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El cuento en la Catequesis
Dolor extraño
por María
Inés Casalá
Juan era un hombre de unos treinta años. Desde muy pequeño sentía un fuerte dolor en el pecho, aunque no en forma permanente, y, a pesar de que había visitado numerosos médicos, nunca le habían podido decir a qué se debía. Cierto día, mientras cruzaba la plaza para ir a su casa, el dolor lo atacó más fuerte que de costumbre y tuvo que sentarse en un banco.
Juan creyó que se debía a que había estado todo el día trabajando en la casa de su hermano ayudándolo a construir una piecita en el fondo del patio. Tenía muchas ganas de llegar a su casa para ducharse y ponerse ropa limpia, pero no pudo seguir.
Era de noche y hacía frío. Juan se quedó inmóvil, con los ojos cerrados, respirando lentamente, esperando que esa puntada se le pasara como sucedía habitualmente.
Al sentarse en el banco, no había visto que, en el otro extremo, había un hombre mayor con aspecto de vivir en la calle. A los pocos minutos, sintió que alguien le tocaba el hombro.
Era una mujer joven, que le preguntó si necesitaba algo, al mismo tiempo que le daba un tazón de caldo caliente y un pedazo de pan.
Como lo tomó de sorpresa, no tuvo tiempo de decirle que él no era uno de los que vivían en la plaza y aceptó.
La mujer se fue, y Juan comenzó a conversar con el hombre que compartía su asiento. Al principio, hablaron del tiempo, del frío que hacía, de la bondad de esas personas que les habían llevado algo caliente y, después, de su familias. El hombre le contó a Juan cómo había llegado a vivir en la calle.
Era la primera vez que Juan hablaba con una de las personas que pasaban la noche en la plaza.
A partir de ese día, decidió averiguar quiénes eran los que repartían el caldo caliente y se puso a trabajar con ellos.
Y, ¿saben qué?
Ocurrió algo extraño: el dolor de Juan desapareció para siempre.
Para reflexionar
el cuento
Reflexión en grupos:
Preparar un papel afiche celeste y en el centro del mismo, hacer un gran círculo con cartulina blanca.
Trabajar en grupo diez o quince minutos: ¿Qué «dolores» tiene el mundo?
Resumir en tres o cuatro palabras lo conversado.
Puesta en común: Un representante de cada grupo escribe dentro del círculo las palabras que pensaron.
Nuevamente en grupos: ¿Cómo se pueden «curar» el dolor del mundo?
Se escriben las conclusiones en tiras de papel blanco como si fueran vendas y se pegan sobre el círculo.
Conclusión: el «mundo» no es algo que exista independientemente de nosotros. Cada uno es reponsable de modificar la realidad y construir el Reino de Dios. No tenemos que esperar que otro lo haga.
Reflexión personal:
• ¿Tenemos algún “dolor” en nuestra vida que nos moleste?
• ¿Qué podemos hacer para superarlo?
• ¿Alguna vez nos pasó algo que nos haya hecho cambiar nuestra manera de encarar la vida?
Oración:
Meditamos el relato y todo lo conversado a la luz del salmo que dice: “Mi alma tiene sed de Dios, cuándo llegaré a ver su rostro».
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