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Editorial
Animarse
a parar.
por María
Inés Casalá
Hacé,
por un momento, un ejercicio de imaginación.
Estás en plena avenida Córdoba,
una de las más importantes de la
Ciudad de Buenos Aires. No importa si no
la conocés, pensá en una avenida
de seis carriles: los dos de la derecha
están reservados para el tránsito
de colectivos y de taxis ocupados y, el
resto, es para autos particulares, camiones,
taxis desocupados en busca de pasajeros,
motos y bicicletas. Son las 12.00 del mediodía,
los carriles están totalmente ocupados,
y los vehículos circulan a unos 40
km. por hora, es decir, bastante rápido.
Te subís
a un colectivo de la línea 132, una
de las mejores líneas de la ciudad.
Casi no tenés que esperarlo y, salvo
en algunas horas pico en que la gente va
a trabajar al centro de la ciudad o a la
facultad, o vuelve a sus hogares, viajás
cómodo. Estás parado en el
medio del colectivo, tomado de las manijas
que cuelgan del techo, haciendo equilibrio
cada vez que arranca o frena para no pisar
a nadie y no ser pisado. Va derecho hasta
la avenida Pueyrredón donde debe
doblar hacia la izquierda. El colectivo
está en el segundo carril, -el primero
es el que está contra la vereda-,
y debe doblar, pero sin pasar por donde
circula el tránsito particular. ¿Cómo
lo hace?
Alguien pensó
una solución muy simple. El colectivo
se detiene en el segundo carril, mientras
le pasan por un costado autos a toda velocidad,
y por el otro lado, colectivos de otras
líneas -deben pasar unas seis líneas
de colectivos a esa altura de la avenida
Córdoba-, espera que se ponga la
luz roja y gira tranquilamente. Imaginate
ahí parado, en el colectivo que se
sacude con los que lo pasan por al lado
a toda velocidad. Cuando esto me ocurre,
siempre estoy como esperando que otro colectivo
o un taxi lo choque. Hace unos días
estaba ahí, en esa situación,
detenida, cuando me puse a pensar que esa
misma sensación es la que deben sentir
muchos jóvenes y adultos que no paran
de realizar actividades durante el día
y no tienen tiempo para leer, pensar, rezar,
o simplemente compartir un rato con la familia
o los amigos. Al finalizar el año
pasado escuchaba una y otra vez: estoy como
loco, no doy más, no paro ni un momento,
corro todo el día, estoy cansado.
Recordé esos comentarios al estar
ahí parada; el colectivo vibraba
y pensé que, tal vez, hay personas
que no pueden detenerse porque temen parar
porque cuando te detenés, todo empieza
a ser diferente o porque te pueden llevar
por delante, te pueden pasar, podés
no ser el primero, podés perder.
Sin embargo, cuando dieron la luz correspondiente,
sólo los colectivos de la línea
132, pudieron doblar hacia la izquierda.
Hoy en día
parece que es indispensable estar ocupado,
trabajando sin parar. ¡Pensar en todas
las personas que dieron su vida para que
la jornada laboral fuera de ocho horas!
Es cierto que hay personas que para mantener
la familia con lo mínimo necesitan
trabajar todo el día. Sin embargo,
no debemos perder la noción de que
esto no está bien. Necesitamos tiempo
para disfrutar la vida, los amigos, los
hijos, la pareja, los padres... Tiempo para
leer, para escribr a un amigo, para contarle
un cuento a nuestros hijos, para ver una
película y discutirla entre amigos.
Tiempo para preparar una comida que no sea
fast-food en nuestra propia casa. Los adultos
debemos empezar a dar el ejemplo para que
los jóvenes vuelvan a valorar la
importancia del tiempo compartido. A mí
no me interesan los amigos que se reúnen
para nada, yo sólo me junto con chicos
que, como yo, quieran estudiar y hablar
de las materias que estamos preparando,
decía, hace unos días, un
joven de 21 años que está
por recibirse de ingeniero. Los que escuchaban,
aplaudían su actitud y comentaban
qué buena carrera estaba haciendo.
Justo escribí,
sin querer, la palabra: parece que la vida
fuera una carrera y, lo que es peor, a veces
no sabemos hacia donde.
Aprendamos a
detenernos, a dejar para mañana lo
que no podemos o no queremos hacer hoy.
Aprendamos a meditar acerca del rumbo que
lleva nestra vida, para que sea decidido
por nosotros, a reflexionar acerca de nuestras
actitudes y a disfrutar lo que hacemos día
a día.
Que este año
digamos menos veces estoy cansado o no tengo
tiempo y podamos distribuir el tiempo entre
el trabajo, la familia, el estudio, los
amigos o aquellas actividades que veamos
necesarias realizar para nuestro desarrollo.
Que podamos enseñar
a nuestros hijos y alumnos que en la vida
construimos lo que somos cuando somos capaces
de detenernos para ver el rumbo que está
tomando y volver a orientarnos.
Que nos demos
cuenta de que el éxito en la vida
no pasa por la colección de títulos
o bienes que obtengamos sino por cómo
hemos vivido.
Que seamos capaces
de ver que la verdadera felicidad se alcanza
cuando somos lo que queremos ser, cuando
decidimos cómo queremos vivir aquellas
cosas que son inevitables, cuando el tiempo
no pasa cada vez más rápido
sino cada vez más intenso.
Recordemos cuando
Jesús visitó a Marta y a María:
Mientras iban
caminando, Jesús entró en
un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta
lo recibió en su casa. María,
su hermana, sentada a los pies de Jesús,
lo escuchaba. Marta, que estaba muy ocupada
con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús:
«Señor, ¿no te importa
que mi hermana me deje sola con todo el
trabajo? Dile que me ayude».
Pero el Señor
le respondió: «Marta, Marta,
te inquietas y te agitas por muchas cosas,
y sin embargo, pocas cosas, o más
bien, una sola es necesaria. María
eligió la mejor parte, que no le
será quitada» (Lc 10, 38-42).
Deseo que, este
año, cada uno descubra cuál
es la mejor parte que no le será
quitada.
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