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Editorial
Formación de la conciencia moral en la catequesis (3)

por María Inés Casalá

 

«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»

Benedicto XVI, Dios es amor.

 

El objetivo de la catequesis es el encuentro con Jesús -una persona viva-; mirarnos en sus ojos para descubrirnos a nosotros mismos y, así, crecer. Jesús está en el corazón de cada uno y es ése un lugar privilegiado de encuentro con él.
En el encuentro con Jesús, al mirarnos en sus ojos, contemplar  su vida y escuchar su palabra, vamos formando nuestra conciencia para reconocer los principios de la moralidad y su aplicación a circunstancias concretas.

 

¿Qué enseñamos en catequesis para ayudar a formar la conciencia moral?

• El silencio como camino de encuentro con uno mismo y con Dios.

El primer paso para «mirarse» hacia adentro es la capacidad de hacer silencio no sólo porque alguien nos haga callar, sino para valorar el silencio como algo positivo. Ser capaz de estar solo con uno mismo, dejar de lado las preocupaciones y disponerse a escuhar. Si hay que tomar una decisión importante, habrá que evaluar las posibilidades, volver a pensar los consejos que nos pueden haber dado, e intentar preveer  las consecuencias de nuestas  opciones. El que está acostumbrado a andar por la vida apurado, puede sentir temor de parar; por esto, es fundamental encontrar el valor del silencio como camino de encuentro con uno mismo.
Antes de comenzar la vida pública, Jesús se retiró al desierto y ahí, en la soledad, enfrentó a los verdaderos demonios que son los que nos tientan con el poder, la riqueza o la fama. Después de permanecer cuarenta días en silencio descubrió  que el verdadero poder está en uno mismo, está en ese sello que Dios puso en cada uno de nosotros, está, en definitiva en reconocerse hijo de Dios y sus herederos.

• El diálogo con uno mismo.

Es necesario que el catequista eduque al niño para que pueda reflexionar acerca de su vida y para que aprenda a hacer un examen de conciencia que no debe abarcar sólo los aspectos negativos, sino también lo que tenemos de bueno que, como Dios es un padre bueno y generoso, seguramente habrá sembrado en abundancia dentro del corazón de cada uno. Por ejemplo, Jesús sintió que una mujer, en medio de la multitud, le tocaba el manto, se dio vuelta y le preguntó qué quería. Jesús era capaz de reconocer que alguien lo necesitaba,  entablar un diálogo con él y ayudarlo.
Aunque estuviera ocupado, siempre tenía tiempo para los demás. ¿Por qué lo hacía? Por amor a los demás. No quería ser famoso ni ganar poder. Quería hacer el bien y no esperaba recompensa. 
Así, de cara a Jesús reflexionamos acerca de nuestras actitudes.
¿Estamos atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor? ¿Somos capaces de atender a los demás o estamos inmersos en nuestros problemas y dificultades?

• Discernir acerca de las opciones que hacemos.

Ser cristiano es adherir a Jesús con pasión. Es decir, que su palabra debe impregnar cada acto que realizamos. Siempre se es cristiano; no sólo los domingos, o en catequesis, o cuando rezamos.
En cada opción que realizamos deberíamos actuar como Jesús y pensar cómo podríamos resolver ese determinado problema desde el amor. Esto es algo casi automático, si lo tenemos incorporado en  lo más profundo de nuestro ser.
En catequesis debemos enseñar el verdadero significado de la palabra «amar» para que sea el faro conductor de nuestras opciones.

• La capacidad de pedir ayuda.

Jesús cargando la cruz se dejó ayudar por el Cireneo. Pedir y recibir ayuda es bueno. No podemos hacer y resolver todo solos.
La conciencia moral no se forma aisladamente de los demás.
Cuando hay que resolver una situación o decidir si algo es correcto, además de hacer silencio y pensar, es necesario consultar con alguien preparado, saber leer la Palabra de Dios e interpretarla, pedir consejo a alguien que nos quiera bien. Especialmente habrá que tomar conciencia de que  la libertad, fabuloso regalo que Dios le hizo al hombre, sólo se vive plenamente si la utilizamos para el bien común.

• La promesa de vida eterna.

Si construimos una casa para que dure unos pocos años no la hacemos igual que si quisiéramos que dure eternamente.
En la vida ocurre lo mismo.
Si fuéramos concientes de que en la tierra estamos construyendo el cielo, nos daríamos cuenta de la importancia de los actos. Las personas trascendemos esta vida y, en comunidad, estamos llamadas a vivir junto a Dios para siempre. Antiguamente se enseñaba, en catequesis, que la salvación era individual (salva tu alma).
Actualmente creemos que la humanidad avanza unida  hacia el Reino de Dios. No existe la salvación individual y esto, es de difícil comprensión. Tenemos que hacernos responsables unos de otros. Las opciones que realizamos libremente utilizando nuestra conciencia moral deben conducir  a la salvación de  todos.

• Descubrir la voluntad de Dios.

Una de las primeras cosas que enseñamos acerca de Dios es que es un Padre bueno que quiere nuestro bien y nos creó para que seamos felices para siempre junto a él. Desde esta perspectiva, plantearemos la voluntad de Dios.
Dios es un padre que nos conoce profundamente, mejor que nadie.
Ni siquiera nos conocemos así cada uno a sí mismo. ¡Cuántas veces, después de hacer algo, nos preguntamos porqué lo hicimos, y no encontramos respuesta a nuestro interrogante! Dios sabe qué puede colmarnos, darnos felicidad plena y es eso lo que nos pide. Dios no nos da los mandamientos para su bien, sino para el nuestro. ¿Por qué amar a Dios más que a nadie? Porque en esa relación que establecemos con Dios salimos desigualmente beneficiados.
El amor que le damos nos vuelve enriquecido y nos da la capacidad de amarnos a nosotros mismos a pesar de nuestros errores y a los que nos rodean. Recibimos de él su misericordia para perdonar, sin guardar rencor y tener siempre el corazón colmado de amor.
Dios pensó que cada uno de nosotros puede llegar a ser una obra de arte, nos dio los elementos para construirla y su voluntad es que logremos realizarla. Pero, de cada uno de nosotros depende hacerla. Él nos dio el pincel, y nosotros ponemos las manos.

Lo más importante que subyace en este comentario, es generar en los chicos una actitud sincera de búsqueda. Las cosas no se resuelven porque sí, sin pensar, dejándose guiar por lo primero que se  siente o se les ocurre. Tenemos que ser capaces de buscar la verdad como una profunda  necesidad. Porque, como dijo Jesús, el que busca encuentra; y las semillas del verbo están esparcidas en medio del camino, de las espinas, las rocas y la tierra.

 

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