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Historia de la Iglesia
La vida religiosa del judaismo palestinense

por Clara Freitag

 

El pueblo judío tenía conciencia de que pertenecían a Yavé, el único Dios verdadero, que los había conducido a lo largo de su historia desde cuando llamó a Abraham, con intervenciones directas, pero también a través de los profetas que iba suscitando. Este rasgo esencial del monoteísmo lo mantuvo incólume en medio de los demás pueblos, sin importarle los sacrificios que le acarreaba. Abrigaban la esperanza de que algún día llegaría el salvador anunciado por los profetas, que haría de Israel el reino de Dios, elevándolo sobre los demás pueblos de la tierra y que sería su propio Rey. Pero dada la implicancia de la vida religiosa con la política, esta idea mesiánica se fue orientando más y más hacia un Mesías temporal que había de liberarlos de la miseria terrena, concretándose por último en un libertador del odiado yugo romano.
Se esperaba un rey que purificaría y santificaría totalmente a Jerusalén (Dan. 7,9.13.27), esperanza mesiánica de la que nacieron los «Salmos de Salomón»: en éstos se pide ansiosamente la venida del Mesías, pero un Mesías que restablezca el Reino de Israel. «Se trata de una colección de 18 Salmos que se conservan en griego y en siríaco… posiblemente compuestos los últimos años antes del 70 de nuestra era» (Rivas).
Un tercer elemento decisivo era la ley: ésta se hallaba en la Biblia; ya se comenzaba a ense-ñar en el hogar y se la seguía profundizando en el culto divino. El judío piadoso se proponía observar la ley en su vida diaria y si faltaba contra ella, aunque sea por ignorancia, debía expiar su falta. La ley, sin embargo, no daba soluciones claras para todas las situaciones de la vida. La explicaban los escribas o doctores de la ley que, poco a poco, se fueron dividiendo en tendencias o partidos. Antes de la guerra de los Macabeos ya surgió el movimiento de los hassidim o asideos: «hombres serios que buscaban la más profunda voluntad de Dios, expresada a través de la ley para conformar la  vida religiosa.
La obediencia a la ley debía se absoluta, aun a costa de la vida. Pero una cierta nobleza, incluso los dirigentes del sacerdocio, llamados saduceos, se fueron perfilando hacia un racionalismo que rechazaba el mundo de los ángeles y se burlaban de la resurrección de los muertos; se aferraban a la Torá (los cinco libros de Moisés) y representaban una minoría influyente; contemporizaban con los ro-manos; eran oportunistas. El partido más representativo del pueblo, sin embargo, eran los fariseos, «separados». Se creían ser los representantes del judaísmo correcto. Pueden considerarse los continuadores de los asideos, por la importancia que le daban a la ley para ordenar la vida del individuo y del pueblo.
Para éstos, la Mishna y el Talmud fijaban minuciosamente cada situación de la vida, lo que derivaba en una casuística que impedía la libre decisión moral del individuo.
Otro grupo eran los «celotas», que se autoproclamaban fieles servidores de la ley; adoptaron una actitud combativa, pronta al martirio; se negaban a pagar tributo al emperador romano y se resistían toda dominación gentil; la obediencia a la ley obligaba la guerra santa.
Finalmente hubo otro grupo: los esenios, que decidieron aislarse de la vida pública. Se habían asentado al oeste del Mar Muerto,  no lejos del Monte Nebo, conocido como Khir-bet Qumrán. Las excavaciones realizadas en esas once grutas en 1947, dieron a conocer miles de fragmentos de manuscritos, con los que se enriqueció la imagen que se tenía de ellos por los escritos de Plinio y Flavio Josefo. Sus comienzos se remontan a la época de los Macabeos (a. 134 a. C.). Llevaban vida comunitaria bajo un jefe, elegido democráticamente, al que los textos de Qumrán llaman «Maestro de Justicia». Éste predicaba una interpretación de la ley que no admitía medias tintas. Todo aquel que no practicaba la ley según la entendían los esenios, era irremediablemente impío. Seguían, además, una nueva ordenación del calendario, que establecía fiestas anuales fijas. Observaban el celibato; pero en las cercanías del «monasterio» vivían seguidores casados; y por toda Palestina se encontraban esenios en forma aislada.
Los escritos hallados, permiten reconocer un gran interés por la literatura apocalíptica con temas como la victoria final sobre el mal, la resurrección de los muertos, el juicio final y la gloria de la era de salvación que no tendrá fin. Flavio Josefo no menciona ideas mesiánicas, tampoco habla de Juan Bautista ni de Jesús de Nazaret como pertenecientes al grupo. No hay vestigios de evolución: su objetivo era cumplir la ley con perfección.
La literatura conocida hasta el presente, impide hacer una reconstrucción de la historia del movimiento. Se puede sí afirmar, que la organización de los esenios era similar al de una orden religiosa: el aspirante sólo era admitido como miembro con plenos derechos, después de un tiempo de prueba, obligándose a la observancia de las reglas, con juramento.
Los bienes que pudiera tener, pasaban al patrimonio de la hermandad. Este centro comunitario fue destruído por los romanos en el año 68 d. C. y no pudieron reorganizarse más.

La diáspora judía

La madre patria palestinense tenía hijos dispersos por todo el mundo heleno. Desde el siglo VIII a. C. habían pasado por oleadas de deportaciones forzadas, emigraciones voluntarias; de modo que el judaísmo se había esparcido por el Asia anterior y la cuenca mediterránea. Al comienzo del Imperio romano, era mayor el número de judíos fuera que dentro de Palestina. Se sentían atraídos a los grandes centros culturales como Antioquía, Roma, pero sobre todo Alejandría; allí dos de los cinco barrios eran judíos. Se organizaban en comunidades cerradas, formando un anillo en las riberas del Mediterráneo que, al comienzo de la predicación apostólica, sumaban 150 comunidades cuyo centro era la sinagoga; un archisinagogo presidía las reuniones litúrgicas; de los asuntos de carácter civil se ocupaba el consejo de ancianos con un arconte a la cabeza; los unía su lengua materna; pero en la diáspora adoptaron la Koiné, lengua universal, que se introdujo también en la liturgia, en que adoptaron la Biblia traducida al griego por los Setenta. Así mismo estaban expuestos al influjo cultural del helenismo con sus corrientes religiosas.
La ciudad de Alejandría llegó a ser el centro espiritual de la diáspora. Fue la patria de Filón (+40 d. C.), cuyos escritos, conservados gracias al cristianismo, dejan percibir las distintas tendencias filosóficas de la época helenística.

 

 

 

 

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