»
sino de «actitudes» y gestos concretos).
«Escuchen
ese grito en el desierto: Preparen el
camino del Señor, enderecen sus
senderos»
Lc.
3, 4
Para encontrar
al Dios de la Vida hace falta reconocer
que nuestros caminos no coinciden con los
suyos. Es necesario revisar la vida y descubrir
las decisiones, las opciones, las actitudes
en las cuales mostramos que no conocemos
al Dios de la Palabra (el que se presentó
en los textos de más arriba). Discernir
que debemos hacer cambios en nuestra manera
de vivir. Y aquí viene lo importante.
El mensaje de Juan (que anticipa y prepara
el de Jesús) es un cambio de modo
de vida, no un cambio en la manera de pensar.
Porque todos sabemos que cambiar de ideas
no significa que cambien nuestras acciones.
Las palabras de Dios, en la boca de Juan,
llegan hasta lo más profundo (la
carta a los Hebreos nos dirá con
hermosas palabras, «la Palabra de Dios
es como un cuchillo de doble filo que llega
hasta los huesos» Heb. 4, 12-13), nos
presentan un espejo donde mirar cómo
vivimos, cómo nos relacionamos con
los demás, y decidirnos a cambiar,
de raíz.
Por eso cuando
la gente escuchaba su mensaje le pedían
precisiones, ayudas para vivirlo, y Juan,
que hablaba con el poder del Espíritu,
los invitaba a «convertirse» al
Dios que es compasivo, bondadoso y rico
en misericordia (Ex. 34, 6). Y para esto
hace falta cambiar la manera de vivir:
«La
gente le preguntaba: ¿Qué
debemos hacer? El les contestaba: El que
tenga dos capas dé una al que no
tiene, y quien tenga qué comer
haga lo mismo. Vinieron los cobradores
de impuestos para que Juan los bautizara.
Le dijeron: ¿qué tenemos qué
hacer? Respondió Juan: No cobren
más de lo debido. Y a su vez unos
soldados le preguntaron: Y nosotros, ¿qué
debemos hacer? Juna les contestó:
No abusen de la gente, no hagan denuncias
falsas y contentense con lo que les pagan».
Lc.
3, 10-14
Observar:
La pregunta
es «¿qué debemos hacer?».
La conversión es un hecho de vida
no una convicción de la mente.
Juan contesta
a cada uno teniendo en cuenta su «lugar
vital», su medio de vida, sus posibilidades,
porque es en lo cotidiano, y en el trato
con los demás donde se revela nuestro
compromiso con el Dios de la Vida.
Para reflexionar:
¿Qué
experiencia de Dios tengo? ¿Lo conozco
como él quiere revelarse o como a
mí me gustaría que sea?
¿Qué
espera Dios de mí en esta cuaresma?
¿Qué puedo ofrecer para vivir
la conversión a la que me llama?
En mi
vida cotidiana, en mi lugar vital, ¿qué
me sugeriría hacer Juan para vivir
este cambio?
Para orar:
Escribí
una oración que hable de tu propia
conversión. Hacelo en primera persona
y guardala para releerla todas las mañanas
de esta cuaresma.
Volver
al
Dios de la Vida
Animarse a dar
la vuelta,
a des-andar
el camino,
a cuestionar
las opciones,
a revisar
las seguridades,
a caminar
a la intemperie,
a callar
a nuestras creencias,
para que
hable Dios,
para que
susurre en nuestro interior,
para dejarle
la iniciativa,
para discernir
nuestra respuesta
y animarse
a volver atrás,
para encontrarlo,
con sus
palabras,
y sus gestos,
y su mirada,
dandonos
una oportunidad nueva
de vivir
aquello que decimos creer.
¡Danos
coraje y humildad, Señor!
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