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Cuento para trabajar
el don del Consejo
La madre, la muerte
y el ángel/ de Eugenia
por
María Inés Casalá
publicado
en Diálogo 56
En pleno día
-por tiempo y por edad- la mujer vestía
de noche. La oscuridad de su pena hacía
juego con la suelta cabellera, los ojos
insondables y la túnica. Cansada
de llamar a la Muerte, que bajó la
caperuza, tapó sus oídos y
vagó por el mundo sólo por
no oírla, acudió al Angel.
- Señor:
he perdido a mi hijo. ¡Era tan pequeño
que cabía exactamente en la cuna
de mis brazos! En vano llamé a la
Muerte para que me lo devolviera...
- ¿No sabes,
Mujer, que la muerte no devuelve nada...?
- Le rogué
que me llevara junto a él. No fui
escuchada. No tengo paz ni consuelo. Toda
yo soy una estéril lluvia de lágrimas.
- Resignación,
Mujer.
- Lo soñé
con amor. Lo engendré con amor. Lo
esperé con amor. Lo dí a luz
con amor... Y me fue arrebatado. No tiene
sentido. (*)
- Busca las palabras
de la resignación y de la fe -dijo
el Angel y desapareció.
La Mujer cerró
sus desolados ojos. Cuando los volvió
a abrir estaba en una iglesia que destilaba
esplendor. En los murales, pintores de clara
estirpe idealizaron hasta el arrebato místico,
los rostros de vírgenes y santos.
Se arrodilló
ante el sacerdote.
- Padre: he perdido
a mi hijo. No tengo paz ni consuelo. En
vano he llamado a la Muerte. Vivo en martirio.
- Bienaventurados
los que sufren porque de ellos será
el reino de los cielos... Dios da y Dios
quita. Tu criatura, mujer, es un ángel
grato a los ojos del Señor. Resignación,
hija mía, resignación.
Cubierta con
su cabellera como un manto, fue a una sinagoga.
Refulgían la estrella de David y
los candelabros de siete brazos. Se arrodilló
ante el rabino.
- Señor:
he perdido a mi hijo. Lo engendré
con alegría. No tengo calma, ni consuelo,
ni sentido mi vida. Soy un dolor.
- Un Rabí
perdió a su hija recién nacida
y, en su acompañamiento, iba alegre...
Cuando le preguntaron el motivo, repuso:
Me alegra devolver a Jehová un alma
tan pura como cuando él me la dio...
Dios da y Dios quita. Resignación,
hija mía, resignación.
Envuelta en la
oscuridad de su cabellera y de su pena,
la mujer entró en la mezquita.
La filigrana
de la piedra reproducía, hasta el
infinito, el nombre de Alá. Se hizo
un ovillo a los pies del Imán.
- Señor:
he perdido a mi hijo. Era tan pequeño
que mis brazos le bastaban. Lo amaba y lo
perdí. No tengo consuelo.
- La verdadera
tumba de los mortales no está en
la tierra sino en el corazón de los
hombres... Tu hijo está vivo en tu
corazón. Vida y muerte no nos pertenecen,
Dios da y Dios quita. Resignación,
hija mía, resignación.
Arrebujada en
el manto vivo de su cabellera, la madre
entró en una capilla evangelista.
Las paredes eran
grises y desnudas. Sólo un crucifijo
fino, de madera negra. En lo alto, los fragmentados
colores de un vitraux. Dobló su torturada
humanidad ante el Pastor.
- Señor:
he perdido a mi hijo. Era tan pequeño
y tan grande mi dolor. Vivo penando y sin
consuelo.
- En el día
del juicio final veremos los rostros de
él y de los seres que amamos. Dios
da y Dios quita. Resignación, hija
mía, resignación.
En lágrimas,
ya sin fuerzas, la madre era una figura
oscura, espasmódicamente sacudida
por sollozos y el viento.
Ajena a la vida
que pasaba a su alrededor, sólo recordaba
el hijo que tuvo en sus brazos y se perdió
como en un sueño...
El Portero Celestial,
con infinita pena le alzó el rostro.
- Mujer, levántate.
Voy a llevarte ante quien comprenderá
tu dolor.
Por un instante,
la madre abandonó su oscuridad de
cuerpo y espíritu.
- ¡Señora...!
- suplicó ante la augusta figura.
- Tú que
perdiste a tu Hijo, dime, ¿cuál
es la fórmula del consuelo...?
Entonces, a dos
mil años del hecho, los ojos de la
virgen María se llenaron de lágrimas...
Para reflexionar:
Los cuentos permiten
adaptaciones y es factible utilizar la misma
narración para distintas edades.
Sin embargo, en esta ocasión elegimos
uno que es sólo para adultos. Al
hacer la selección de cuentos para
los dones del Espíritu y leímos
éste, nos pareció muy fuerte.
Sin embargo, cuando llegamos al final, comprendimos
que era adecuado para trabajar el don del
consejo. ¿Quién puede aconsejar?
El que tiene sabiduría y entendimiento,
y, además, es capaz de ponerse en
el lugar del otro. Los consejos que recibe
esta mujer de los distintos pastores no
son malos, cada uno de ellos va diciendo
una verdad, pero María es la única
que llora con ella. Con su actitud le dice
que no está sola, que ella está
a su lado, que Jesús también
la escucha y la comprende en su sufrimiento.
Es necesario pedir con insistencia esta
capacidad de aconsejar que implica necesariamente
saber escuchar, ponerse en el lugar del
otro, compadecerse, como tantas veces lo
hizo Jesús y, por sobre todas las
cosas, dejar de lado nuestros propios intereses
para tratar de descubrir qué es lo
mejor para quien necesita de nosotros un
consejo.
Para trabajar:
- Narrar o leer
el cuento hasta la marca que hemos hecho
(*).
- Preguntar
a los participantes qué dirían
a una mujer en esa situación.
- Entregar a
cada participante una copia del cuento
y terminar la lectura. Analizar lo que
dice cada uno de los personajes: ángel,
sacerdote, rabino, imán, pastor
y María.
- Conversar
entre todos qué significa aconsejar.
- Dejar un momento
de silencio para pensar en las personas
que nos pidieron un consejo, cómo
respondimos, cómo las escuchamos,
si fuimos capaces de aconsejar desinteresadamente
y si nos pusimos en el lugar del otro
y junto al otro.
- Invitar al
que lo desee para que comparta sus reflexiones.
- Hacer una
oración al Espíritu Santo
pidiendo que nos de capacidad para saber
aconsejar.
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