|
La doma del corazón
por Mamerto Menapace,
publicado en Cuentos Rodados, Editorial
Patria Grande.
Me has seducido,
Señor Dios,
y yo
me dejé seducir;
me
has agarrado, y me has podido |
|
Jeremías
20, 7
|
Frente al actuar
de Dios, hay como dos tiempos. Primero un
tiempo de rumia y de intimidad; y luego
otro tiempo de acción y de fidelidad.
Cierto que a
veces Dios puede invertir esos dos tiempos.
Nos hace partir ingenuamente en una actitud
de acción en la fidelidad, para luego
llevarnos a esa rumia peleada en la intimidad.
Y puede suceder que a veces hasta nos entrevere
las dos realidades, que tienen así
que ser vividas a la vez en una fidelidad
clara por fuera, y en una lucha profunda
y oscura por dentro.
Pero suele ser
frecuente la primera forma. Dios nos pone
frente a un misterio exigente de nuestra
vida. Nos llama a negarnos a nosotros mismos,
a tomar nuestra cruz y a seguirlo. Nuestro
corazón, tomado por sorpresa, no
logra aceptarlo y se subleva. Y Dios nos
invita a aceptar ese corcovear de nuestro
corazón. Dios no se asusta de nuestra
lucha por domar el corazón a fin
de prepararlo para la disponibilidad. El
Señor Dios acepta la queja, la protesta,
y hasta la blasfemia contra sí o
contra lo nuestro. Porque el Señor
Dios, como todo viejo domador, conoce que
la mejor entrega es aquélla que previamente
ha probado la incapacidad de resistir, en
eso de agotar todos los recursos para liberarse
de esa otra voluntad más fuerte.
Esa otra voluntad que nos lleva a poner
todo nuestro brío al servicio de
algo.
Tenemos así
que comprobar, o hacerle comprobar a nuestro
corazón, que Dios es tan ingenioso,
o más, en eso de prever imprevistos,
y en el no dejarse sorprender. Pareciera
como que Dios quiere previamente mostrarle
a nuestro corazón toda su capacidad
de fuerza y toda su riqueza de recursos.
La riqueza oculta en Dios, y también
la riqueza que hay en el propio corazón.
Una vez que el
corazón haya comprendido la grandeza
y la misteriosa fuerza de Dios, se animará
al fin a poner su propia riqueza al servicio
de la fuerza de Dios, y a trabajar en algo
realmente positivo. Pero esa riqueza primero
hay que descubrirla en la lucha por dentro
con Dios.
El corazón
no perderá su brío. No señor,
al contrario. La dura lucha de la doma habrá
llevado hasta sus límites la experiencia
de sus fuerzas y sus posibilidades. Pero
al haber tenido que enfrentarlas con las
de Dios, habrá también experimentado
sus propios límites y habrá
descubierto "lo más allá"
de Dios. Su frontera de misterio, más
allá de la cual aún sigue
su fuerza, su grandeza y su inteligencia.
Porque esa rica experiencia de la lucha
lo dispondrá mejor para poner su
propia fuerza y su instinto al servicio
de la fuerza y del instinto inteligente
de Dios.
Sigo pensando
que lo que construye al hombre no es la
libertad, sino la disponibilidad para poner
sus fuerzas y su libertad al servicio de
algo
o de Alguien.
|