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Historia
de la Iglesia
Introducción
a la Historia de la Iglesia (II)
por Clara
Freitag
El historiador
necesita fuentes, documentos, vestigios,
para hacer historia. De los comienzo de
la Iglesia primitiva, disponemos de documentos
del Imperio Romano pagano, por ejemplo,
un carteo entre el Trajano (89-117) y Plinio
el joven, su amigo, enviado como «legado
de las provincias del Ponto y Bitinia con
poderes consulares»; Plinio debía
explorar al sur del Mar Negro, para saber
qué estaba pasando allí con
los cristianos. Por la respuesta -un informe
estrictamente administrativo- se nos dice
que a una distancia de mil kilómetros
de Jerusalén, a dos mil cuatrocientos
de Roma, la comunidad cristiana en el año
112, es tan viva y pujante que provoca envidia
y denuncias y que «amenaza con derribar
las estructuras del Imperio...». Pero,
sobre todo, nos llegaron numerosos escritos
cristianos (aunque -según los estudiosos-
son muchos más los que se perdieron).
Por su contenido los hemos de clasificar:
predicación de la fe, exposición
de la Biblia, explicación de los
misterios salvíficos, exhortación
moral, delimitación frente al judaísmo,
al paganismo y la herejía, exposición
edificante y propagandística o apologética.
Por su forma
literaria, se destaca la carta, la circular,
el evangelio, el apocalipsis, la historia
de apóstoles, la homilía,
el comentario y el diálogo; algunas
confesiones de fe, textos litúrgicos,
actas y pasiones de mártires, dichos
(«apotegmas») y vidas de monjes,
actas y decisiones conciliares, etc. «Una
serie de autotestimonios -dice Brox- de
aquellas comunidades cristianas, muchos
de los cuales no entraron en el canon bíblico»,
y se conocen como apócrifos («ocultos»),
nacidos y leídos en comunidades o
grupos marginales. Especial mención
merecen los escritos de los apologistas
(«defensores») de mediados del
siglo II, destinados a los no cristianos
(paganos y judíos), que refutan los
errores y calumnias contra el cristianismo.
Pero, ¿todo
documento que cae en nuestras manos, tiene
el mismo valor?
Para legitimar
el poder temporal del Papado, fue redactado
- entre los siglos VIII y IX- una «donación
de Constantino» (313-337) al Papa Silvestre
(314-335), considerado genuino durante la
Edad Media, hasta que Lorenzo Valla, humanista
italiano, en 1440 probó que era espurio,
es decir inventado, «trucho».
Este tipo de hacer historia lleva al calificativo
de pragmática o ideológica,
porque no busca la verdad histórica
sino que intenta lograr objetivos propios,
o como decimos hoy: llevar las aguas a su
molino. Pero, además de poseer documentos,
se exige tener formación y conocimiento
técnico de esta disciplina: el historiador
tiene que saber «radiografiar»
un documento para establecer si lo que se
dice es verdad o no, si no fue interpolado
con segundas intenciones por «otro
autor».
Tratándose
de Historia de la Iglesia, además
de acreditar la formación técnica
exigida, ésta debe ir acompañada
de la formación filosófico-teológica
que le dan la comprensión de lo que
es la Iglesia.
La Iglesia, no
es invento de los hombres: su fundador es
Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que
la hizo jerárquica y sacramental,
y le prometió la asistencia del Espíritu
Santo hasta el final de los tiempos. Para
decirlo con las palabras de uno de nuestros
grandes maestros, Huber Jedin: el «comienzo
(de la Iglesia) no es la Encarnación
ni la elección o la misión
de los Apóstoles sino la venida del
Espíritu Santo sobre la Iglesia madre
de Jerusalén la mañana de
Pentecostés;... y cuyo término
será el segundo advenimiento de Cristo».
Nos interesará pues, conocer cómo
comenzaron las primitivas comunidades cristianas,
portadoras de la Buena Nueva y ejecutoras
del mandato misional que llegó a
lo largo de los siglos, hasta nosotros.
Hemos de descubrir el por qué de
los hechos... No basta contar cuentitos
del pasado... ¡la Historia la hace
el hombre en base a las ideas y convicciones
que tiene!
¿Por qué
somos cristianos? ¿Porqué se
persigue a la Iglesia de Jesucristo?
¿No deberia
callar la Iglesia para no crear problemas
al mundo? ¡Ustedes serán mis
testigos hasta el fin del mundo!
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