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El terito
por Mamerto Menapace,
publicado en La sal de la tierra, Editorial
Patria Grande.
Venía
no sólo de una geografía diferente.
Venía también de un ritmo
diferente. Tal vez por eso nosotros notábamos
en ella ese hambre de entrar en contacto
con todo lo cercano. Le encantaba andar
a caballo, subirse a los árboles,
cortar flores, traer agua con un balde desde
el molino, prender el fogón con astillas
de algarrobo, juntar capullos de algodón
de la misma planta y con la mano.
Diría
que parecía querer liberarse de su
obligación pueblera de comunicarse
sólo a través de las palabras
o de las ideas. Tenía como hambre
de un diálogo más total y
realizado con todo su ser. Diría
que se asombraba de poder escuchar con los
ojos y de conversar con las manos, viviendo
de cerquita lo que había imaginado
de lejos.
Pero tenía
un caudal de palabras. Sobre todo cuando
entrábamos en la noche. Parecía
como que le molestara el silencio. Me parecía
como que se protegía de la noche
hablando. No sentía el sueño
como amigo. Necesitaba acostarse tarde y
se levantaba tarde.
Por la mañana
cumplía con todo un ritual que nosotros
no acostumbrábamos. Parecía
como que necesitara hacer la mañana
a través de sus dientes, su cara,
su cabello. Ocupada de sí misma en
su equiparse para el día, no tenía
tiempo ni oportunidad de contemplar y oír
toda la liturgia que los animales, la madrugada
y los pájaros oficiaban al inicio
del día. Ocupada en el construir
y organizar, parecía incapacitada
para percibir, recibir y admirar. Ocupada
en organizarse, se perdía los gallos,
los benteveos, la despedida de las estrellas
que se iban del cielo y la de las ovejas
que se iban del corral.
Con todo, reconozco
que tenía un alma muy sensible. Se
encariñó con el terito de
nuestro jardín. Tal vez lo que le
gustaba era un jardín con un terito
adentro. Un jardín con vida. Un jardincito
con capacidad de alerta; que fuera capaz
de anunciar con su grito alegre la presencia
del que llega.
Por eso empezó
a soñar con tener también
ella, allá en la ciudad, un jardincito
suyo, con un terito dentro.
Y como era imaginativa
y emprendedora, comenzó desde entonces
a reunir todo lo necesario para equipar
su jardincito, copiándose del nuestro.
Del monte se
trajo unas pencas y algunos cardos de hojas
coloradas. Mamá le dio algunos gajos
de malvón y un par de estacas de
rosa. Llevó semillas de enredadera.
Hasta recuerdo que se llevó una pequeña
lata para hundirla en el suelo y llenarla
de agua para que bebiera el terito de su
jardín.
Y se volvió
a la ciudad bien equipada y llena de proyectos.
Como era emprendedora y decidida, gastó
allí horas y horas organizando su
pequeño jardín, soñando
con el terito. Distribuyó sus rosas,
las pencas y malvones; y hasta hizo almácigos.
Recordaba que al terito le gustaba picotear
los almácigos en busca de bichitos.
Y pronto tuvo todo listo y preparado.
Pero fue entonces
cuando se dio cuenta de que a su jardincito
le faltaba algo. Le faltaba el terito. .y
que todo su esfuerzo por organizarlo no
había logrado generar el terito.
Y entonces empezó
a desanimarse. Y con ello a descuidar su
jardín. No lograba comprender cómo,
a pesar de tanto esfuerzo y dedicación,
el resultado era prácticamente nulo.
Diría que estaba cansada por el esfuerzo
y desilusionada por el resultado.
Y en ese estado
regresó al año siguiente.
Y me pareció descubrir que hasta
miraba con algo de bronca al terito de nuestro
jardín paseándose entre pencas,
rosas y malvones mucho menos cuidados que
los suyos.
Fue la tarde
la despedida. Cuando ya todo estaba listo
y el sulki por salir. Digo que fue justo
en ese momento, el menos oportuno para un
recibimiento, cuando a mi amiguita le trajeron
un terito. Chiquito y tibio; puro gritito
y pulmón. Cogote largo y patitas
que parecían no querer sostenerlo,
porque se apoyaba con todo su cuerpo en
el hueco de la mano como si fuera un terrón
del potrero.
Mi amiguita se
encontró de repente con el terito
entre las manos y sin saber qué hacer.
No tenía nada preparado para acogerlo,
ni dónde colocarlos. ¡Si le
hubieran avisado antes!
Pero nadie iba
a suponer que justo el terito aparecería
en esas precisas circunstancias. Porque
para los niños, encontrar un tero
es siempre un acontecimiento sorpresivo.
Aunque todos sepan que el campo está
poblado de teros.
La cuestión
fue que mi sorprendida amiga se encontró
de repente al comienzo de un largo viaje,
y con un terito tibio en el hueco de la
mano. Y entonces fue lógica: obró
por intuición. Una pequeña
intuición para el momento. Tomó
una caja de zapatos, lo puso al terito dentro,
y con el dedo le hizo a la tapa cinco o
seis agujeritos para que el terito no se
ahogara.
