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Espiritualidad del Catequista
Cuentos para reflexionar nuestra vocación de catequistas
por Marcelo
A. Murúa
Queridos amigos y amigas Catequistas,
Durante este año 2007 quisiera ofrecer, desde la sección “Espiritualidad del Catequista”, una serie de cuentos de diversos autores seleccionados para ayudarnos a meditar, dialogar y orar nuestra vocación de catequistas.
Cada uno de los cuentos estará relacionado con alguna actitud, característica o desafío de la persona del catequista y su misión.
Confío que esta propuesta les pueda ser útil para su crecimiento personal y que pueda motivar un espacio de reflexión-meditación en las reuniones de catequistas de sus parroquias, comunidades y colegios.
¡Unidos en el amor y el servicio a la Palabra!
Marcelo A. Murúa
mmurua@buenasnuevas.com
La fuerza que viene de Dios, sostén de la vocación y de la comunidad
¡Cuántas veces en la misión catequística experimentamos el límite de nuestras propias fuerzas!
Ya sea por situaciones personales, comunitarias, sociales, o por los mismos desafíos de nuestra tarea, a lo largo de nuestra vida de catequista nos encontramos cansados, con dudas, faltos de esperanza, “gastados”.
Son momentos de desaliento donde descubrimos lo escaso de nuestras fuerzas y reconocemos nuestra debilidad.
¡Qué importante para un catequista vivir estos momentos! Y vivirlos desde una fe sencilla y frágil, en actitud de “sedienta” búsqueda para poder “llenarnos” de aquello que luego, entregamos con humildad a los demás: experiencia de Dios y encuentro personal e íntimo con El.
La experiencia de vacío y debilidad, asumida desde la fe, abre paso a “llenarse” de la fuerza de Dios, que necesitamos para vivir nuestra vocación-misión.
Cuento “La debilidad y la fuerza”
De Mamerto Menapace, publicado en Madera Verde, Ed. Patria Grande.
Una cosa es ser débiles, y otra no tener fuerzas. La vida nos va poniendo frente a situaciones que no esperábamos. El cansancio nos va entrando hasta muy hondo, a veces. Puede ser por culpa de las cosas inesperadas que continuamente nos sorprenden; o puede ser por lo cotidiano y constante que sabemos nos va a venir.
Y entonces nos sentimos débiles. Y precisamente entonces los demás empiezan a acudir a nosotros. Y no es porque los demás no se den cuenta de que también nosotros somos débiles. Al contrario. Pareciera justamente que porque nos sienten débiles, por eso vienen a nosotros. Y son los débiles los que vienen. Aquellos a los que les duele lo mismo que nos duele a nosotros. Vienen para pedirnos fuerzas, ánimo para seguir, sentido para entender su fracaso o su sufrimiento. Algo, en fin, que a ellos les parece que en nosotros nos ayuda a superar tan fácilmente, lo que a ellos los atora y desanima.
Nos damos cuenta de que la respuesta que buscan es la misma que estamos buscando. Lo que a ellos les duele, también nos duele; y en nosotros mismos.
Y allí nos sentimos profundamente necesitados de fuerza. Diría que hasta biológicamente nos sentimos débiles. Y a nuestra vez se nos presenta la necesidad de acudir a quien nos puede dar la fuerza necesaria, para nosotros y para los demás.
Si sólo creemos en los hombres, acudiremos a otro hombre y prolongaremos hasta el infinito ese pasaje de verdades prestadas, del que pide al que tiene que pedir. Podemos así construir una comunidad humana, de hombres débiles pero solidarios que nos prestamos mutuamente una fuerza de las que todos individualmente carecemos.
Y de repente, todo se puede derrumbar. Tendremos la triste experiencia de habernos estado transmitiendo un cheque sin fondo. Las fuerzas que nos íbamos transmitiendo carecían de respaldo. La cadena de eslabones unidos no estaba agarrada a nada. Todo el proceso que nosotros creíamos constructor de la comunidad era un tremendo embuste, porque estaba basado en una verdad sin fundamento. En una ideología, tal vez. No estábamos prestando un gesto muy coherente, pero vacío de contenido.
No podemos hacer – ni dejar que los otros hagan – un acto de fe ciega e infantil en un último e hipotético eslabón humano que creemos agarrado a lo firme. Porque ese eslabón también participa de nuestra misma debilidad y puede ser que no resista el peso en cadena de los demás.
Te invito a que juntos pensemos dos cosas:
Primero, que no tiene sentido luchar por la construcción de una comunidad si no tenemos fe en la fuerza de Dios, y en la seguridad de que El tiene ganas de darnos esa fuerza necesaria que viene de El.
