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La noche y los
perros
por Mamerto Menapace,
publicado en Madera Verde, Editorial Patria
Grande.
La noche.
Ese reino en
el que nos zambullíamos despacito,
con el ansia con la que un chico se adentra
en un arroyo, buscando y temiendo un remanso.
El silencio era tan profundo que nos llegaban
los ruidos más lejanos, a la vez
que se podía sentir en los oídos
el eco del fluir de nuestra sangre en cada
pulsación. Siempre el silencio y
la noche tienen ese embrujo capaz de acollarar
en una misma sensación lo íntimo
con lo lejano.
Se entraba en
la soledad de la noche en familia. A medida
que la oscuridad crecía se estrechaba
más y más el círculo
de la familia. Las sillas se agrupaban en
el patio o en el comedor. Finalmente el
rosario familiar anudaba a todos, llevándolo
a cada uno a su mundo interior. Era el momento
en que estábamos más unidos,
aun físicamente, y sin embargo quizá
también el momento en que cada uno
liberaba su mundo espiritual y lo dejaba
navegar por las rutas de sus sueños
y sus ansias.
Luego venía
la cena. Los más chicos, dormidos
durante el rosario, eran llevados entre
quejidos inconscientes a la cama. Quedaban
los más grandes y algún chico
de grandes ojos pensativos, silencioso,
como si ese mundo fuera para él un
espectáculo ajeno, como es ajeno
el mar para quien lo mira desde la playa.
Concluido el
rito familiar se despejaba la mesa de platos
y enseres, que se amontonaban en un fuentón
de la cocina. Cada grupo agarraba una lámpara.
Papá y mamá una para su dormitorio.
Normalmente ya estaba allá, y allá
se prendía con el fuego de un pedazo
de diario arrollado que se metía
por debajo del tubo de vidrio un poco levantado,
buscando la mecha de querosene. Mis hermanas
se llevaban la lámpara del comedor.
Y nosotros la tercera, la de la cocina,
que había quedado allá con
su llamita a media altura durante la comida
para permitir la búsqueda de lo que
hubiera podido ser necesario.
Antes de desanudar
el núcleo familiar se cumplía
con un rito. Palabras ya consagradas, pero
necesarias:
-¡Buenas
noches, hasta mañana, Alabado sea
Dios! ¿Sacaron los perros?
¡Los perros!
En nuestro rancho las puertas estaban durante
el día siempre abiertas. Ni siquiera
existían las llaves. De ahí
que los perros no tuvieran inconveniente
para ganarse hasta la cocina, comedor, e
incluso dormitorio. Eso sí, siempre
bajo el peligro de ser sacados a patadas
en cualquier momento. Por ello los más
grandes ni siquiera entraban. Su reino estaba
en el patio. Los cuzcos en cambio, no. Se
hacían un ovillo en un rincón,
y a veces se madrugaban algún huesito
o trozo de pan que caía de la mesa.
Pero al llegar
la noche se era inflexible. Los perros no
podía quedar adentro. Lámpara
en mano se los buscaba. La luz descendía
a ras de piso iluminando bajo las mesas
y camas, aparadores y estanterías,
para descubrir si alguno se había
ganado allí.
Las razones eran
claras y varias. No está bien dormir
con perros dentro de la casa. También,
de dormir allí, al levantarse alguno
a oscuras podía pisarlos, con el
resultado de un alarido o quizá de
un mordiscón. Por el mismo motivo
de no tropezar con ellos en la oscuridad,
se acomodaban las sillas alrededor de la
mesa o contra las paredes.
Pero lo fundamental
por lo que los perros eran sacados al patio,
se debía a que allí cumplían
durante la noche con una función.
Cerca de la puerta, detrás de la
cocina, junto al galón o en el patio:
allí estaban como centinelas, cada
uno con su alarido a mano para avisar lo
que pasara. Visita que llegaba, bicho que
merodeaba o animal que se saliese de su
corral, hubiera motivado un brusco gruñido
y luego una corrida. La avalancha de los
alaridos despertaría a los que dormíamos
adentro, alertándonos a fin de estar
sobre aviso. Desde dentro ya sabíamos
interpretar esos ladridos. Los había
de simple respuesta a otros ladridos lejanos,
como gritos de centinela en la noche; los
había que eran lloros a la luna,
largos y tristes con su carga de leyendas
y de miedo; los había cortos y bruscos,
sin motivo aparente, de pelea o de alarma.
Había ladridos que se apaciguaban
inmediatamente y eran anuncio de una llegada
amiga, otros intranquilos y agresivos ante
un desconocido. Digo que los sabíamos
interpretar. Ustedes comprenderán
que por todo esto, era lógico que
al entrar la noche se sacara los perros
afuera, al patio.
Quizás
en la vida pase lo mismo. Llega un momento
en que empieza a oscurecerse el día
de nuestra infancia. Durante ese día
luminoso se han ganado en nuestra alma muchas
fidelidades: de las chicas y de las grandes.
La infancia es un tiempo de puertas abiertas.
Al terminarse con la adolescencia nuestra
niñez, sentimos que entramos en un
situación nueva: la de nuestra juventud.
