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El cuento en la Catequesis
Jamás una alegría
por María
Inés Casalá
Vicente, cuando iba al colegio, se destacaba por sus cualidades como alumno y como buen compañero. Siempre atento, prolijo y con todos los elementos necesarios para realizar correctamente sus tareas. Y también, dispuesto a prestar, a compartir.
Si algo le faltaba, presuroso se lo solicitaba a sus padres quienes hacían los esfuerzos que fueran necesarios para procurarle lo que necesitaba.
Sin embargo, a pesar de todo esto, Vicente no era un niño feliz. Siempre sentía que algo le faltaba para poder disfutar a pleno lo que era y lo que tenía.
Cuando parecía que las cosas estaban perfectas, alguna nube negra, de esas que auguran tormentas ensombrecía el panorama: por ejemplo, un compañero a quien le habían regalado algo mejor, otro a quien los demás admiraban por algún motivo o, incluso, un aviso de la televisión ofreciendo algo que él, aún, no poseía.
Pasó el tiempo y las cosas no cambiaron demasiado para Vi-cente. En realidad, cambiaron en dimensión. Fue un joven aplicado y estudioso, con muchos amigos y amigas, una buena novia y exitoso en los deportes y en el trabajo. Pero también se acrecentó su codicia por lo que le faltaba o creía que le faltaba.
Por eso, Vicente no pudo ser un joven feliz. Y pasó su juventud deseando aquello que no pudo conseguir; un auto mejor, algún viaje más extenso, otra oportunidad para progresar…
Al llegar a la adultez su codicia se había convertido, también, en una codicia adulta. Eso lo convirtió en un hombre amargo y angustiado, de rostro adusto y ceño fruncido.
Seguía teniendo lo que quería y acopiando bienes de todo tipo pero, al mismo tiempo, ansiando cada vez más y muy preocupado por cuidar lo que había logrado conseguir hasta ese momento.
Vicente no fue un hombre feliz.
Y pasó su vida queriendo aquello que no tuvo.
Anciano ya, no sólo envidiaba los bienes ajenos sino que empezó a envidiar los bienes propios que él mismo había tenido; la fuerza, el vigor, la alegría, el entusiasmo, la creatividad.
Vicente no supo ser un viejito feliz y pasó los últimos años de su vida añorando imposibles.
Vicente, no fue feliz y en su infelicidad, codició tener el cielo, pero ya era tarde.
(Cuento publicado en el libro Cuentos rápidos para trabajar con valores 2, Ed. San Pablo)
Para reflexionar
el cuento
• Leer el relato y escribir nuestra historia personal haciendo hincapié en aquello que nos hizo o hace felices y en lo que aspiramos o deseamos.
• Para pensar en forma individual: ¿Tenemos similitudes con Vicente? ¿Qué cosas nos satisfacen? Entre las cosas que deseamos, ¿cuáles son necesarias y cuáles no?
• Compartimos en pequeños grupos lo que reflexionamos en forma personal.
• Comentamos entre todos: ¿Es lo mismo desear que codiciar? ¿Por qué? ¿Cuáles son las diferencias entre uno y otro concepto? ¿A dónde nos conduce el «desear» y el «codiciar»?
• Leemos: Mt 7, 7-12
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