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Cuento para trabajar
el don del Entendimiento
El maestro/ de María
Inés Casalá - inédito
por
María Inés Casalá
publicado
en Diálogo 55
Un anciano tenía
fama de sabio y la gente acudía a
él en busca de ayuda o de consejo.
Y cuando un forastero preguntaba por qué
le decían maestro, en qué
consistía la sabiduría, o
qué ciencia dominaba ese hombre que
parecía un humilde campesino, la
gente no sabía muy bien qué
responder.
- Es un hombre
feliz, vive en paz con todos, era una de
las tímidas respuestas.
Un joven que
escuchó hablar de él y que
ansiaba adquirir conocimientos, se presentó
una noche para pedirle que le enseñara.
El anciano se sorprendió del pedido,
pero aceptó con entusiasmo. Hacía
muchos años que vivía solo
y le gustó la idea de tener a alguien
con quien compartir su tiempo nuevamente.
A la mañana
siguiente, se levantaron y prendieron el
fuego para calentar agua y cocinar el pan
que habían dejado preparado la noche
anterior. Mientras esperaban que el desayuno
estuviera listo, el maestro se sentó
en un banquito y se puso a contemplar por
la ventana. El discípulo, parado
detrás de él, trataba de poner
la mirada en el mismo lugar que el maestro,
para descubrir qué estaba mirando
tan concentrado. Por la ventana sólo
se veía el campo, flores silvestres,
el gallinero y los perros recibiendo los
primeros rayos del sol. A los pocos minutos,
el joven se aburrió y se fue a sentar.
Tomó un libro de su mochila y comenzó
a leer. Sin embargo, a cada momento se distraía
y pensaba cómo el maestro podía
perder el tiempo sin hacer nada. Cuando
el olor a pan inundó la habitación,
el maestro se levantó, preparó
el te, colocó dos jarros sobre la
mesa y el pan sobre una servilleta. Se sentó,
indicó, con un gesto de su mano,
al discípulo que hiciera lo mismo
y comenzó a comer el pan cortándolo
en pedacitos y mojándolos en el té
caliente. El discípulo estaba asombrado:
el maestro se había olvidado de agradecer
la comida. Sin disimular y para que el otro
se diera cuenta de su error, agachó
la cabeza durante unos instantes como si
estuviera rezando. Después, comenzó
a comer. Cuando terminaron el desayuno,
colocaron cada cosa en su lugar y el maestro
le preguntó al joven de qué
quería conversar. En el instante
en que le iba a contestar, se abrió
la puerta de golpe y entró un niño
corriendo:
- Maestro, maestro,
mire el pescado que saqué del agua,
hoy vamos a comer como reyes.
El maestro se
levantó, aplaudió la hazaña
del niño y se ofreció para
ayudarlo a limpiar el pescado. Mientras
tanto, le preguntó por toda la familia,
y le explicó varias maneras de cocinarlo.
Antes de que se fuera, le regaló
un pequeño recipiente con un condimento
especial para darle más sabor a la
preparación.
El discípulo
estaba asombrado y desconcertado. Ya había
pasado más de medio día y
no había aprendido nada.
A partir del
momento en que el niño dejó
la casa, cada vez que el maestro se iba
a poner a conversar con él, alguien
del pueblo interrumpía la conversación.
Iban a pedirle algo o a llevarle un pequeño
regalo -una papa, una planta de lechuga,
un zapallito-, como agradecimiento por alguna
ayuda que él les había dado.
Pasó el día y anocheció.
El maestro cortó las verduras y puso
el caldo en el fuego, mientras amasaba con
mucha dedicación el pan para el otro
día. Comieron y se fueron a dormir.
Los días
siguientes fueron más o menos similares:
pasaban las horas yendo de un lugar a otro,
ayudando o visitando a las personas del
pueblo; trabajaban la pequeña huerta;
alimentaban a las gallinas y juntaban los
huevos que regalaban al que los necesitaba.
Una noche, entre la respiración profunda
del maestro y la bronca acumulada por no
aprender nada nuevo, el discípulo
daba vueltas en la cama sin poder dormir.
No sabía si irse o quedarse. Por
fin, casi entrada la madrugada decidió
probar durante un día más.
Al amanecer, el maestro se levantó,
se desperezó y comenzó a prender
el fuego para el desayuno.
Puso el agua
a calentar, el pan a cocinar, y se sentó
en el banquito a mirar por la ventana.
Así lo
encontró el joven cuando despertó.
Se dio cuenta de que todo iba a seguir igual
que los días anteriores. Al enojo
que había acumulado se le sumó
el mal dormir y estalló:
- ¡Yo vine
a buscar sabiduría, a entender las
cosas de la vida, a aprender a vivir mejor,
y lo que me encuentro es alguien con una
vida común, diría que vulgar,
que ni siquiera es capaz de tener un momento
para reflexionar y agradecer al creador
por todo lo que recibió de él!
