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Los grillos y
el vendaval
por Mamerto Menapace,
publicado en Cuentos Rodados, Editorial
Patria Grande.
La tarde había
ido apilando nubarrones en el oeste. Hacía
días que el viento norte andaba suelto,
acartuchando los maizales y enervando a
la gente. Algo tenía que pasar esa
noche.
Caído
ya el sol, todo el horizonte refucilaba
en silencio, como quien prueba el filo de
sus armas antes del entrevero.
Los molinos montaban
guardia, cada uno en la esquina de su potrero,
olfateando el viento, siempre de frente.
Y los grandes eucaliptos de las avenidas
entraban en la noche de a pie, bien agarrados
en la tierra con sus raíces en abanico
y recortando un trozo del cielo estrellado
con su ramaje tendido al aire. Algunos eran
bien grandes. Se los podía ver desde
legua y media de distancia; y hasta podían
ser puntos de referencia. Alrededor de las
casas estaban desparramados los demás
árboles. Unos grandes; otros pobres,
más chicos. Algunos tenían
como misión dar fruta, otros sólo
flores. Y otros estaban allí nomás
por llenar un hueco, simplemente porque
la casualidad de la vida había hecho
entrar allí su carozo. O tal vez
porque alguien, alguna vez, se había
fijado en ellos y los había transplantado
allí.
Pero todos, eso
sí, habían buscado la altura.
Su ansia de aire y de luz los había
obligado a estirarse para sacar al menos
el brazo de una rama por encima de los demás.
Algunos no habían llegado a tiempo
y ahí estaban, tapados y secos.
Todos entraban
en la misma noche, cada uno con su historia
hecha de pasado y de proyectos. Cada uno
asegurado en su existencia por la profundidad
de sus raíces, la seguridad de sus
tornillos o la flexibilidad de sus ramas.
El tiempo había ido acumulando en
ellos fuerza y resistencia. Curtidos por
los soles o los vientos, habían terminado
por tener confianza en ellos mismos. Además,
cada uno de ellos comprendía y valoraba
el aporte de su propia existencia. Algunos
tenían sus frutas casi maduras. Otros
las estaban haciendo crecer para mayo. Leña,
abrigo, sombra o agua: cada techo y cada
árbol tenía conciencia de
estar cumpliendo una misión. Y la
conciencia de estar cumpliendo una misión
importante mantiene fácilmente en
pie y hace que uno considere su propia existencia
como imprescindible. A los mejor, acostumbrados
de tiempo a estar allí plantados,
les resultaba difícil imaginarse
ese paisaje sin ellos. Y de tanto tomarse
entre ellos como puntos de referencia, y
de mirar desde la altura de sus ramas hacia
abajo, habían reducido su geografía
a la superficie capaz de ser cubierta por
su sombra. Habían reducido la vida
a su vida, y la existencia a su existencia.
Al final la noche
terminó por envolverlo todo. El candil
de una luna en creciente apenas si lograba
mantenerse encendido detrás de las
nubes; pero no iluminaba nada. Sólo
el chispear de los refucilos cada vez más
amplios en sus ademanes, lograba regalar
su contorno a los árboles con más
tamaño. Pero eso era sólo
el gesto de un instante, lo necesario como
para ubicar al enemigo.
Cuando del bochorno
del día cada uno se fue entregando
al descanso atrincherado en sus viejas seguridades.
Sólo los grillos parecían
estar despiertos y mezclaban en toda esa
geografía su humilde canto inútil.
Acostumbrados a mirar desde abajo y a sentirse
pequeños, se habían olvidado
casi de sí mismos y necesitaban de
su canto para comunicarse con sus hermanos
grillos invisibles, pero también
despiertos. Así profesaban su fe
en todo lo grande que veían arriba:
el cielo, las nubes, los refucilos; y mucho,
pero mucho más lejos, las estrellas
ahora ocultas.
A media noche
se oyó un grito. Ese grito inmenso
de la naturaleza sorprendida por el vendaval.
Cada rama, cada tronco, cada arista gimió
bajo el tremendo empuje de la avalancha.
Cedieron las raíces de los inmensos
eucaliptos, y en su caída esos gigantes
aplastaron en su abrazo a cuanto se guarnecía
a su sombra. Todo cuanto estaba de pie fue
sacudido por el vendaval, que en sólo
tres minutos cambió el viejo paisaje
abriendo brechas de luz y derramando descuajados
los ramajes con historias y proyectos. También
el canto de los grillos fue ahogado por
ese alarido del vendaval y de las cosas,
y en esos momentos ya nadie pensó
más en ellos. Ni en ello ni en nada.
El impacto de la sorpresa y la angustia
del paisaje transformado, hicieron que los
hombres se olvidaran de todo lo que aún
seguía igual.
A lo mejor nadie
pensó que las estrellas aún
seguían en sus sitios. Nadie de los
hombres, aturdidos por el miedo, consideró
que aún se darían atardeceres
quietos y anocheceres tibios con luciérnagas
en los reparos.
Tratando de templar
los nervios, tendido en la cama, yo escuchaba
los truenos que se alejaban hacia el este
destrozando paisajes viejos, arriados por
refucilos que la distancia hacía
cada vez menos enérgicos. El silencio
se fue acercando, como para ver qué
pasó. Y fue entonces cuando un chirrido
arañó el silencio de los truenos
lejanos. Breve, el canto del grillo se detuvo
como asustando de lo que había hecho.
Pero al ratito se repitió con más
confianza. Y pronto tomó la firmeza
y el ritmo cadencioso de las letanías
de capilla de misión. Otros grillos
se unieron a su rezo, y pronto, de entre
los pastos prosternados por el vendaval,
surgió hacia la noche madre de las
estrellas aún ocultas, hacia Dios,
esa profesión de fe en la vida y
en la victoria sobre todos los vendavales
pasados y futuros.
¿Inconsciencia
del grillo? No.
Simple y profunda
intuición de mi pueblo humilde.
Hay árboles
que sólo cuando han caído
uno se da cuenta de lo grandes que eran
(proverbio chino).
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