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El nómade
y la siembra
por Mamerto Menapace,
publicado en La sal de la tierra, Editorial
Patria Grande
El
hombre niño vivía tironeado
entre el miedo y el asombro. Y cada una
de esas realidades las vivía por
sí mismas; desconectadas las unas
de las otras.
Cuando el trueno
bramaba, acurrucado en su caverna temblaba
por su vida. Toda su vida se refería
a la tormenta en ese momento.
Cuando el sol
aparecía, olvidaba el vendaval y
gozaba del fresco aire y de la luz.
El hombre niño
era recolector. Dividía a los árboles
entre frutales y silvestres, según
le dieran fruta o no. Distinguía
a los animales entre mansos y salvajes.
Llamaba manso al animal que lo acompañaba,
y salvaje al que le huía o lo atacaba.
No. No era un
turista. Se sentía menos importante
que la tierra, a la que no sentía
como amante sino como madre. No era un turista,
era un nómade. Vivía de la
búsqueda: por eso florecía
en asombros y se marchitaba en angustias.
Vivía de lo que encontraba y por
eso trashumaba por la tierra en busca de
frutos, raíces y semillas.
Gozaba y sufría
al ritmo de sus hallazgos y de sus decepciones.
No comprendía el porqué de
la dureza del carozo encerrado en el dulzor
de la fruta madura. A veces, presionado
por el hambre al final de los inviernos,
volvía a buscar el carozo y se entristecía
al encontrarlo germinado en tallo, inútil
ya como alimento. Y se iba decepcionado
sin entender el sentido del carozo. ¡Cuántas
veces malgastó frutas y desperdició
semillas, porque tenía ya el hambre
saciada! Pero la tierra madre velaba por
su hombre niño, y recogía
esas semillas y esas frutas mordidas a medias,
para hacerlas germinar en nuevas entregas.
Tal vez haya
sido su decepción hecha experiencia
frente al germinar de los carozos; tal vez
haya sido el hambre o su recuerdo en los
días de abundancia. Lo cierto es
que a medida que iba creciendo, el hombre
niño se fue aquerenciando en la tierra.
Se dio cuenta de que podía ser algo
más que recolector. De que si sembraba
una semilla, luego de la espera tendría
allí un puñado de semillas;
de que si regaba una planta, la planta florecía.
Comenzó a realizar actos de fe en
la tierra; y sembró esa tierra con
amor y tuvo en ella esperanza.
Y el hombre se
hizo agricultor y sedentario.
Ya no buscaba
semillas en la tierra; sembraba la tierra
con semillas y aguardaba las cosechas. Conoció
que la tierra tiene sus ciclos, y aprendió
a respetar los ciclos de la tierra. Y se
dio cuenta de que eso tenía que ver
con las estrellas. Mucho tiempo después,
cuando se convirtió en navegante,
descubrió que su tierra también
era como una estrella. Que también
él navegaba en los espacios, habitante
de una estrella.
Porque lo importante,
lo que alimenta a un hombre que ha crecido,
no es la habilidad para encontrarle sentido
a la vida. Lo que importa es ponerle sentido
a cada acontecimiento de nuestra vida. Dios
nos ha regalado una semilla: su Palabra.
Su palabra para nosotros; su plan concreto
para sembrar nuestra vida. A nosotros nos
toca, bajo su mirada buena, sembrar de sentido
los acontecimientos de nuestra vida, que
marcha hacia la trilla violenta de la muerte,
donde lo que perdurará será
la semilla, teniendo que abandonar el rastrojo
que hasta allí la hizo posible.
La fidelidad
brota de la tierra,
de arriba viene la lluvia
(Salmo 84).
Habita tu
tierra,
y practica la lealtad
(Salmo 36).
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Guía
de Trabajo Pastoral por
Marcelo A. Murúa
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Cuento
El
nómade y la siembra,
de Mamerto Menapace.
Publicado en el libro La sal
de la tierra, Editorial Patria
Grande.
Lectura
Realizar
la lectura del cuento en grupo.
Es importante que todos los
presentes tengan una copia del
texto. Se pueden ir turnando
dos o tres personas para leer
el cuento en voz alta.
Rumiando
el relato
Al
terminar la lectura entre todo
el grupo se reconstruye el relato
en forma oral (se lo vuelve
a contar).
¿De
qué nos habla el autor
en el cuento?
¿Cómo
caracteriza al hombre nómade?
¿A
partir de qué va madurando
su cambio?
¿Cómo
caracteriza al hombre sedentario?
¿Con
qué compara la semilla,
la siembra y la cosecha?
Elegir
una frase del texto (releerlo
rápido para ubicarla)
que más le haya llegado/impactado
a cada uno y compartirla en
voz alta.
Descubriendo
el mensaje
El
cuento nos habla de la capacidad
de ponerle sentido trascendente
a los acontecimientos de nuestra
vida.
El
cuento nos presenta la evolución
del hombre, que pasa de nómade
y recolector a agricultor y
sedentario; y presenta la Palabra
de Dios como la gran semilla
de nuestra vida (el proyecto
de Dios para cada uno de nosotros).
¿Has
descubierto la semilla de tu
vida (en la Palabra)? ¿Qué
te propone Dios para tu vida?
¿Cómo
aprender a gozar de los pequeños
acontecimientos que vivimos?
¿Qué significa poner
sentido a lo que vivimos?
Repasa
las actitudes que caracterizan
a cada hombre y relacionalas
con tu vida
¿Has
descubierto semillas por qué
vivir y dar la vida? Semillas
para cuidar, semillas para regar,
semillas para dar fruto
¿cuáles?
¿Qué
aprendes del cuento para tu
vida? ¿Cómo puedes
aplicar el mensaje del cuento?
Compromiso
para la vida
Sintetizar
en una frase el mensaje que
has descubierto en el cuento
para tu vida. Compartirlo con
los demás.
Para
terminar: la oración
en común
Leer
entre todos la oración
y luego poner en común
las intenciones de cada uno.
Terminar
con una canción.
Dar
sentido a la vida
Muéstrame
Señor
la alegría
de cada mañana
para que aprenda a
dar
gracias por la vida.
Enséñame
a contemplar la vida
con tu mirada
para descubrir en
ella
los ecos de tu Palabra.
Dame sabiduría
sencilla
para hacer de cada
día
una semilla de tu
Proyecto,
grávida de
esperanza.
Que vida cada momento
a pleno y gozoso
descubriendo lo nuevo
que puede nacer
de mirar la vida
con sentido, don y
poesía.
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Que así sea
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