Señor de la Vida y la Esperanza,
hace tiempo nos llamaste
mirándonos a los ojos
y hablándonos al corazón
para repetir, como ayer con Pedro,
Andrés, Mateo, Marta y María,
María Magdalena, Pablo … y tantos más
hasta nuestros días,
esa palabra que se transforma,
al abrazar tu llamado,
en el pozo de agua viva
donde siempre podemos refrescar
nuestra vocación
y alimentar nuestra misión.
“Sígueme” nos dijiste,
llamándonos por nuestro nombre
y con-cediéndonos el don
de hablar en tu Nombre,
para despertar en los otros
lo que Tú, Señor, avivas
cada mañana de nuestra vida,
tu Presencia, Jesús,
caricia, fuerza, impulso, fuego,
que anima, ilumina y da sentido
para vivir con alegría y para los demás.
“Sígueme” nos dijiste,
llamándonos por un nuevo nombre:
“Catequista”,
mientras, tal vez sin darnos cuenta,
ponías tu mano en nuestra boca,
signo de nuestra vocación naciente,
ser portavoces de tu Palabra,
eco de tus Enseñanzas,
testigos de tu Proyecto,
servidores de la Vida,
vasijas frágiles para la fuerza de tu Mensaje.
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“Sígueme” nos dijiste,
abriendo ante nosotros un horizonte
e invitándonos a hacer camino,
descubriendo la espiritualidad del peregrino,
la riqueza de andar “ligero de equipaje”,
la libertad de seguirte “a la intemperie”,
la gratuidad de encontrarte “en la periferia”,
la alegría de reaprender a “sorprenderse”
para volver al espíritu de niños
que conduce al Reino.
“Sígueme” nos dijiste,
invitando a la vida de discípulas y discípulos.
Queremos responderte, Señor,
cada mañana de nuestra vida,
con las palabras del salmista,
“baqueano” de los senderos de Dios,
para hacer nuestra su experiencia,
abrir los oídos del corazón,
y encarnar en él tus enseñanzas:
“Tu Palabra es
antorcha de mis pasos
y luz de mi camino”.
Queremos ser Padre Bueno,
Catequistas Discípulas y Discípulos de Jesús,
¡que tu Espíritu nos guíe en el camino!
Marcelo
A. Murúa
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