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Cuento para trabajar
el don de la Sabiduría
Las campanas del templo
/ de Anthony de Melo - Ed. Sal Terrae
por
María Inés Casalá
publicado
en Diálogo 54
El templo había
estado sobre una isla, dos millas mar adentro.
Tenía un millar de campanas. Grandes
y pequeñas campanas, labradas por
los mejores artesanos del mundo. Cuando
soplaba el viento o arreciaba la tormenta,
todas las campanas del templo repicaban
al unísono, produciendo una sinfonía
que arrebataba a cuantos la escuchaban.
Pero, al cabo
de los siglos, la isla se había hundido
en el mar y, con ella, el templo y sus campanas.
Una antigua tradición afirmaba que
las campanas seguían repicando sin
cesar y que cualquiera que escuchara atentamente
podría oírlas.
Movido por esta
tradición, un joven recorrió
miles de millas, decidido a escuchar aquellas
campanas. Estuvo sentado durante días
en la orilla, frente al lugar en el que
en otro tiempo se había alzado el
templo, y escuchó con toda atención.
Pero lo único
que oía era el ruido de las olas
al romper contra la orilla. Hizo todos los
esfuerzos posibles por alejar de sí
el ruido de las olas, al objeto de poder
oír las campanas. Pero todo fue en
vano; el ruido del mar parecía inundar
el universo.
Persistió
en su empeño durante semanas. Cuando
le invadió el desaliento, tuvo ocasión
de escuchar a los sabios de la aldea, que
hablaban con unción de la leyenda
de las campanas del templo y de quienes
las habían oído y certificaban
lo fundado de la leyenda. Su corazón
ardía en llamas al escuchar aquellas
palabras
para retornar al desaliento
cuando, tras nuevas semanas de esfuerzo,
no obtuvo ningún resultado. Por fin
decidió desistir de su intento. Tal
vez él no estaba destinado a ser
uno de aquellos seres afortunados a quienes
les era dado oír las campanas. O
tal vez no fuera cierta la leyenda. Regresaría
a su casa y reconocería su fracaso.
Era su último día en el lugar
y decidió acudir una última
vez a su observatorio, para decir adios
al mar, al cielo, al viento y a los cocoteros.
Se tendió
en la arena, contemplando el cielo y escuchando
el sonido del mar. Aquel día no opuso
resistencia a dicho sonido, sino que, por
el contrario, se entregó a él
y descubrió que el bramido de las
olas era un sonido realmente dulce y agradable.
Pronto quedó tan absorto en aquel
sonido que apenas era consciente de sí
mismo. Tan profundo era el silencio que
producía en su corazón
¡Y en medio
de aquel silencio lo oyó! El tañido
de una campanilla, seguido por el de otra,
y otra, y otra
Y en seguida todas
y cada una de las mil campanas del templo
repicaban en una gloriosa armonía,
y su corazón se vio transportado
de asombro y alegría.
Para profundizar:
Muchas veces
se confunde el don de la sabiduría
con el conocimiento de cosas, con lo científico,
con el saber. Sin embargo, la sabiduría
es otra cosa. Todos tenemos experiencias
de conocer a personas sabias que no han
realizado grandes estudios. ¿Cómo
se obtiene el don de la sabiduría?
Al decir que es un don, queda claro que
es un regalo. Muchas veces recibimos regalos
que no utilizamos, que dejamos olvidados
en algún rincón de la casa.
Esto mismo nos puede pasar con los dones
del Espíritu. Para hacerlos crecer
dentro nuestro, para hacerlos germinar y
que no queden como semillas, es necesario
una acción de parte del hombre. En
este caso, el hombre tiene que estar dispuesto
a gustar de la vida, de Dios. Ser capaz
de desprenderse de todo para dejarse llenar
por Dios, disfrutándolo. "Saber gustar
donde la gente sólo consume; saber
disfrutar donde la gente se intoxica; saber
reposar donde todo el mundo tiene prisa
por llegar a donde nunca llega y hacer lo
que nunca hace. El don de vivir, el don
de apreciar la vida, el aire y los árboles
y los pájaros. El recobrar las brisas
del primer paraíso, donde cada amanecer
es la esperanza y cada hora fruición
y cada atardecer plenitud. Inocencia de
los sentidos y pureza de la mente. Paz en
la mirada y alegría en la compañía
mutua, mientras Dios se pasea por las tardes
en el jardín que él ha creado".
(Carlos G. Vallés)
El don de la
sabiduría crece en el corazón
más que en la mente.
Para trabajar
con el cuento:
Destinatarios:
jóvenes y adultos
a) Realizar una
lluvia de ideas, -cada uno dice lo primero
que piensa- sobre qué es la sabiduría.
b) Nombrar personas
que, de acuerdo con lo dicho o lo escrito
en el paso anterior, se puedan considerar
sabias. No importa si son conocidas por
todos. Alguien puede nombrar a una persona
que él solo conozca y explica por
qué la considera sabia.
c) Lectura del
cuento. ¿Qué relación
tiene con la sabiduría? ¿Qué
acción realiza el joven para escuchar
el sonido de las campanas? ¿Por qué
no podía escucharlo en todos los
intentos que realizó?
d) Relacionar
el cuento con la lluvia de ideas.
e) Leer los capítulos
6, 7 y 8 del libro de la Sabiduría.
f) Dialogar en
grupo: ¿Cuál es la importancia
de buscar hoy la sabiduría? ¿Cómo
se alcanza la sabiduría?
g) Oración
para pedir la sabiduría
"¡Qué
difíciles son para mí tus
designios!
Y qué
inmenso, Dios mío, es el conjunto
de ellos!
Si me
pongo a contarlos, son más que
la arena;
y si
terminara de hacerlo, aún entonces
seguiría a tu lado"
Salmo138,
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