|
Lo inmediato
y la noche
por Mamerto Menapace,
publicado en La sal de la tierra, Editorial
Patria Grande
Este
es un cuento viejo. Lo he escuchado mucha
veces y de distintas manera. Pertenece a
aquello que han rodao mucho y que vienen
muy golpeados. Diría que no sólo
lo he sentido contar en forma de cuento,
sino que a veces en mi vida de cura lo he
tenido que escuchar como historia. Claro
que son muchas variantes, según los
casos.
Erase
una noche de invierno. Y en ella una pareja
que habitaba un rancho frío, por
el que se colaba el viento pampero haciendo
parpadear el candil de sebo que lo alumbraba.
Don Ciriaco y la Nemesia, su mujer, aparentemente
ya no tenían nada que decirse. Hacía
añares que vivían juntos,
y los hijos emplumados habían dejado
el rancho buscando otros horizontes donde
anidar. La ancianidad se les iba acercando
despacio como para que tuvieran todo el
tiempo de sentirle los pasos cansados.
Se
encontraban uno frente al otro, simplemente
porque el braserito improvisado con una
lata, estaba entre ellos. Sus miradas clavadas
en los carbones incandescentes que de vez
en cuando chisporroteaban, buscaban mirar
realidades muy lejanas. El diálogo
ya parecía inútil. Se había
desdoblado en dos monólogos interiores
en el que cada uno soliloquiaba con sus
propios recuerdos.
-¡Velay
con mi triste suerte! - se decía
Ciricaco -. Haber renunciado a tantas cosas
por atarme a la Nemesia. Yo era tropero
libre. Sólo los caminos eran mi querencia.
Anidaba al sereno, y entre el montado y
el carguero repartía mi cuerpo y
mis cosas en mi libre andar de pago en pago.
Pero un día me embretaron los ojos
de la Nemesia, y me dejé pialar de
parado nomás. Me aquerenció
en este trozo de tierra, y aquí levanté
este ranchito lleno de sueños, que
ahora de apoco va despajando el pampero,
yo que podría haber llegado a tener
tropilla de un pelo con madrina y cencerro.
Yo, que habría podido conocer mundo,
aquí estoy, estaqueado entre dos
horcones por haber creído que la
Nemesia me iba a hacer feliz. Quizá
la pobre no pudo dar más. Pero lo
mismo. Aquí estoy y es esta mi triste
suerte.
También
la Nemesia tenía sus recuerdos para
rumiar. Ella había sido la flor del
pago. Cuántas veces los troperos
al pasar habían detenido adrede sus
fletes delante del rancho, con cualquier
excusa, por el simple deseo de recibir de
sus manos el mate cordial y prometedor.
Si recordaba patente aquella tarde en que
él, mozo guapo, con montado y carguero
de tiro, había pedido humildemente
permiso para desensillar en cualquier parte,
mientras con la mirada decía bien
a las claras, cual era el patio donde quería
hacer pie. Tantas cosas había ella
soñado aquella noche. Sus ilusiones
le habían prometido un futuro feliz,
con horizontes infinitamente más
amplios que los de aquel rancho que terminaba
con la mirada entre los cardos y el pajonal.
Lo vio libre, y se imaginó que sería
el creador de la libertad. Lo vio fuerte,
y lo soñó el distribuidor
de la firmeza y la seguridad. No estaba
segura de haberse equivocado. Pero sentía
pena que no le había podido llenar
sus sueños.
Y
así estaban los dos, en sus soliloquios,
deseando imposibles y desperdiciando oportunidades.
Pidiendo a Dios en el secreto de sus corazones
todo aquello que creían podría
llenar sus anhelos y curar sus frustraciones.
Y
Dios los estaba escuchando. Como escucha
todo lo que pasa por dentro del corazón
de cada uno de nosotros, aunque no nos animemos
a sacarlo hecho súplica y palabra.
Y Tata Dios en su bondad quiso hacerles
dar un paso hacia delante. Eligió
a uno de sus mejores chasquis. Mandó
al ángel Gabriel que fuera de un
volido a llevarles su propuesta.
