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Cuento para trabajar
el don de la Piedad
Un asunto de monos
/ de Pedro Ribes - Ed. San Pablo
por
María Inés Casalá
publicado
en Diálogo 58
El señor
Robinson llegó a casa fatigado llevando
un gran mono cómodamente sentado
en sus hombros. La señora Robinson
se sintió muy preocuada al ver a
su marido en semejante estado:
-¿Qué
te pasa querido?- le preguntó afectuosamente
-¿Por qué tienes ese aspecto
tan cansado y deprimido.
-A decir verdad-
repuso él -tu madre tiene tanta culpa
como cualquiera. Apenas pedía verla,
prorrumpió en denuestos contra mí
sin parar. Ella y el resto de la familia.
Santiago y Dora son por el estilo. Siempre
están encima de mí. Dicen
que no deberías haberte casado nunca
conmigo. Tu madre decía que ella
y tu padre sospechaban lo que iba a suceder
-Tonterías
querido- le interrumpió su esposa,
tranquilizándole -Tú eres
el mejor de los maridos del mundo. No les
hagas caso. Yo les diré unas palabras
la próxima vez que vaya a verlos.
Lo arreglaré todo, no te preocupes.
Ahora siéntate aquí y serénate.
Ea, deja que te quite ese enorme mono de
tus hombros.
Inmediatamente
le quitó el mono y lo colocó
sobre sus propios hombros. Ello hizo que
el señor Robinson se sintiera muy
aliviado. Serenado y de nuevo feliz, decidió
ir a ver a algunos amigos del club de bolos
y marchar con ellos a un pub.
Al poco rato,
llegó del colegio el joven Frank.
Traía un pequeño mono posado
en sus hombros.
-Querido- exclamó
su madre con ansiedad -qué ha ocurrido
en la escuela hoy?
-Estoy harto,
mamá. La profesora me ha reñido
por algo que no he hecho. Dijo qe era un
descarado y marrullero y que daba mal ejemplo
a toda la clase.
-¡Cómo
se ha atrevido a decirte cosas así!
Déjamela a mi cuenta. Iré
a verla mañana por la mañana
a primera hora. Olvídala de momento.
Sal a jugar con tus amigos, y yo te llamaré
cuando esté listo el té.
Apenas la señora
Robinson le había quitado el pequeño
mono de los hombros, Frank olvidó
inmediatamente lo ocurrido en la escuela
y se fue contento a jugar.
Poco después
llegó Ángela a casa. Había
estado en la fiesta de cumpleaños
de una amiga, pero ciertamente su aspecto
no era el de haberlo pasado bien. También
ella traía un pequeño mono
sobre los hombros, y su madre sospechó
que había estado llorando.
-Qué te
ocurre, querida? ¿No fue bonita la
fiesta?
-Ha sido horrible,
mamá. Algunas chicas me han estado
insultando. Dijeron que era una niña
muy mimada. ¡Las odio!
-No hagas caso,
querida. Dime quiénes fueron esas
antipáticas y yo informaré
a sus padres exactamente de lo ocurrido.
Ahora cámbiate y vete a jugar. Yo
te daré una voz tan pronto como esté
preparado el té. Ea, deja que te
quite ese mono de tus hombros.
Así era
la señora Robinson. Una mujer muy
amable y muy querida; tenía numerosas
amistades, que a menudo iban a verla durante
el día. Ella escuchaba afectuosamente
sus problemas y se mostraba preocupada al
ver monos sobre sus hombros.
No obstante,
según pasaban los días, la
señora Robinson comenzó a
sentirse también cansada. Evidentemente,
no era la que solía ser y parecía
preocupada por algo. Perdió el gusto
pot la vida, y parecía incapaz de
hacer frente a sus deberes de esposa y madre.
Con frecuencia ahora se lamentaba y gruñía
de una manera muy extraña, comenzando
a preocupar a la familia y a las amistades.
Un día,
una buena amiga la tomó aparte y
le habló sin rodeos:
-Escucha, Sandra;
vengo dándome cuenta últimamente
de lo deprimida que pareces estar. Evidentemente,
sabes de qué se trata, ¿verdad?
-Bueno, en realidad
no estoy segura, Gladys. Verdaderamente,
no me he sentido nunca como ahora. Supongo
que estoy algo cansada. Me siento abrumada
últimamente, ya sabes.
