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Espiritualidad del Catequista
El catequista, sembrador del Evangelio
por Marcelo
A. Murúa
Queridos amigos y amigas Catequistas,
Durante este año 2007 quisiera ofrecer, desde la sección “Espiritualidad del Catequista”, una serie de cuentos de diversos autores seleccionados para ayudarnos a meditar, dialogar y orar nuestra vocación de catequistas.
Cada uno de los cuentos estará relacionado con alguna actitud, característica o desafío de la persona del catequista y su misión.
Confío que esta propuesta les pueda ser útil para su crecimiento personal y que pueda motivar un espacio de reflexión-meditación en las reuniones de catequistas de sus parroquias, comunidades y colegios.
¡Unidos en el amor y el servicio a la Palabra!
Marcelo A. Murúa
mmurua@buenasnuevas.com
El catequista, sembrador del Evangelio
La figura del sembrador y las comparaciones relacionadas con la siembra y la cosecha fueron muy utilizadas por Jesús para explicar su misión y también su propia persona.
A semejanza del Maestro, el catequista es una persona que siembra, el Evangelio y sus valores, en el corazón de sus catequizandos.
Compartimos este cuento de Mamerto Menapace que nos puede ayudar a pensar nuestra vocación de catequistas para el año que se inicia.
Cuento “La quemazón y las semillas”
De Mamerto Menapace, publicado en La sal de la tierra, Ed. Patria Grande.
No te dejes vencer por el yuyal. Al contrario, vence al yuyo por medio del trigal (cf. Rom 12, 21).
La vida es en gran parte posibilidad y disponibilidad, igual que la tierra. Es fértil. Pero no sólo es fértil; tiene también una historia. Y esa historia ha dejado en ella semillas que estarán siempre al acecho de la oportunidad que les permita brotar. Toda tierra fértil contiene en su humus semillas de yuyos que duermen en espera de que ella sea removida por el cultivo. No es culpa de la tierra: es consecuencia de su historia. Es el riesgo de ser fértil y estar en disponibilidad.
Ese grupo de hombres se había encariñado con la tierra descubierta. Y a través de su cariño comenzó a sensibilizarse por el dolor de su tierra cubierta por el pajonal. Tal vez ni siquiera supieran gran cosa del paso por ella de los ladrilleros, ni de los especialistas en su fauna y en su flora. Lo que vieron fue cómo los pastitos pequeños morían ahogados por las grandes matas de yuyos que acaparaban la fertilidad que la tierra destinaba para todos. A medida que se internaron en el yuyal vieron también que la luz no llegaba a los pastos pequeños, porque al extender los grandes sus ramajes acaparaban lo que el sol derramaba para todos sobre la tierra.
Y ese grupo de hombres con cariño por la tierra, tuvo así la experiencia de la opresión, del abuso, de lo que no debía ser. Junto a su sentimiento de amor y de cariño por la tierra, sintieron también otro sentimiento, mezcla de rabia y de impotencia.
Por eso se alegraron cuando vieron incendiarse el pajonal. Y ellos mismos ayudaron a desparramar el fuego, ayudados por el viento de Dios que siempre sopla sobre la tierra en caos. Y a la luz del incendio vieron derrumbarse los viejos matorrales y aparecer de nuevo el rostro de la tierra, que es rostro de fiesta y de esperanza.
Pero ¿estaba con eso la tierra liberada? No. Absolutamente no.
Simplemente estaba de nuevo la tierra disponible. Disponible para la siembra y también disponible para el rebrote de todas esas semillas del viejo yuyal.
Hasta aquí, en cierta manera, nada había habido de específico en el actuar de aquellos hombres. Habían colaborado en un proceso que volvía a poner la tierra en disponibilidad. Habían sido simples compañeros de otras fuerzas que actuaban de acuerdo con el antiguo yuyal instalado. Pero al llegar a este momento comenzaron a darse cuenta de que su misión se diversificaba. De que su misión con respecto a esa tierra concreta, disponible para futuros proyectos, era distinta de la de los elementos que hasta allí habían sido sus colaboradores: el viento, el fuego, la luz. Ahora su tierra comenzaba a crear nuevas estructuras. Y en la exigencia concreta del futuro, la tierra tenía derecho a exigir de ellos algo específico. Comenzaba para ellos su auténtica misión: la de sembradores. Eran los hombres de la semilla. De una realidad pequeña pero poderosa y portadora de una vida nueva.