¡Impresionante
el refucilo! A pesar de lo serenito de aquella
noche de pampero frío en que las
estrellas brillaban como nunca, el rancho
fue sacudido por el trueno, y un relámpago
lo llenó de luz. La Nemesia se santiguó,
como en un conjuro, mientras que Ciriaco
levantó instintivamente el brazo
izquierdo a la altura de la cara, como si
en él tuviera enrollado el poncho.
-¡Nómbrese
a Dios! ¡La paz con ustedes! ¡No
tengan miedo! - dijo Gabriel con
tono tranquilo, como para infundirles confianza.
No
podían creer lo que sus ojos veían
a pesar del encandilamiento. En su mismo
rancho, una ángel del cielo había
aparecido, y les hablaba. Si parecía
un sueño. Pero no. Ahí estaba,
todo resplandeciente, hecho un temblor de
luz, trayéndoles un mensaje del mismo
Tata Dios para ellos dos.
-¡Nómbrese
a Dios! ¡La paz esté con ustedes!
- volvió a repetir el arcángel
San Gabriel -. Vengo de parte de Tata Dios
para anunciarles que El ha escuchado lo
que ustedes piensan ,desean y andan diciéndose
en su corazón. Y ahora les manda
el siguiente recado: tres deseos se les
van a cumplir. Los primeros que ustedes
pidan. Usted, doña Nemesia, tiene
derecho a pedir individualmente un deseo.
El primero que pida en voz alta se le va
a cumplir en el acto. Lo mismo para usted,
don Ciriaco. Lo primero que se le ocurra
en voz alta será cumplido en el acto.
Piénselo bien cada uno. Porque más
luego, tendrán todavía la
oportunidad de un tercer deseo. Pero para
que éste se realice tendrán
que ponerse de acuerdo los dos y pedirlo
en forma conjunta. Ya saben: piénsenlo
bien, y que Dios esté con ustedes.
Dichas
estas palabras el ángel desapareció
como había venido, en medio de un
refucilo de luces y temblor de plumas.
Imagínense
cómo habrán quedado los dos
esposos con semejante sorpresa. No podía
hacerse a la idea. Pero al final tomaron
conciencia de que la cosa era cierta. La
primera en reaccionar fue la Nemesia. Como
fuera de sí por la emoción,
se levantó de un salto y tomando
el banquito donde estaba sentada lo dio
vueltas dando la espalda a su esposo, mientras
le decía:
-
¡Por favor Ciriaco, no me digas nada,
no me hables! Dejame pensar a solar lo que
tendré que pedir. - Y luego
exclamó para sí: ¡Ay,
mi diosito lindo! Quien lo hubiera imaginado!
Podré al fin cumplir mis sueños.
Esos que el Ciriaco nunca pudo darme -.
Y
extasiada consigo misma comenzó a
pasar a toda velocidad la película
de sus sueños, sus deseo y sus ambiciones
personales. Pensó en pedir de nuevo
la juventud, la belleza, las oportunidades.
Luego se imaginó que todo eso era
poco. Pediría plata, salud, larga
vida. Tampoco así quedaba satisfecha
del todo. Debería pedir además
amistades, un palacio, vestidos, cantidad
de sirvientes, y la oportunidad de hacer
fiestas todas las semanas.
Mientras
la Nemesia continuaba su soliloquio fantasioso,
el Ciriaco hacía más o menos
lo mismo. Dando vueltas la cabeza de vaca
que le servía de asiento, comenzó
a golpearse despacito las botas con la lonja
de su rebenque, mientras soltaba la tropilla
de ambiciones por los campos de su imaginación.
Ya se veía al trotecito del redomón
haciendo punta a su tropilla de un pelo,
con madrina zaina y cencerro cantor. La
estancia que pensaba pedir no tendría
límites, y la hacienda que la poblaría
no necesitaría ser contada. Hasta
donde diera la vista, campo y cielo, todo
sería de don Ciriaco.