Segundo: que a la vez que brindamos esa fuerza que no es nuestra porque la recibimos a través del hermano, no dejemos de buscarla directamente por nuestra cuenta en Dios. Si hacemos este doble esfuerzo recibiendo y a la vez buscando, estaremos unidos a los hermanos y a la vez agarrados a Dios que es el origen verdadero de toda la fuerza. Cada uno brindará a la comunidad la fuerza de la fuerza que le viene de Dios, y la que reciben del hermano. Cada uno se convertirá en minero de la fuerza de Dios, y no en un mero transmisor. Habrá así un aporte valioso, personal. Habrá algo de Dios a través suyo. Creo que cada uno tendría que extraer de Dios el doble de la fuerza que consume, a fin de que el sobrante pase a ser un bien de la comunidad.
De esta manera, siendo débiles, llegaremos a tener fuerza para nosotros mismos y para la comunidad de los hombres en la que cada uno tendrá su riqueza personal para comunicar. Como sucede con las brasas de la hoguera, donde cada uno aporta su calor personal y propio, a la vez que es sostenida e incentivada por el calor del fuego de las demás.
Para reflexionar el cuento en forma personal y comunitaria
Preguntas para pensar en el cuento:
- ¿De qué nos habla el relato?
- ¿Qué experiencia humana profunda comenta y comparte el autor?
- ¿Qué debilidad compartimos las personas en el camino de nuestra vida?
- ¿Adónde buscamos, frecuentemente, la fuerza para superarla?
- ¿Adónde propone él que la busquemos?
- ¿Cuál es la comparación que propone al final del texto? ¿Qué significa ser “minero” de la fuerza de Dios?
Preguntas para pensar en la misión del Catequista:
El cuento nos invita a reflexionar sobre la fuerza que viene de Dios, sostén de la vida personal y comunitaria.
¿Experimentamos en nuestra vida la debilidad que describe el autor?
¿En dónde buscamos la fuerza para seguir adelante?
¿Adónde está “anclada” nuestra familia, comunidad... nuestra propia persona, nuestra vocación de catequistas...?
Compartir el texto de san Pablo, 2 Cor, 12, 9-10 y comentar qué relación tiene con el relato que compartimos.
Comparar la imagen del “minero” de la fuerza de Dios con la vocación y misión de un agente de pastoral, ¿en qué ilumina nuestro caminar esa propuesta? ¿cómo llevarla a la vida concreta?
¿Qué aprendes del cuento para tu vocación y misión de catequista?
Oración para rezar nuestra vocación de Catequistas:
En nuestra debilidad
encontramos tu fuerza
Señor,
el caminar de la vida
nos va mostrando
que somos débiles
y va desnudando
nuestras limitaciones.
Ante el espejo de nuestra persona
nos descubrimos
pobres y necesitados...
nos falta la fuerza
que la rutina y los problemas
van mellando y erosionando
lenta y continuamente.
¿Adónde abrevar agua fresca
que reponga nuestras fuerzas?
¿Adónde asir nuestra mano
para sentirnos firmes?
¿Adónde encontrar el ánimo
que nuestro espíritu?
En nuestra debilidad
encontramos tu fuerza,
Señor de la Vida.
Tú nos enseñas
que reconocernos débiles
es camino de encuentro
con la fuerza que viene de Dios.
Sólo cuando nos vacíamos
y despojamos,
cuando sentimos el vacío
y tomamos conciencia de nuestro límite,
el Dios Bueno y Generoso
nos sostiene, alimenta,
anima y renueva nuestras fuerzas.
Que nuestra vida esté unida a Tí,
que te busquemos con ansías
y sin descanso,
que nuestros ojos busquen tu mirada,
y nuestras manos se estiren
para alcanzar tu apoyo,
que tu Espíritu, Señor,
nos de el coraje y la valentía,
para seguir andando,
y sobre todo,
para compartir con los demás,
compañeros del camino,
la fuerza que abrevamos en Tí.
Unidos por una mano a Tí,
buscando tu fuerza
a través de la oración,
la Palabra,
y la escucha atenta...
unidos por la otra mano
a los demás,
compartiendo y convidando
la fuerza que nos alimenta,
tu presencia viva entre nosotros,
caminando siempre a nuestro lado,
sosteniendo nuestros esfuerzos
y guiando nuestros pasos.
En nuestra debilidad
asumida y presentada
como ofrenda ante tus manos,
está nuestra fuerza, Señor,
que en realidad es tu fuerza
que encontramos
al unir nuestras vidas
a tu Proyecto.
- Que así sea -
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