Y entonces sentimos la necesidad de sacar
para afuera, al patio de nuestra conciencia,
toda esa perrada interior. Necesitamos conocerlas
una a una, como nuestros perros, y obligarlas
a que cumplan su función. De quedar
adentro podríamos llevárnoslas
por delante sin querer; y de esta manera
herirlas hiriéndonos a nosotros mismos.
De ahí
que llegados a la frontera de nuestra juventud
sentimos que se deshace el núcleo
familiar, y tenemos que entrar a la honda
soledad de nuestra propia existencia. Por
ello se hace necesario tomar la lámpara
y, bajándola hasta el suelo de nuestros
propios recuerdos, buscamos todo lo que
allí anida a fin de sacarlo para
afuera. Necesitamos conocer nuestras fidelidades
dormidas, las fuerzas y vivencias profundas,
a fin de integrarlas en la totalidad de
nuestra historia. No podemos dejar que vivan
dispersas, cada una por su cuenta durmiendo
en los rincones, alimentándose con
pedazos de nuestra fantasía, o tratándolas
a patadas como si fueran enemigas.
Los perros tienen
una función en nuestra vida. Todo
ahora se coloca bajo el signo de la espera.
Dentro de esa espera preparatoria para la
vida debemos ubicar cada uno de nuestros
perros en su misión. El joven corre
el peligro de tratar su mundo interior con
temor, considerando sus tensiones como enemigas,
o agresivas frente a la espera. Y eso es
falso. Los perros no son enemigos de las
visitas, y menos si esa visita esperada
es el Señor. Si ladran, es porque
deben hacerlo. Lo importante es saber interpretar
su ladrido y darle a tiempo su sentido.
En el campo,
una casa sin perros es una casa huérfana.
Es una casa sin capacidad de recibir.
Pero una casa
con los perros adentro, es casi lo mismo.
Peor, tal vez. Porque al abrir la puerta
al que llega, lo primero que le caerán
encima serán los perros.
Un joven sin
tensiones y sin ansiedades está indefenso
ante la vida. Pero si las mantiene encerradas
adentro sin conocerlas, entonces es un joven
peligroso para sí mismo y para los
demás.
Conocer los propios
perros por su nombre es una manera de empezar
a conocerse a sí mismo Entonces el
encierro de la noche ya no es aislamiento,
sino intimidad.
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Guía
de Trabajo Pastoral por
Marcelo A. Murúa
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Cuento
La
noche y los perros, de Mamerto
Menapace.
Publicado en el libro Madera
Verde, Editorial Patria Grande.
Lectura
Realizar
la lectura del cuento en grupo.
Es importante que todos los
presentes tengan una copia del
texto. Se pueden ir turnando
dos o tres personas para leer
el cuento en voz alta.
Rumiando
el relato
Rumiando
el relato
Al
terminar la lectura entre todo
el grupo se reconstruye el relato
en forma oral (se lo vuelve
a contar).
- ¿De
qué nos habla el relato?
- ¿Cuál
es la situación que
se describe? ¿Qué
características presenta?
- ¿Qué
nos relata el cuento sobre
la noche y los perros? ¿Qué
sucedía con los perros,
por la noche en su casa? ¿Qué
hacían los perros y
cómo se interpretaba?
- ¿Qué
comparación realiza
el autor hacia el final del
relato? ¿Qué función
tienen "los perros" en al
vida de una persona?
Descubriendo
el mensaje
El
cuento nos ayuda a reflexionar
sobre nuestro mundo interior,
nuestra intimidad, es muy apropiado
para trabajar con jóvenes.
¿Qué
significa la figura de "los
perros" en la intimidad de una
persona?
¿Cuáles
son esas fidelidad, vivencias
y fuerzas profundas, de las
que habla el autor, en tu propia
vida? Compartirlas.
¿Qué
cambios se experimentan al pasar
el umbral de la adolescencia
y convertirse en joven?
Comentar
la frase del relato: "Un joven
sin tensiones y sin ansiedades
está indefenso ante la
vida. Pero si las mantiene encerradas
adentro sin conocerlas, entonces
es un joven peligroso para sí
mismo y para los demás."
¿Qué
aprendemos para nuestra vida
a partir del cuento?
Compromiso
para la vida
Sintetizar
en una frase el mensaje del
cuento para nuestra vida.
Para
terminar: la oración
en común
Compartir
oraciones espontáneas
en común. A cada intención
acompañar diciendo:
Señor,
te ofrecemos lo que vamos guardando
en nuestro corazón.
Terminar
leyendo la oración.
En
el silencio de nuestra
interioridad
Tenemos
sed de encuentro,
Señor,
andamos a tientas,
buscamos a oscuras,
anhelando hallarte
Enséñanos
a hacer silencio
y buscarte en el interior.
Ayúdanos a
aprender
de nuestras experiencias
y vivencias
los rastros de tus
pisadas,
el eco de tu voz,
la cercanía
de tu mirada,
compañera
Enséñanos
a beber
en el pozo de nuestra
vida
para buscar el agua
fresca
que revela fidelidades
perennes:
tu presencia,
tu abrazo,
tu consuelo.
Enséñanos
la fecundidad
de la espera
y muéstranos
como abonar
esta semilla
con la vida, sus anhelos,
tensiones, sueños
y dolores,
que guardamos,
profundo y al resguardo,
en el interior de
nuesto corazón,
sediento de encuentro
y de sentido.
- Que así sea
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