En
estos y otros pensamientos estaban ambos,
mientras la noche seguía su curso
y el pampero enfriaba cada vez más
el interior del rancho. Entumecida por la
inmovilidad y la temperatura exterior, la
Nemesia volvió a la realidad buscando
con los ojos el brasero. Se dio vuelta y
volvió a estirar sus manos sobre
él para calentarse un poco. Y cayó
en la trampa. Al ver aquellas brasas rojas
y sobre ellas la parrillita, no va y se
le cruza el maldito con una tentación
haciéndole imaginar un chorizo chirriando
sobre los carbones encendidos. Imaginarlo
y desearlo es casi lo mismo. Lo peor fue
que lo expresó en voz alta:
-¡Qué
hermosas brasas! ¡Cómo me gustaría
tener aquí sobre la parrillita un
chorizo de dos cuartas de largo asándose!
¡Para
qué lo habrá dicho! Aunque
ni se le había pasado por la mente
que este sería su pedido, de hecho
lo fue. Decirlo y suceder fue lo mismo.
Porque en ese preciso instante un hermoso
chorizo aparecido milagrosamente goteando
grasa en el centro del brasero, sobre la
parrillita.
Nemesia
pegó un grito. Pero ya era tarde.
Su pedido estaba realizado. Se quedó
atónita mirando el fuego y sintiendo
el crepitar de las gotitas de grasa al caer
sobre las brasas, mientras un humo apetitosos
comenzaba a llenar el rancho. Ciriaco, que
casi ni había escuchado a su mujer,
volvía la realidad con su grito.
Fue ver, y darse cuenta de lo sucedido.
Y como era hombre de genio arrebatado y
de palabra rápida, también
él cayó en la trampa que parecía
pensada por el mismo Mandinga. Se levantó
de un salto y dirigiéndose a su mujer
la apostrofó:
-¡Pero
mujer! Tenías que ser siempre la
misma. Mirá lo que has hecho. Venir
a gastar la gran oportunidad de tu vida
pidiendo solamente un miserable chorizo.
Si sería como para sacarte zumbando
ahora mismo del rancho. Tenías que
ser vos, siempre la misma arrebatada, incapaz
de pensar con la cabeza antes de meter la
pata. ¡Cómo me gustaría
que este chorizo se te pegar en la nariz
y no te lo pudieras sacar!
¡Para
qué lo habrá dicho! Porque
el hombre no imaginó que al decir
aquello estaba expresando en voz alta su
primer deseo. De esto solo se percató
cuando ante sus ojos asombrados vio cómo
el chorizo pegaba un brinco desde el brasero
para ir a colgarse de la punta de la nariz
de Nemesia. Imagínense el grito de
dolor y de rabia de la mujer al sentir que
su nariz ardía por la quemadura,
lo mismo que sus dedos al querer sacárselo.
La
escena que siguió no es para describir,
sino para imaginar. Porque ahora le tocó
el turno a la Nemesia, que arremetió
con todo lo peor de su abundante vocabulario
para hacerle sentir al Ciriaco la enormidad
de lo que acababa de realizar. Porque no
sólo había malgastado también
él su oportunidad, sino que lo había
hecho provocándole semejante estropicio
a ella.
Todo
fue inútil para calmarla. El Ciriaco
se arrodilló, suplicó, lloró,
prometió, quiso hacer que la Nemesia
se calmara para reflexionar. Pero nada.
Y no ea para menos. Gritaba pidiendo que
se llamara inmediatamente al ángel
para que en forma conjunta le pidieran que
se pudiera sacar de su nariz ese maldito
chorizo que la estaba martirizando.
Ciriaco
sintió que el mundo se le venía
abajo. Acababan de desperdiciar ambos su
oportunidad personal, y ahora veía
con angustia que tendrían que malgastar
también la tercera posibilidad de
ser felices, simplemente tratando de arreglar
el desastre que habían provocado.
Pero no le quedaba otra alternativa que
ceder. Y con pena cedió.
El
ángel fue llamado. Apareció
en el pobre rancho llenándolo nuevamente
de luz. Escuchó con bondad la súplica
compungida del hombre en favor de su mujer,
y simplemente dijo:
-¡Hágase
como ustedes han deseado!
En
aquel mismo instante todo volvió
a estar como al principio. Solamente que
a la pobre Nemesia le quedó ardiendo
la nariz, y por todo el rancho los cuzcos
y perros grandes andaban husmeando en busca
del chorizo desaparecido.
