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El ojo de la
aguja
por Mamerto Menapace,
publicado en La sal de la tierra, Editorial
Patria Grande.
A los que hemos
tenido infancia campesina, los adjetivos
nos han quedado acollarados casi siempre,
no a ideas, sino a objetos. Por ejemplo,
para mí, el adjetivo grande lo tengo
unido al eucalipto que quedaba entre el
patio de naranjos y el piquete de terreno
en que se encerraba al caballo nochero.
Era realmente
grande. No sé cuánto de alto
podría tener. Ahora pienso que tal
vez llegara a los veinticinco metros. Pero
era enorme para mi estatura de gurí
que no llegaba siquiera a uno. Se lo distinguía
de más de dos leguas de distancia.
Y era claramente un punto de referencia.
Cuando alguien quería llegar a casa,
era fácil ubicarla aunque se estuviera
lejos. La casa de don Antonio era la que
tenía el eucalipto grande. Me animaría
a decir que su tamaño llegaba a dar
nombre propio al lugar. Así con mayúsculas:
Eucalipto Grande.
Tres niños
tomados por la mano, haciendo ronda, no
hubiéramos podido abarcar su enorme
tronco, que recién se abría
en ramas a una cierta altura. Esto hacía
imposible treparlo. Además, su tamaño
había hecho que los mayores crearan
una especie de zona de exclusión
respecto a este árbol. Al Eucalipto
Grande no se debía subir. Eso lo
hacía doblemente fascinante, y en
más de una siesta los más
chicos probamos fortuna. Sobre todo porque
en sus ramas más abiertas las cotorras
hacían sus enormes nidos y nuestros
gomerazos apenas llegaban hasta allá
con fuerza como para ser efectivos.
Era el árbol
en que anidaban los pirinchos. Allí
tenían su conventillo del que salían
y entraban continuamente las pirinchas para
poner sus huevos, tirando a veces al suelo
a aquellos que habían tenido la mala
suerte de quedar en los bordes. Eran e aquellos
tipos de huevos muy estimados por su color
verde claro lleno de pintintas blancas de
cal. Junto con los de perdiz, pitogué,
paloma y calandria, servían para
hacer grandes collares que adornaban las
paredes del comedor. En medio de aquel rosario
de colores, algún huevo de avestruz
ya medio amarillento por lo viejo, oficiaba
de Padrenuestro por su tamaño y consistencia.
También él podía aspirar
entre sus semejantes al adjetivo de Grande.
Pero aquí
viene lo impresionante. Un día don
Alejandro Weliz, el dueño del campo,
y antiguo poblador de la zona, nos informó
de que aquel inmenso árbol había
pasado por el ojo de una aguja. Si, así
como suena, y sin exégesis atenuantes.
No lo hubiéramos creído, si
no fuera porque don Weliz nos merecía
un respeto muy cercano a la veneración.
Nuestra familia le debía la viejo
habernos posibilitado ser inquilinos en
su campo y con ello tener una tierra que
trabajar y donde vivir. En casa siempre
se habló de él con sumo respeto
y aprecio. Cuando él nos visitaba,
los chicos éramos lavados a fondo,
y amonestados para que no hiciéramos
zafarrancho. Y esto era señal de
que la visita sería de máxima
categoría.
Pero a pesar
de la credibilidad que nos merecía
quien lo afirmaba, nuestras mentes infantiles
ya eran lo suficientemente críticas
como para negarse a creer que el Eucalipto
Grande hubiera podido alguna vez, hacía
mucho tiempo, haber pasado por el ojo de
una aguja. Y no se trataba, como en los
cuentos, de una aguja enorme, sino de la
aguja de coser los remiendos del pantalón.
Evidentemente la cosa necesitaba pruebas.
Y don Alejandro, aguja en mano, nos llevó
hasta el Eucalipto Grande para proporcionárnosla.
Buscó
en el suelo una ramita que tenía
su pequeño racimo de semillas. Mejor
dicho, lo que el racimito mostraba, era
el pequeño rombo dentro del cual
estaban las semillitas. Todo era inmensamente
pequeño. El rombo semillero tuvo
que ser destapado cuidadosamente en la palma
de la mano con la punta de la uña
del dedo chico. Al hacerlo, el pequeño
envase derramó una gran cantidad
de semillitas casi invisibles. Y una de
ellas pasó por el ojo de la aguja
y quedó en la yema del dedo índice
de don Weliz, quien nos aseguró que
así de igualita había sido
la que él mismo sembrara cuando quiso
que naciera aquel Eucalipto.
