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“Venid vosotros al desierto
para descansar un poco
.”
Mc. 6, 31
Desierto
suena el llamado de Jesús
en nuestros oídos
y en lo profundo del corazón.
Desierto,
un tiempo para Dios
en medio de la vida cotidiana,
para hacer de todos los días,
un oasis para el encuentro con Dios.
Desierto,
clama con dolor
nuestra experiencia de fe,
cuando nos secamos por dentro
y el camino se oscurece.
porque nos alejamos de tu Luz.
Desierto,
vibra todo nuestro ser
cuando nos quedamos sin palabras
ante la injusticia, la soledad, la muerte.
Desierto,
en los labios de Jesús
es invitación al silencio
que nos abre el camino
a nuestro interior,
que nos sumerje
en nuestra intimidad,
que nos obliga a hacer un alto,
para contemplar…
la vida, nuestra vida…
el paso o la ausencia de Dios.
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Desierto,
llamada del Señor
que nos tiende su mano
para conducirnos
al pozo fecundo del discernimiento
que nace de la contemplación.
Desierto,
tiempo para callar
y ofrecer nuestro silencio,
para hacer vacío receptivo,
para abrir las manos, como cuenco,
para acoger su don,
la Palabra que libera,
cuestiona, promueve,
enciende, acaricia,
acompaña, abraza
y envía.
Palabra que nace
en el silencio
y crece en la entrega
Palabra que es oasis,
y que solo se descubre
cuando nos dejamos guiar
por su Espíritu
al desierto
para que sea su Presencia
en nuestro interior.
Danos, Señor,
hambre de desierto.
oídos abiertos para tu Voz.
Marcelo
A. Murúa
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