Estructura provisoria,
pero absolutamente indispensable para llevarse
vivo al terito. Pequeña exigencia
del terito, pequeño y tibio: puro
pulmón y gritito.
Allá en
su casa ya no tenía nada preparado
para recibirlo. Ponerlo en el jardín
y exponerlo a los gatos de la ciudad no
era posible con un tero tan chiquito e indefenso.
Por eso tuvo que vaciar un cajón
de manzanas y armarle un refugio en su misma
pieza. Sobre todo cuando caía la
noche. Porque cuando entraban en la noche,
ella tenía que traer su terito a
la intimidad para protegerlo.
Y así
el terito fue creciendo, y generando en
su crecer sucesivas exigencias correspondidas
por sucesivas intuiciones que iban pidiendo
soluciones provisorias para "el mientras
tanto".
Pero lo que entusiasmaba
a mi amiguita, lo que hacía que los
esfuerzos valieran la pena, era que ahora
tenía un terito vivo que iba creciendo.
Y en su crecer le iba sugiriendo la manera
de organizar el jardincito para compartirlo
juntos.
Resultó
un jardín muy distinto al nuestro.
Vivían en otro clima y estaban obligados
a otro ritmo.
De un monasterio
no te lleves la forma de rezar. Lleváte
las ganas de rezar. Y pedíle profundamente
a Dios que te de su Espíritu de oración.
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Guía
de Trabajo Pastoral por
Marcelo A. Murúa
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Cuento
El
terito, de Mamerto Menapace.
Publicado en el libro La sal
de la tierra, Editorial Patria
Grande.
Lectura
Realizar
la lectura del cuento en grupo.
Es importante que todos los
presentes tengan una copia del
texto. Se pueden ir turnando
dos o tres personas para leer
el cuento en voz alta.
Rumiando el relato
Al
terminar la lectura entre todo
el grupo se reconstruye el relato
en forma oral (se lo vuelve
a contar).
- ¿Qué
anécdota recuerda el
autor en su relato?
- ¿Quién
es la protagonista del mismo?
- ¿Qué
admiraba del monasterio (y
el campo) y quiso reproducir
en la ciudad, en su hogar?
¿Qué pasó
con su intento?
- ¿Qué
sorpresa recibió en
otra visita al monasterio?
- ¿Qué
sucedió con todo lo
que había preparado?
¿Cómo debió
salir adelante?
- Elegir
una frase del texto (releerlo
rápido para ubicarla)
que más le haya llegado/impactado
a cada uno y compartirla en
voz alta.
Descubriendo
el mensaje
Al
finalizar su recuerdo el autor
nos invita a relacionar el suceso
con la oración.
Reflexiona
un momento (si estás
en un grupo comentalo con tus
compañeros) la frase
del final: " De un monasterio
no te lleves la forma de rezar.
Lleváte las ganas de
rezar. " ¿Qué nos
quiere decir Mamerto Menapace
con esta frase?
¿Te
cuesta orar
hablar con
Dios?
Compara
los preparativos que hacía
la muchachita del relato para
acoger al tero en su casa con
tu manera de rezar
¿buscas
imitar formas o maneras de otros?
¿cómo te resulta?
¿Qué
sucedió cuando a la protagonista
le regalaron el pequeño
tero? ¿Qué debió
cambiar de lo que tenía
pesnado, preparado, armado
?
¿Qué pasa con nuestro
estilo, formas, maneras de rezar
cuando irrumpe en nuestro caminar
el Dios del Vida?
¿Por
qué es más importante
imitar y aprender de los otros
"las ganas de rezar" que la
forma de rezar?
¿Qué
aprendes del cuento para tu
vida? ¿Cómo puedes
aplicar el mensaje del cuento?
Nota
para pensar: vivimos una época
en la cual es díficil
encontrar tiempos para uno mismo
para pensar
para hacer
silencio
¿de qué
manera podemos ir creando y
renovando estilos de oración
que sigan los pasos de Jesús?
¿Como laicos
en la
vida de todos los días
cómo
encontrar formas de orar que
nos lleven al encuentro con
Dios? Anímate a compartir
tus búsquedas con tus
compañeros de caminada.
Compromiso para la vida
Sintetizar
en una frase el mensaje del
cuento para nuestra vida.
Para terminar: la oración
en común
Leer
entre todos la oración
y luego poner en común
las intenciones de cada uno.
Terminar
con una canción.
Espíritu
de oración
Orar
es como respirar
si
no lo hacemos
se
va muriendo la vida
que
habita en nosotros
Orar
es como andar a tientas
vale
la pena arriesgarse
y
dar pasos pequeños
pero continuos,
porque
sino nos quedamos
inmóviles.
Orar
es abrirse a la sorpresa
porque
es encuentro con el
Otro,
que
nos cambia la vida
y
nos descubre el Sentido.
Orar
es una manera de vivir
de
estar en la vida,
en
las manos del Padre,
para
seguir los pasos del
Hijo,
con
la fuerza del Espíritu.
Por
eso orar es entrar
en comunión,
participar
de la vida de Dios,
es
el motor de la esperanza
y
la fuerza de la fidelidad.
Señor,
te pedimos
enséñanos
a orar.
-
Que así sea
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