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Editorial
Una larga y fructífera espera

por María Inés Casalá

 

Es de noche, la casa está vacía; apenas se escucha el sonido del viento entre las hojas de los árboles que están en la vereda de mi casa y algo de buena música en el equipo de audio. Es extraño tanto silencio un sábado por la noche. Espero que suene una bocina, que las campanas de la iglesia vecina anuncien un casamiento, que algún amigo de mis hijos llame por teléfono para dejar un mensaje, pero nada de eso ocurre. Y yo… sentada frente a la computadora me propongo escribir una nota relacionada con el tiempo de Adviento, tiempo de espera.
Se me ocurre pensar qué espero a esta altura de mi vida. Qué es lo que todavía anhelo, qué es lo que nunca logré. Qué es lo que vale la pena seguir esperando y aquello que es mejor olvidar.
Es necesario discernir cuándo debemos dejar de esperar. Hay veces que esperamos cosas del otro que nunca nos podrá dar. Hemos puesto en él -un amigo, un hijo, un alumno, el esposo-, expectativas que son imposibles de realizar, porque hay que aceptar al otro como es y a nosotros mismos también. «No se le puede pedir peras al olmo» dice un viejo refrán. Cada uno puede dar y ser algo y no otra cosa. Eso sí, hay que recordar que somos perfectibles a cada instante.
También me gusta hacer memoria y recordar qué he esperado a lo largo de mi vida: el nacimiento de mis hijos, el de mi nieta y el del otro nieto que está por llegar. Dos esperas distintas. En una, fui protagonista, en la otra espectadora.
¿Qué seré esta Navidad? Espero poder ser protagonista, sentir que Jesús nace dentro mío, prepararle un lugar en medio de mis alegrías, deseos, anhelos, preocupaciones y sufrimientos. Me imagino a José reclinado en el pesebre, quitando las pajitas sucias y duras para preparar un lugar lo más confortablemente posible para que María diera a luz a Jesús. ¿Qué «pajitas» deberé quitar de mi corazón para que nazca Jesús, qué otras nuevas tendré que buscar para preparar ese lugar? 
Digo protagonista, porque hoy somos nosotros los que hacemos nacer a Jesús en medio de los hombres a través de nuestras palabras y actitudes. Pero, también espero ser espectadora -porque no siempre se puede ser protagonista-, para verlo nacer en medio del mundo y de una sociedad que parece olvidada de Jesús. O, que si no se ha olvidado de él, lo ha disfrazado con tantos mantos, túnicas y adornos que ya no parece ese, el hijo del carpintero, que siendo Dios estuvo caminando en medio de nosotros.
Lo más maravilloso de este tiempo de Adviento es que, si realmente preparamos nuestro corazón, vamos a percibir a Jesús que nace hoy entre nosotros; como decía un audiovisual de los años 70: Hoy, Belén es mi ciudad.
Para reconocerlo es necesario saber mirar, ser un buen espectador, meterse en la trama de la historia, y no sólo de la historia pasada que ocurrió hace más de dos mil años, sino en lo que sucede hoy en día.
El buen espectador siente lo que ocurre, se emociona y sale transformado. No es la misma situación de un espectador que entra a un cine o al teatro; algo en él cambia definitivamente.
Esta Navidad puede ser una más, o puede ser que después de celebrar y escuchar nuevamente que Dios no se da por vencido y nos da otra oportunidad, algo se modifique en nuestra vida.
Hay diferentes esperas.
Hay esperas que parecen no tener sentido en sí mismas: esperar el colectivo, hacer la cola en un banco, que leve la masa o se llene el lavarropas.
Hay esperas dolorosas cuando estamos en la sala de un hospital esperando que salga el médico a decirnos cómo fue la operación de un ser querido.
Hay esperas que parecen interminables y agobiantes, como la de las familias que esperan noticias de tantos desaparecidos y de hijos de desaparecidos.
Hay esperas con bronca, incertidumbre, alegría, solitarias, acompañadas…
Pero creo profundamente que cualquiera sea la espera, depende de nosotros transformarla si es negativa, o disfrutarla, en caso de que sea buena. Podemos llenar y dar contenido a la espera.
Imagino también la espera de María. ¿Qué habrá pasado en su corazón durante su embarazo? Sabemos que cuando Jesús tenía doce años y se perdió en el templo, todavía no entendía bien lo que significaba ser la madre de Jesús. Entonces, a los quince o dieciséis años, esperando un hijo anunciado por un ángel, ¿qué habrá sentido? Haciendo un ejercicio de imaginación podríamos intuir que algo sí sentía María:
que el que pone su vida en las
manos de Dios, aunque a veces no entienda bien qué ocurre, finalmente, le va encontrando el sentido.

  Que este tiempo de espera sean días en los cuales podamos renovar la esperanza, sea un tiempo valioso en sí mismo y nos ayude a vivir intensamente las otras esperas de nuestra vida.
Que al mirar al niño en el pesebre, frágil y necesitado, veamos el rostro de tantos niños, jóvenes, adultos y ancianos que están de esa misma forma.
Que el llanto del niño recién nacido nos haga escuchar los llantos del mundo de hoy.
Que guardemos lo que vamos viviendo, como María, en el corazón, para descubrir, comprender y aceptar el plan de Dios en nuestra vida como lo hizo ella.
«Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido». Lucas 2, 19-20
Nota: Acaba de sonar el teléfono. Es una de mis hijas, Caro, que se acordó que yo estaba sola porque Juan Carlos está dando un curso en Mendoza, y me llama para venir a casa a cenar conmigo antes de salir con sus amigos.
A veces Dios nos regala más de lo que esperamos.

 

 

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