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Nuestra
conversión de cada día
por
Marcelo A. Murúa
Las primeras
palabras que Marcos pone en boca de Jesús,
al inicio de su evangelio, son una síntesis
de la propuesta del Señor:
"El
tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios
está cerca. Conviértanse y
crean en la Buena Nueva".
Mc.
1, 15
- El
tiempo se ha cumplido...
El momento
ha llegado, ya no hay que esperar más,
se han terminado los plazos, Aquél
a quien espérabamos está entre
nosotros.
- ...el
Reino de Dios está cerca...
El
Reino ha llegado, está acá
actuante entre nosotros. La práctica
y la predicación de Jesús
son el comienzo del mundo nuevo, la muestra
concreta y real de la sociedad y la vida
que Dios quiere para todos los hombres.
Esta cercanía provoca una definición
personal de aceptación o de rechazo.
Ante el Reino no podemos permanecer indiferentes.
- ...Conviértanse...
La
propuesta de Jesús para adherir a
la novedad del Reino es la conversión.
Otras traducciones señalan "tomen
otro camino". Estar abierto a la irrupción
del Reino, reconocerlo entre nosotros y
adherir con nuestra vida a su construcción
implica cambiar de camino. Volvernos a Dios
y reconocer la huella de sus pasos. Poner
la meta en el proyecto de Dios.
- ...y
crean en la Buena Nueva...
En los relatos evangélicos
nos encontramos con el mensaje de Dios,
la Buena Nueva. Es la propuesta definitiva
para reconocer el Reino y compartir la alegría
de su irrupción en la historia (Lc.
2, 10). Creer significa conformar nuestra
vida según la palabra de Jesús
y su llamada. El prototipo de la fe, Abraham,
creyó y tomó otro rumbo, hasta
dejar todo para seguir su camino.
La conversión,
corazón del llamado evangélico
La conversión
es la condición para entrar, recibir,
y acoger el Reino de Dios. Implica un cambio
de camino, de mentalidad, de forma de vivir,
de pensar, de creer, de amar. Envuelve y
transforma todas las dimensiones de la vida.
La conversión es, fundamentalmente,
un cambio de actitud que nace de adentro
y se expresa en la vida concreta, viviendo
según la escala de valores y las
opciones del Reino. Quien se convierte no
puede seguir viviendo de la misma manera
que antes; si su vida no transparenta ese
cambio, la conversión no existe,
es una farsa.
La conversión
es nuestra respuesta a la presencia del
Reino actuante ya en este mundo. Con nuestra
forma de ser, de pensar, de elegir opciones
(en la vida toda, social, política,
económica, familiar...) y de actuar
de acuerdo a esas opciones, estamos diciendo
sí o no a la presencia del Reino.
Ya lo decía , proféticamente,
Medellín, hace más de 25 años
"Todos los hombres necesitamos una profunda
conversión a fin de que llegue a
nosotros el Reino de justicia, de amor y
de paz". (Medellín. Justicia 2, 3).
La conversión
es el vuelco conmocionado que podemos dar
si nos encontramos con Jesús y somos
capaces de reconocerlo y seguirlo, fieles
a sus opciones. La conversión nos
debe sacudir, "movernos el piso", hacernos
cuestionar (delante de Dios) los criterios,
las expectativas, los valores que mueven
nuestra vida.
La conversión
es la medida de nuestra adhesión
a Jesús y a la Causa por la cual
vivió, murió y resucitó:
el Reino de Dios.
La verdadera
conversión
En la Biblia
principalmente son los profetas quienes
nos hablan de las exigencias de la conversión.
Con una tenacidad a toda prueba, sus enseñanzas
van abriendo el camino para comprender qué
es lo que verdaderamente importa a los ojos
de Dios. Se esforzaban por recordar la verdadera
imagen de Dios, para que el pueblo no equivocase
el camino y pusiera su esperanza en falsos
dioses.
Actualmente su
mensaje sigue vigente y cuestionador.
Leamos, a modo
de ejemplo ilustrativo, a Isaías
58, 1-10. En este texto aparece con claridad
la contradicción entre una religión
ritualista, externa, cimentada sobre actos
exteriores al corazón, y la verdadera,
que agrada al Señor y tiene su fundamento
en el amor solidario y comprometido con
el prójimo que sufre.
La verdadera
conversión pasa por el cambio en
nuestras relaciones con Dios y con los demás:
"¿Cómo puede amar a Dios, a
quien no ve, si no ama a su hermano, a quien
ve?" (1 Jn. 4, 20).
Los profetas
señalan con claridad y coraje la
relación que existe entre cambiar
de vida y volverse a Dios, y el compromiso
eficaz por la justicia y la solidaridad.
Leamos otro pasaje
de Isaías:
Isaías
1, 15-18
Nuevamente se
aprecia el interés del profeta por
subrayar que a Dios no se llega con prácticas
exteriores, por más piadosas que
éstas sean, sino que el verdadero
acceso es a través del amor concreto
a los demás, en la búsqueda
de la justicia.
Los profetas
hablan de huérfanos, viudas, desnudos,
hambrientos, oprimidos: los marginados de
su tiempo...
¿Quiénes
ocupan hoy su lugar?
Propuesta para
la reflexión grupal
- Canto de entrada.
- Compartir la
vida: el grupo dialoga: ¿Cómo
estamos viviendo la Cuaresma? ¿Qué
recuerdos tienen de Cuaresmas anteriores
vividas profundamente? ¿Cómo
andan las cosas de la vida personal? ¿Cómo
anda la vida social de nuestro país?
¿Qué nos dice el evangelio al
respecto?
- Lectura del
texto bíblico:
Isaías
58, 1-10
Primero una lectura
en voz alta, luego una lectura silenciosa.
- Momento de
reflexión: En grupos de tres personas
dialogamos acerca del mensaje del texto.
Intentamos ubicarnos en el momento histórico
en qué fue escrito. Nos podemos ayudar
con las introducciones y notas de la Biblia.
¿Qué
dice el texto, para aquel momento en que
fue escrito y qué nos dice hoy?
- Oración
compartida: Puesta en común de las
reflexiones y luego, en clima de oración,
se invita a cada participante a leer un
versículo del texto en voz alta.
Y luego se abre la participación
para compartir oraciones espontáneas.
- Compromiso:
El grupo busca consenso en un gesto concreto
para vivir la conversión en esta
Cuaresma.
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