-Ciertamente
lo estás. El verdadero problema son
todos esos monos que tienes posados encima
de tus hombros. Y tú eres la única
que puede hacer algo al respecto. El remedio
está en tus manos. Manda de paseo
esos monos. No son tuyos; ¿por qué
has de llevarlos encima? Deshazte de ellos.
-¿Lo crees
así?- dijo pensativa la señora
Robinson.
-Sí, supongo
que debo dejarlos. Después de todo,
tienes razón. Realmente no me pertenecen;
me parece, pues, que voy a dejarlos y que
vuelvan a subirse a los hombros de las personas
a las que realmente pertenecen.
En cuestión
de días, la señora Robinson
volvió a ser ella misma. Los monos
habían vuelto a quienes pertenecían
y ella sintió nuevas energías.
Entonces se encontró de nuevo deseosa
y capaz de ayudar a su familia y a sus amistades.
Para reflexionar:
Cuando comenzamos
la serie de cuentos acerca de los dones
del Espíritu Santo, lo hicimos con
el don de la Sabiuría y seguimos
con Entendimiento, Consejo y Fortaleza.
Es bueno disfrutar
la vida, reconocer la obra de Dios en ella,
saber aconsejar y aconsejarse, y pedir fuerzas
para seguir adelante. Sin embargo, para
que todo esto tenga valor realmente, debe
ser hecho con amor. El cuento de hoy, nos
hace reflexionar acerca de este don, el
don de la piedad. El "amor" está
presente permanentemente en los medios de
comunicación, en las películas,
en los encuentros de catequesis
Sin
embargo, no siempre entendemos bien qué
quiere decir amar. El don de la piedad nos
enseña a amar realmente.
Para trabajar
con el cuento:
- Leer el cuento
y comentarlo: ¿Cuáles son los
personajes? ¿Qué hace la señora
Robinson? ¿Qué significado tienen
los monos? ¿Cómo ayudaba la
señora Robinson a los demás?
¿Qué relación tiene este
cuento con el amor? ¿Ama realmente
la Señora Robinson?
- Leer 1 Corintios
13, 4 - 7 y hacer una lista con las características
que San Pablo da del amor. Pensar hechos
concretos de la vida de Jesús en
los que sea evidente el amor a los hombres.
Comparar estas reflexiones y pensar si podemos
decir si la Señora Robinson amaba
realmente con las actitudes que tenía.
(La señora Robinson, se preocupaba
para que los demás "la pasaran bien",
y no por ayudarlos a crecer y a resolver
sus problemas. Amar realmente, quiere decir
ayudar al otros para que él pueda
resolver sus dificultades, no resolvérselas
uno. Los padres, pueden tener la tentación
de evitar todo esfuerzo a sus hijos y de
"cargar todos sus monos". Esta actitud no
es fruto del verdadero amor).
- ¿Cuál
tendría que haber sido la verdadera
actitud de la señora para que fueran
verdaderas manifestaciones del amor?
- ¿Qué
conclusión se puede extraer de este
cuento? (Es difícil encontrar a una
persona que diga que no es necesario amar.
El problema, que a veces no se discute,
es cómo se debe amar, qué
significa, en actitudes cotidianas, amar.
Si Dios tuviera hacia nosotros la misma
actitud que la Señora Robinson hacia
los demás, podríamos pensar,
en un primer momento, que se nos acabarían
los problemas, porque Dios no se cansaría
de llevar "nuestros monos". Sin embargo,
nosotros perderíamos la libertad,
la posibilidad de amarlo libremente, dejaríamos
de ser responsables de nuestros actos).
- ¿Qué
conclusiones podemos extraer para vivir
en actitudes concretas el amor?
- Reflexión
personal: ¿Cómo amamos? ¿Cuáles
son las características de nuestro
amor? ¿Amamos como la Señora
Robinson? ¿Amamos sólo a los
que nos aman? ¿Amamos cómo nos
pide San Pablo?
Oración:
Regálanos
Espíritu Santo, el don de la piedad,
para que como Jesús, que nos amó
hasta morir por nosotros, podamos amar a
los demás y a nosotros mismos con
un amor desinteresado y generoso.
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