La demostración
fue contundente. Hecho semilla, el árbol
podía pasar.
Pienso que nuestra
vida hecha semilla por la madurez del dolor
y el despojo también puede pasar
para encontrar el dedo de Tata Dios en el
Reino de los Cielos. Para Tata Dios todo
es posible.
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Guía
de Trabajo Pastoral por
Marcelo A. Murúa
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Cuento
El
ojo de la aguja, de Mamerto
Menapace.
Publicado en el libro La sal
de la tierra, Editorial Patria
Grande.
Lectura
Realizar
la lectura del cuento en grupo.
Es importante que todos los
presentes tengan una copia del
texto. Se pueden ir turnando
dos o tres personas para leer
el cuento en voz alta.
Rumiando el relato
Al
terminar la lectura entre todo
el grupo se reconstruye el relato
en forma oral (se lo vuelve
a contar).
- ¿De
qué nos habla el relato?
- ¿Qué
recuerda el autor?
- ¿Cómo
describe al eucalipto de su
hogar?
- ¿Qué
historia le habían
contado que le costaba creer?
- ¿Cómo
pudo, finalmente, comprobar
esa historia?
- ¿Qué
enseñanza ofrece el
cuento?
Descubriendo
el mensaje
El
cuento nos habla con sencillez
y transparencia de la posiblidad
de ser semilla, de cómo
encontrar a Dios, de la trascendencia.
¿Cómo
caracteriza el autor al eucalipto?
¿Conocés este tipo
de árbol? ¿Si en
tu zona no hay eucaliptus, conocés
alguan otra especie cuyos ejemplares
sean grandes e imponentes y
sus semillas muy pequeñitas?
¿Cuáles?
Hacia
el final del cuento el autor
nos dice que nuestras propias
vidas pueden ser semilla, si
nos despojamos
¿de
qué cosas deberías
desprenderte para poder ser
semilla? ¿qué frutos
podría dar la semilla
de tu persona?
¿Recuerdas
textos bíblicos que se
puedan relacionar con este cuento?
Te nombramos dos:
-
"es más fácil
que un camello pase por el ojo
de una aguja que un rico entre
al Reino de los Cielos" (Mc.
10, 25 ) ¿Qué nos
enseña esta frase de
Jesús con respecto al
despojo y el desprendimiento?
Relacionar con el cuento.
-
"la parábola de la semilla
de mostaza" (Mt. 13, 31-32)
también era una semilla
pequeñita, que llegaba
a dar un gran árbol
¿Tu vida, tu persona, puede
ser semilla del Reino? ¿Cómo
cuidarla, cómo regarla
y abonarla para que crezca,
se desarrolle y de fruto?
¿Cómo
puedes aplicar las enseñanzas
del cuento a tu vida?
Compromiso
para la vida
Sintetizar
en una frase el mensaje del
cuento para nuestra vida.
Para
terminar: la oración
en común
Leer
en común el texto del
evangelio señalado.
Compartir
oraciones espontáneas
en común. A cada intención
acompañar diciendo:
Señor,
ayúdanos a ser semillas
de tu Reino
Terminar
leyendo la oración.
Ayúdanos
a ser semillas de
tu Reino
Señor,
enséñanos
a despojarnos
de
lo superfluo
y
lo que nos es necesario.
Ayúdanos
a ser humildes y sencillos.
Queremos
llegar a tu encuentro
y
para eso hay que andar
ligero
de equipaje,
apenas
con lo puesto.
Queremos
ser semillas de tu
Reino,
y
para ser semilla
hay
que aprender a ser
pequeño,
a
concentrarse en lo
esencial,
exponerse
al riesgo de no ser
importante
ni tenido en cuenta.
Simplemente
entregar nuestra vida
y
hacer lugar para tu
proyecto,
así
descubriremos, como
María,
que
cuando uno se brinda
por entero,
la
vida se transforma
porque
el
Dios de la Vida
comienza
a nacer en nuestro
interior,
para
hacer de la existencia
una
semilla del Reino.
-
Que así sea
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