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El cuento en la Catequesis
Ladrón de tiempo
por María
Inés Casalá
El quiosco de la esquina de la facultad era su parada habitual.
Compraba una botella de cerveza bien helada y la iba consumiendo lentamente. Le hubiera gustado tomar más, y en menos tiempo, pero el dinero diario con que contaba no le permitía darse ese gusto.
De todos modos, como se había hecho amigo de los muchachos que atendían el quiosco, entre vaso y vaso le permitían guardar la botella abierta en la heladera.
Así pasaba un par de horas desde que llegaba de su trabajo hasta el momento en que comenzaba la clase. O un poco más, porque Franco no era de los puntuales.
Y menos de los que tenían asistencia perfecta.
Tampoco era muy dedicado en su trabajo. Lo habían tomado como cadete en un estudio de abogados y pasaba muchísimo tiempo en la calle haciendo trámites.
Aprovechaba la situación para demorar, hacer tiempo y poner decenas de excusas para justificar su poca eficacia en las tareas que le encomendaban.
Nada de esto era nuevo en la vida de Franco ya que durante todos sus estudios secundarios había acumulado experiencia en lo que respecta a zafar de sus responsabilidades, utilizar al máximo las inasistencias y aprobar las materias con trabajos prácticos prestados por su compañeros y el uso de múltilples machetes en los exámenes.
A pesar de esta descripción desfavorable de las costumbres de Franco, sus actitudes y su simpatía natural le habían permitido tener muchos amigos. Lo que le reprochaban, eso sí, es que les robaba mucho tiempo.
Franco no tenía consideración alguna por el tiempo que le robaba a quienes debían dedicar horas a hacerle los trabajos prácticos, a los que tenían que hacerse un momento para atenderlo en su casa cuando aparecía de visita entre trámite y trámite y a quienes los detenía con conversaciones intrascendentes en el quiosco. Cuando podían, lo comentaban entre ellos.
Muchos decían preferir que les robaran dinero y no tiempo, pero jamás lo habían notado de manera tan evidente; ver a Franco era darse cuenta que peligraba algo difícil de medir pero muy valioso.
Y nadie podía hacer la denuncia. Ese delito no está tipificado. Los que roban el tiempo de los demás, los que roban la paz del hogar, los que roban las ideas, los que roban la esperanza y tantos que quitan lo ajeno en todos los órdenes y sin escrúpulos, son delincuentes para los que no hay castigo. Salvo que, alguna vez, tomen conciencia de lo que hacen y comprendan que, robar, no es sólo quedarse con cosas materiales de los demás.
(Cuento publicado en el libro Cuentos con Valores 3, Ed. San Pablo)
Para reflexionar
el cuento
• El comienzo de año es un buen momento para planificar, para decidir en qué vamos a invertir nuestro tiempo y cómo. Este relato nos permite reflexionar acerca de lo que hacemos, la responsabilidad en el trabajo y en el estudio, la relación con los otros...
• En la actualidad se está muy pendiente de la seguridad y de ser asaltado. Sin embargo, hay muchas formas de quitarle algo al otro.
¿Qué es para nosotros robar?
¿Sentimos que «robamos» a alguien? ¿Qué?
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