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Editorial
Evangelizas, ¿sigue siendo posible?

 

por María Inés Casalá

 

Pablo VI escribió, en 1975, Evangelii Nuntiandi fruto del sínodo de obispos para la evangelización (1974). En ese documento, se hacía tres preguntas que ya habían estado presentes en el sínodo:

  • ¿Qué eficacia tiene en nuestros días la energía escondida de la Buena Nueva, capaz de sacudir profundamente la conciencia del hombre?
  • ¿Hasta dónde y cómo, esta fuerza evangélica, puede transformar, verdaderamente, al hombre de hoy?
  • ¿Con qué métodos hay que proclamar el Evangelio para que su poder sea eficaz?

Más de treinta años después, estos interrogantes siguen siendo válidos y es necesario buscarles una respuesta dinámica que se vaya modificando de acuerdo con la realidad del hombre. Podemos encontrar respuestas, pero éstas no serán eternas. Algunas verdades son permanentes, pero lo que debe variar, son los métodos con los cuales se transmiten.

Evangelii Nuntiandi nos dice claramente que el modelo de evangelizador lo debemos buscar en Jesús: de Jesús evangelizador a la Iglesia evangelizadora. Un largo camino que todavía nos falta recorrer.

Jesús anunciaba su mensaje a hombres sin trabajo, a enfermos, ciegos, sordos, leprosos, paralíticos, despreciados, prostitutas, recaudadores de impuestos, pobres y oprimidos. También se dirigía a los ricos para transformar su corazón.

Era un mensaje de liberación. No ponía pesos y cargas en la espalda de los hombres.

Jesús decía tomen su cruz y síganme, porque él los ayudaba a cargarla. Él cargó las cruces de todos los hombres y sigue ayudándonos a llevar la nuestra.

Era un mensaje que sorprendía porque Jesús conocía el corazón y los deseos del otro y sabía que cuando le pedían que los curara, aunque ellos estuvieran pensando en su problema físico, su peor dolor era la carga que llevaban en su interior. Por eso, les decía, tus pecados te son perdonados y, luego, los hacía caminar.

Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados».

Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- levántate, toma tu camilla y vete a tu casa (Mt 9, 2. 6).

Era un mensaje paciente, que esperaba al otro, era una invitación, no una orden.

Jesús hablaba en parábolas, con palabras sencillas, desde la realidad del otro, para que fuera entendida, comprendida y llegara al corazón para ser hecha vida.

Era un mensaje que hablaba a los problemas concretos del hombre y los ubicaba en su justo lugar:

Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios (Mt 22, 21).

Era un mensaje de salvación. El mensaje fundamental era la promesa de la Vida eterna, la vida para siempre, el encuentro definitivo con Dios padre en dónde podrían ser verdaderamente felices y satisfacer sus necesidades.

Si el mensaje sigue siendo el mismo, si la Buena Noticia es actual, ¿por qué no es escuchada por el hombre de hoy? ¿Es hoy un mensaje de liberación, paciente, que invita y no impone, que habla a los problemas reales del hombre, encarnado, inculturado, de salvación? Sí, sin la menor duda.

Pero, muchos de los que pertenecemos a la Iglesia pareciera que no lo creemos realmente.

Lo sabemos, pero en la vida cotidiana no actuamos de acuerdo con él y colocamos grandes pesos sobre las espaldas de los otros, no los ayudamos y no anunciamos suficientemente la vida eterna que comienza en esta vida.

Siempre me llamó la atención un pequeño comentario de Pedro en el segundo capítulo de los Hechos cuando, después de recibir el Epíritu Santo, los apóstoles salen a anunciar a Jesús y, como cada uno los escuchaba hablar en una lengua diferente, los acusaban de haber bebido de más: «Estos hombres no están ebrios, como ustedes suponen, ya que no son más que las nueve de la mañana» (Hech 2, 15), dijo Pedro antes de comenzar su primer discurso. Si a mi me acusaran de algo similar, diría: «No estoy ebria porque no bebo o porque nunca me emboracho». Sería una respuesta pensada, evaluando las consecuencias de lo que digo.

Pedro hablaba desde el corazón, estaba convencido del mensaje que transmitía, no necesitaba fingir nada y, así como era, con sus virtudes y defectos, anunciaba la salvación. Quizás necesitemos más humildad y más cercanía con el otro, para poder anunciar el mensaje y que nos crean.

Jesús dijo vayan por el mundo y hagan que todos sean mis discípulos. Debemos, como Iglesia, salir, caminar entre la gente, ponernos a su paso, preguntarles qué les pasa, de qué van conversando. Debemos, en primer lugar, ser Iglesia, de verdad, unidos por el amor, sirviéndonos unos a otros. Cuando el mundo vea que nos amamos unos a otros, querrán saber qué pasa.

Tendremos que evangelizar a la Iglesia, la parroquia, la escuela, la familia, para que pueda ser una Iglesia Evangelizadora.

«Evangelizar significa, para la Iglesia, llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: He aquí que hago nuevas todas las cosas (cf. 2 Cor. 5, 17). Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay, en primer lugar, hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio. La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior» (Evangelii Nuntiandi Nº 18).

Jesús ya no está presente entre nosotros de la misma forma en que estuvo entre los aóstoles, pero él confió en nosotros para que llevemos adelante su plan. No le fallemos.

 

 

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