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Historia de la Iglesia
Hebreos y palestinenses

por Clara Freitag

 

En Diálogo de abril decía que «la historia de la Iglesia tiene sus raíces en Jesús de Nazaret, que nació y vivió dentro del mundo religioso y espiritual del judaísmo palestinense» y, más adelante, que «la Iglesia comienza con los pequeños grupos de amigos, parientes y seguidores de Jesús de Nazaret».
Estos «pequeños grupos de amigos» seguían creyendo en el Dios de Israel; seguían viviendo en la práctica judía del culto del templo y de la ley (He 2,46; 10,14); vivían según la enseñanza del judío Jesús y usaban la Biblia de los judíos si bien con otra interpretación...
En fin, representaban una agrupación dentro del judaísmo que, como vimos en Diálogo de julio, estaba dividido en tendencias o partidos [hassidim o asideos, saduceos, fariseos, celotas, esenios]; y «a los de afuera les producía la impresión de ser una secta judía más (He 24,5.14; 28,22) y no una nueva religión».
Desde el principio, empero, ya predicaban el bautismo como rito de incorporación a la comunidad y, si bien cumplían con el culto judío, celebraban el banquete eucarístico en sus casas, en el que sólo podían participar los miembros de la comunidad. Todo esto «constituye un signo claro de autonomía y vida propia del grupo dentro del judaísmo», pero no «una separación del judaísmo». Cabe afirmar pues, que «la joven Iglesia se sentía a sí misma como un evento dentro de Israel».
En Hechos 2, 1-21, Pedro da a entender que «el Espíritu de Dios» ya había comenzado a actuar, lo que se entendía como el «fin» de la historia de Israel; que esa historia alcanzaba su meta y su consumación y que había llegado el final de los tiempos»; según la concepción judía, el fin del mundo significaba que Dios intervenía y creaba la nueva tierra; se vivía, pues, en la expectación apocalíptica del fin del mundo (Mc 13; 9,1), aunque esa expectación inminente se fue perdiendo hacia el final del siglo I.
Además, en un primer momento la joven comunidad vio su tarea en Israel  y no fuera de él (Mt 10, 5ss). O sea, que el cristianismo primitivo se entendía como un Israel «nuevo», dentro del Israel «viejo», al que tenía que convertir, porque debería emprender el camino de Jesús y llegar a la fe en él. Para los seguidores de Jesús, toda la realidad se dividía en vieja y nueva. La sensación de estar viviendo ya la irrupción de la salvación del mundo fue como el sentimiento fundamental del cristianismo primitivo. Pero el «viejo» se resistía a Dios, no se convertía; perseguía a los «santos» [como se llamaban los seguidores de Cristo], de modo que surgió un frente y una situación de lucha.
Esto hizo que los grupos se fueran aislando como una pequeña minoría, sin perder la convicción de que en ellas se desarrollaba el acontecimiento universal decisivo. Esta tendencia de representar a todo Israel, fue respondido por el rechazo histórico de la fe en Jesús, que se transformó en una enorme desilusión, y hasta se convirtió en un problema teológico que Pablo expresa en su carta a los Romanos (cfr. 9-11).
Hebreos y helenistas
Los siete primeros capítulos de Hechos de los Apóstoles son una fuente importante para conocer aspectos de la vida de la primitiva comunidad de Jerusalén.
Así, en 6,1 «...al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos...», por lo que hemos de suponer que, así como dentro del judaísmo cada uno celebraba el culto litúrgico en el idioma de procedencia, -los de la diáspora en griego y los hebreos en arameo-, también los cristianos.
Hechos 6, 5 nos da los nombres de siete personajes: Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas, Nicolás, prosélito de Antioquía; todos nombres griegos; indica que, posiblemente, el grupo de los cristianos helenistas recibe una organización aparte del grupo hebreo, y  representan la dirección de la comunidad de los «helenistas», como réplica de los Apóstoles en la comunidad de los «hebreos».
El motivo fue un a dificultad social: sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. «Pero desde el  punto de vista histórico tuvo gran importancia -afirma Brox- el que los cristianos «helenistas» tuvieran un grave conflicto con la sinagoga grecoparlante de la ciudad».
Según Hechos 6, 8-15; 7, 1-60, el motivo del choque estaba en la doctrina de los helenistas, porque tenía que ver con su concepción del judaísmo. Por las fuentes queda claro (He 6, 11-14; 7,48.53) que la acusación de los testigos y de las autoridades contra Esteban fue de «blasfemia» contra Dios, Moisés, el templo y la ley... es decir, que la predicación de los helenistas había superado la frontera de lo que permitía la disciplina sinagogal.
Ahora, los helenistas tienen que abandonar Jerusalén, mientras que los hebreos continúan allí (veremos las consecuencias de esta dispersión; puede verse de Marcel Simon, Las sectas judías en el tiempo de Jesús, ed. EUDEBA).

 

 

 

 

 

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