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Editorial
Cuaresma, tiempo de preparación y
reflexión.
por María
Inés Casalá
Estos días
en los que me estoy preparando para la Pascua,
aunque en un primer momento me sorprendí,
percibo que no me resulta tan difícil
como hace unos años atrás.
Quizás,
porque la muerte ha pasado de ser eso que
le pasa a otros desconocidos, a ser eso
que le puede pasar a mis seres más
queridos, amigos, alumnos y a mí
misma. A medida que crecemos se nos hace
más familiar (como uno de esos familiares
con los cuales no nos queremos encontrar).
Comprendemos,
aunque antes lo sabíamos, que nuestra
vida es una gran cuaresma para nuestra pascua.
Podemos saber la importancia de la luz en
nuestra vida cotidiana, pero sólo
comprendemos lo que realmente significa
vivir sin luz eléctrica cuando nos
la han cortado por varios días.
No es lo mismo
saber que comprender.
¡Cómo
cambia la visión de la vida cuando
al final del camino esperamos más
Vida!
No reflexionamos
suficientemente acerca de la vida eterna
porque antes de pasar a ella, debemos morir.
Nos cuesta dejar
lo que construimos en esta tierra, lo que
conocemos, lo que nos da seguridad. Puede
ocurrir también que no tengamos suficiente
fe en la existencia de un Dios padre misericordioso.
Hay un viejo chiste que cuenta acerca de
un escalador que tropezó y cayó
a un precipicio. En un momento de la caída,
pudo tomarse de una pequeña rama
que había crecido entre las piedras
y quedó colgando en el vacío.
Ni bien recuperó el aire comenzó
a gritar: «¡Hay alguien ahí!
¡¿Alguien puede ayudarme?! Y,
ahí colgado, comenzó a escuchar
la voz de Dios que le decía: «Aquí
estoy, hijo, suéltate que enviaré
una legión de ángeles que
te tomarán y te depositarán
suavemente en el suelo. No temas, yo estoy
con vos». El escalador miró
hacia un lado, hacia otro y gritó:
«¡¿Hay alguien más
por ahí?!».
Nosotros no escuchamos
la voz de Dios de la misma manera que el
escalador del chiste pero, continuamente
nos está dando señales de
su presencia, de su acción en el
mundo y en nuestra vida.
Nosotros miramos
para todos lados y decimos: ¿Hay algo
más por ahí? Pedimos por algo
que nos pueda salvar de una forma que nos
parezca más segura. Nos parece más
fácil confiar en nuestras propias
fuerzas, en recetas hechas, en cintitas
de colores o en gurúes que enseñan
a ser exitosos (generalmente la forma que
ellos han tenido de ser exitosos ha sido
a costa de que otros no lo sean; pues si
todos lo fuéramos, ellos ya no tendrían
trabajo), que en el amor de Dios y sus promesas.
En tiempo de
cuaresma, o sea durante toda la vida, estamos
llamados a la conversión. Nuestra
vida es un camino en el cual tenemos que
convertirnos a Dios. Dejar que él
llene nuestra existencia, que explique nuestras
dudas, que nos sostenga cuando sufrimos
o estamos a oscuras, que su presencia crezca
día a día en nuestro corazón.
En tiempo de
Cuaresma, o sea durante toda la vida, estamos
llamados al ayuno. «Este es el ayuno
que yo amo: soltar las cadenas injustas,
desatar los lazos del yugo, dejar en libertad
a los oprimidos y romper todos los yugos;
compartir tu pan con el hambriento y albergar
a los pobres sin techo; cubrir al que veas
desnudo y no despreocuparte de tu propia
carne» (Isaías 58, 6-7). Este
texto es tan claro y sencillo que no merece
ninguna reflexión de mi parte, sino
la lectura reiterada para descubrir cómo
hay que vivir este ayuno en nuestra vida
y no quedarnos en comer poco algún
día a la semana.
Si vivimos la
vida como preparación, también
tendremos experiencias de resurrección;
pero ese es tema de otra reflexión.
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