A
veces se me ocurre pensar que el cuento
podría haber terminado diferente,
si lo hubiera podido inventar yo. Me lo
imaginaría al Ciriaco tomándolo
de las manas a la Nemesia, y mirándola
profundamente a los ojos, le diría:
-Al
fin tengo la oportunidad de cumplir tus
sueños. Quisiera saber cuáles
son tus esperanzas y anhelos, porque deseo
gastar esta gran oportunidad de mi vida,
en tu favor.
Emocionada
la Nemesia le respondería más
o menos de la misma manera. Gastaría
su oportunidad pidiendo que se cumplieran
los sueños de Ciricaco.
Y
todavía les quedaría la tercera
posibilidad conjunto. Sugiero que la piensen
ustedes mismos. Porque este cuento tiene
que completarlos cada uno según el
momento del cuento en que esté.
|
Guía
de Trabajo Pastoral por
Marcelo A. Murúa
|
|
Cuento
Lo
inmediato y la noche, de Mamerto
Menapace.
Publicado
en el libro La sal de la Tierra,
Editorial Patria Grande.
Lectura
Realizar
la lectura del cuento en grupo.
Es importante que todos los
presentes tengan una copia del
texto. Se pueden ir turnando
dos o tres personas para leer
el cuento en voz alta.
Rumiando
el relato
Al
terminar la lectura entre todo
el grupo se reconstruye el relato
en forma oral (se lo vuelve
a contar).
¿De
qué nos habla el autor
en el cuento?
¿Por
qué habla de la jaula
de la luz?
¿Qué
nos dice de la noche y las estrellas?
Elegir
una frase del texto (releerlo
rápido para ubicarla)
que más le haya llegado/impactado
a cada uno y compartirla en
voz alta.
Descubriendo
el mensaje
El
cuento nos habla de la luz y
de la noche. Estamos acostumbrados
a adjudicar significados positivos
a la luz, pero Mamerto nos sorprende
descubriéndonos un aspecto
menos considerado, el deslumbramiento,
o exceso de luz que nos puede
quitar la capacidad de ver,
de hacer silencio, de buscar
La noche, figura de la oscuridad
interior y de la apertura a
lo nuevo, se presenta como espacio
creativo y fecundo, momento
de gestación de utopías,
que engendra y nos recuerda
nuestra capacidad de volar y
trascender..
En
tu vida, ¿qué cosas
te causan este deslumbramiento
de lo inmediato que dificulta
percibir las cosas importantes
o destierran de nosotros la
capacidad de volar?
¿Hay
estrellas en tu vida que orienten
tus sueños, tus utopías,
que amplíen el horizonte
de lo cotidiano? ¿Eres
fiel a esas utopías que
el Señor va poniendo
en tu camino?
La
oscuridad nos da la oportunidad
del silencio y nos capacita
para la búsqueda, ¿cómo
vives esto en tu vida? ¿Tienes
momentos de silencio, te regalas
espacios de búsqueda?
¿Qué
aprendes del cuento para tu
vida? ¿Cómo puedes
aplicar el mensaje del cuento?
Compromiso
para la vida
Sintetizar
en una frase el mensaje que
has descubierto en el cuento
para tu vida. Compartirlo con
los demás.
Para
terminar: la oración
en común
Leer
entre todos la oración
y luego poner en común
las intenciones de cada uno.
Terminar
con una canción.
Silencio,
noche y renuncia
Señor,
enséñame
a hacer silencio,
a callar en el interior.
Abre mis oídos
a la escucha profunda
para conocer tu voz.
Señor,
anímame a hacer
noche,
a cerrar los ojos
para abrir el corazón.
Descubreme tu mirada
enséñame
a buscar más
allá.
Señor,
muéstrame el
camino de la renuncia,
que calle
para que tu hables,
que no vea,
para que tu me me
hagas mirar
(con tu mirada)
que me despoje
para comenzar a buscar
de nuevo.
Libera
en mí, Señor
de la Vida,
la fecundidad del
silencio,
de la noche y la renuncia,
para aprender,
para descubrir,
para recuperar ideales
y sueños,
para vivir la utopía
del Evangelio
- Que así sea,
Señor
-
|
|
|
|