De una vida y de una realidad que la tierra nunca podría producir por sí misma. De algo que tiene que venir de afuera. La realidad de la que estos hombres eran portadores, no pertenecía a la vieja historia de esa tierra. La realidad del trigal, tenía para ella mucho de irrupción, de desembarco. Y sin embargo, desde siempre había estado abierta a la posibilidad del trigal. En lo profundo de su posibilidad, junto a las viejas semillas del yuyal, dormía la esperanza del trigal.
Se hacía urgente para aquellos hombres dedicar todo su esfuerzo concentrándose en la siembra. Ya no se trataba de luchar contra el viejo yuyal, batido en retirada. Había que medirse con el yuyal nuevo que rebrotaba de la vieja historia de la tierra. El viejo egoísmo acaparador, la antigua violencia prepotente, el abuso de usar para sí lo que estaba destinado para todos. Todas estas realidades volvían a subir desde la tierra trepando por los tallos jóvenes del nuevo yuyal.
Luchando contra ello directamente, nada se lograría para la tierra y todo gesto de esos hombres estaría vacío de contenido auténtico.
Sólo se regresaría indefinidamente al mismo punto de partida, dejando a la tierra en disponibilidad para las viejas semillas del yuyal, cuando a los hombres los venciera finalmente el cansancio.
Por eso estos hombres se internaron con cariño en aquella tierra abierta y disponible, sembrándola con la semilla de Dios. Con la semilla del amor, del desinterés, del olvido de sí mismo, entregando a los demás por renuncia hasta eso mismo que estaba destinado para ellos. Porque también ellos tenían un proyecto bien lúcido para la tierra en liberación: su proyecto era llevarla a trigal. Trigal que es tierra liberada. Tierra en la que se ha liberado su capacidad de pan, para ser partido en cada mesa.
Conozco trozos de tierra humilde, donde el yuyal ha sido vencido por el trigal. Son los manchones de tierra liberada por la siembra, que alimentan a nuestra patria.
Elija una sola estrella
quien quiera ser sembrador.
Para reflexionar el cuento en forma personal y comunitaria
Preguntas para pensar en el cuento:
- ¿De qué nos habla el autor en el cuento? ¿Qué describe?
- ¿Qué posibilidades y disponibilidades encierra la tierra?
- ¿Cuál es la acción que realizan los hombres al principio del relato? ¿Qué realizan luego? ¿Qué consecuencias tiene cada trabajo sobre la tierra?
- ¿Cómo caracteriza la acción del yuyal sobre la tierra y los brotes nuevos?
- ¿Qué actitudes son necesarias para la siembra?
Preguntas para pensar en la misión del Catequista:
- La tierra, como cada persona, encierra posibilidades enormes, ¿qué hace falta para despertar y hacer crecer las posibilidades, dones, talentos que cada persona tiene?
- ¿Cómo caracterizarías a un buen sembrador=un buen catequista? ¿Qué actitudes personales favorecen la siembra de valores en las personas?
- Observa los cuidados que el sembrador debe realizar para que los yuyos no ahoguen los brotes del trigal en el relato. Repasa las características del yuyal y relaciona esas características con los valores que promueve la sociedad actual, y su dios el mercado (acaparar, vivir para uno, no compartir…) ¿Cómo promover los valores del evangelio en nuestros días?
- Al final del relato el autor sugiere que un buen sembrador debe concentrarse en algo específico, ¿cuál puede ser la siembra que de sentido a tu vida?
- ¿Qué aprendes del cuento para tu vida? ¿Cómo puedes aplicar el mensaje del cuento?
Oración para rezar nuestra vocación de Catequistas:
Danos Señor
la entrega sencilla
y el testimonio auténtico
para que sean las herramientas
con las que sembremos
los valores del Evangelio.
Mucha vida
y menos palabras,
para llegar al corazón
y no quedarse en la superficie.
Como los has hecho Tú,
que esparciste la semilla
con la entrega de tu vida
y fecundaste la tierra entera
con levadura de esperanza.
- Que así sea, Señor -
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