El maestro lo
miró con los ojos tristes; una expresión
que nunca antes le había visto. Y
le contestó:
- Cuando contemplo
la mañana por la ventana, veo las
flores, huelo su perfume y de esa manera,
usando mis ojos y mi olfato para gozar de
lo que Dios hizo para nosotros, lo alabo.
El campo y el gallinero, son los que nos
ofrecen la comida de cada día y,
al mirarlos, no me queda más que
agradecer por la vida. Los perros descansando
me recuerdan que pasaron toda la noche en
vela cuidándonos mientras dormimos.
Esto me lleva,
necesariamente, a agradecer a Dios que en
todo momento y sin descansar tiene sus ojos
puestos en nosotros para acompañarnos,
para cuidarnos y para hacernos felices.
Eso me llena de alegría y paz. Ya
no necesito nada más, porque estoy
seguro de que Dios está conmigo.
Cada persona que golpea mi puerta me hace
sentir útil, necesario, querido.
Cada vez que recibo un pequeño regalo
de la gente humilde de la aldea, siento
que es Dios mismo que me lo da, sirviéndose
de las manos de los demás y me recuerda,
así, que no soy el único que
puede dar.
El discípulo
estaba tan enojado que casi no escuchó
las palabras del anciano. Agradeció,
por educación, el hospedaje y volvió
a su pueblo, olvidándose por mucho
tiempo de lo que el maestro le había
dicho.
Allí,
conoció una chica de quien se enamoró.
Se casaron y formaron una familia.
Cierto día,
al volver de trabajar en el campo, vio desde
lejos a sus hijos jugando. Se acercó
despacio y desde atrás de un árbol
se quedó mirando. Así lo descubrió
su esposa que le preguntó:
- ¿Qué
estás haciendo acá? ¿Qué
hacés mirando a los niños
jugar?
- Estoy mirando
la maravilla más grande que Dios
nos ha regalado, estoy alabándolo
mientras escucho sus gritos y sus cantos,
estoy dando gracias por el trabajo que me
permite traerles todo los días un
pedazo de pan, y estoy dando gracias a Dios,
porque si yo, que soy muy débil,
cuido de ellos y me preocupo, cuánto
más él con todo su poder y
su inmenso amor.
Ese día
el hombre recordó las palabras de
su maestro y entendió.
Para reflexionar:
"Hace falta el
estudio y hace falta la meditación;
pero, sobre todo, hace falta la confianza
de dejarse sorprender por el Espíritu
en rincones llenos de promesa. Si el don
de la sabiduría es "gustad", el de
entendimiento es "ved". Ver con los ojos
de Dios, entender con su mente, contemplar
con su Espíritu. Reconocer la mano
de Dios donde otros sólo ven circunstancias
humanas, descubrir providencia en la historia,
y amor en el sufrimiento"
Carlos
G. Vallés.
El joven había
aprendido a vivir. Sabía disfrutar.
Estaba feliz con la familia que había
constituído, pero le faltaba algo
más, que no podía alcanzar
por su propia voluntad, buscándolo
a la fuerza. Entender el por qué
de las cosas de la vida, descubrir la presencia
de Dios permanentemente a su lado, es algo
que viene del Espíritu. Es él
quien da el entendimiento para descubrir
lo trascendente.
Para
trabajar con
el cuento:
Destinatarios:
jóvenes y adultos
Primer momento:
Reflexión personal. Cada participante
lee el cuento, reflexiona sobre el mensaje
del mismo y piensa si alguna vez vivió
una situación similar.
Segundo momento:
entre todos tratan de buscar una definición
del don del entendimiento y poner en común
las experiencias personales.
Tercer momento:
Lectura de la Palabra de Dios. Juan 16,
12 - 32
Profundización:
los apóstoles habían convivido
con Jesús durante tres años,
lo habían visto realizar numerosos
signos y lo habían escuchado hablando
a la gente y a ellos de manera personal.
El lenguaje de Jesús era su lenguaje,
los ejemplos que ponía eran de su
propia vida. Sin embargo, aunque sabían
que Jesús era el salvador prometido,
no entendían bien su mensaje. Para
eso, necesitaban al Espíritu Santo.
Nosotros, con mayor razón, debemos
pedir el don de entender.
Oración:
Envía sobre nosotros, Espíritu
de Dios, el don del entendimiento para que
podamos comenzar a comprender lo que Dios
quiere de nosotros, el sentido de la vida,
su acción en el mundo, el sufrimiento
y la muerte. Que tengamos siempre el corazón
abierto para recibir y hacer crecer este
don
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