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La mano derecha
por Mamerto Menapace,
publicado en Cuentos Rodados, Editorial
Patria Grande.
Este es un cuento
de bichos. Y trata de Aguará, el
Zorro. Don Juan, como se lo llama en el
campo. Personaje lleno de astucia, y por
demás aficionado a los gallineros.
Pero que no deja así nomás
el cuero en la estaca. Aunque a veces el
hambre lo lleva a cometer imprudencias,
que suele pagar caro.
Se la tenían
jurada en la estancia a Don Juan. Sabían
que era inútil buscarlo entre las
pajas bravas del cañadón,
una vez que allí se ganaba. También
hubiera sido de gusto buscarlo con perros
de día. Los olía de lejos
y cualquier cueva le servía de escondite
para hacérseles humo. De ahí
que decidieron ganarle por la astucia. Conocían
su preferencia por las que llevan pluma,
sobre todo cuando están gordas y
alejadas de la defensa normal de los gallineros
cercanos a la casa.
Y así
fue que le armaron la trampa. En la tapera
vieja. Le ataron una gallina viva y gorda
a media altura, enredándola en un
alambre, entre los gajos no muy altos de
un naranjo viejo. Todo parecía haber
sucedido de casualidad. La gallina podría
haberse alejado de la casa habitada y la
noche la sorprendería picoteando
en el patio lleno de yuyos en la tapera
vieja. Allí se habría subido
al naranjo para dormir a seguro, y un alambre
quizá de cuánto tiempo olvidado,
la habría enganchado dejándosela
a pedir de boca a Don Juan.
Al menos esa
fue la conclusión a la que llegó
el Aguará luego de estudiar desde
la distancia y con cautela la situación
con la que se encontró aquella nochecita.
El hambre lo había sacado del pajonal,
y antes de arriesgar una cercanía
al gallinero había querido pasar
por aquel lugar para averiguar el ruido
del aleteo de lo que podría ser un
ave. No se dejó convencer muy fácil.
Pero al fin el hambre por un lado, y su
instinto de cazador solitario por el otro,
lo animaron a acercarse. Y lo que vio le
confirmó sus esperanzas. La gallina
estaba al alcance de sus saltos, y de ninguna
manera había allí arriba nada
que se pareciera a una trampa. Tenía
suficiente experiencia como para conocer
dónde había peligro. Y la
gallina estaba realmente apetitosa.
- Dios ayuda
al que madruga- ; se dijo, sin percatarse
de que otro había madrugado antes
que él. De esto se dio cuenta recién
cuando al segundo salto, y casi teniendo
ya el ave entre sus dientes, al caer a tierra
sintió el ¡trac! De la trampa
de hierro que estaba escondida entre los
pastos del suelo.
Eso no se lo
había esperado. ¡Maldita gula,
que lo llevó a descuidarse! La trampa
no estaba entre las ramas, sino donde había
puesto la pata. O mejor la mano. Porque
la pinza de hierro con dientes herrumbrados,
había agarrado su mano derecha justo
por arriba de la muñeca. La sangre
comenzó a chorrear y el frío
inicial se fue convirtiendo en un agudísimo
dolor que le acalambraba todo el cuerpo.
Fueron inútiles los esfuerzos. Los
dientes penetraban cada vez más en
la coyuntura, y la trampa estaba amarrada
con alambre al tronco del árbol.
Bien pronto Don
Juan el Aguará comprendió
que todo estaba perdido. De allí
no se soltaría, ni podría
llevarse aquella maldita trampa a su cueva.
Luego de una noche de dolores tremendos,
llegaría la madrugada y con ella
el peón recorriendo al trotecito
de su caballo zaino. Abriría desde
arriba la tranquera, se acercaría
a la tapera, se dejaría caer del
caballo con el talero en la mano, arrollada
la lonja sobre el puño y libre el
cabo para sacudirle el golpe que lo despenaría
definitivamente. De todo esto no le cabía
la menor duda. Aunque a veces el dolor y
su instinto de conservación lo llevaban
a realizar desesperados esfuerzos por arrancar
su mano derecha de la dentadura de fierro
que lo atenazaba.
Y llegó
la madrugada. El golpe del cierre sobre
el travesaño de la tranquera lo despertó
del letargo. Allí estaba el peón
acercándose al trotecito sobón
de su zaino. Don Juan se dio cuenta de que
había llegado el momento decisivo.
Había que optar. Y optó.
Arrimó
con rabia sus afilados dientes a los dientes
de hierro de la trampa, afirmándolas
justo allí sobre la herida que producían.
Cerró los ojos, y a la vez que daba
un tremendo tirón, mordió
con todas sus fuerzas su propia mano, cortándosela
a ras del hierro.
Allí quedaría
su mano derecha, mientras él, en
tres patas y casi sin fuerzas, huía
hacia los pajonales salvando así
su vida.
Consideró
preferible salvar la vida rengo, que terminar
con sus cuatro patas bajo el talero del
peón.
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Guía
de Trabajo Pastoral por
Marcelo A. Murúa
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Cuento
La
mano derecha, de Mamerto
Menapace.
Publicado en el libro Cuentos
Rodados, Editorial Patria Grande.
Lectura
Realizar
la lectura del cuento en grupo.
Es importante que todos los
presentes tengan una copia del
texto. Se pueden ir turnando
dos o tres personas para leer
el cuento en voz alta.
Rumiando
el relato
Al
terminar la lectura entre todo
el grupo se reconstruye el relato
en forma oral (se lo vuelve
a contar).
- ¿Quién
es el protagonista del relato?
- ¿Qué
trampa le tienden y por qué?
- ¿Por
qué cae el zorro en
la trampa?
- ¿Cuál
sería la consecuencia
de su imprudencia? ¿Qué
decide hacer?
- ¿Qué
enseñanza ofrece el
autor al final del cuento?
Descubriendo el mensaje
El
cuento nos ayuda a reflexionar
sobre las cosas que nos "atan"
en la vida y nos esclavizan
haciéndonos perder la
libertad.
¿Has
vivido alguna experiencia semejante
a la que relata el cuento?
Observa
y releé las actitudes
del zorro antes de caer en la
trampa
¿qué
cosas nos pueden hacer caer
en la vida?
¿Qué
decisión toma el zorro
cuando ve que perderá
la vida? ¿Has tenido que
tomar decisiones parecidas en
tu vida? ¿Hay alguna situación
que te atenaza como una trampa
y te hace perder tu libertad?
¿Qué
mensaje nos deja el cuento?
¿Qué tiene que ver
todo esto con la experiencia
del pecado?
¿Recuerdas
alguna frase de Jesús
relacionada con el mensaje del
cuento?
¿Cómo
lo puedes aplicar a tu vida?
Compromiso para la vida
Sintetizar
en una frase el mensaje del
cuento para nuestra vida.
Para
terminar: la oración
en común
Leer
en común el texto del
evangelio señalado.
Compartir
oraciones espontáneas
en común. A cada intención
acompañar diciendo:
Señor,
danos valentía para cambiar
Terminar
leyendo la oración.
Danos
valentía para
cambiar
Señor,
dános
valentía para
cambiar
y
liberarnos de las
cosas
que
nos atan en la vida.
Ser
fiel a tu palabra
y
a tus enseñanzas
nos
cuesta mucho
pero
es la única
manera
de
ser libre de verdad.
Danos
fuerzas, Señor,
para
dejar lo que nos hace
esclavos
y
cambiar para vivir
mejor.
- Que así sea
-
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