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Catequistas, profetas de esperanza en tiempos de crisis (II)

por Marcelo A. Murúa

En el número anterior de Diálogo comentamos el Encuentro con docentes sobre el tema de la esperanza que compartimos el pasado mes de febrero en la Arquidiócesis de Rosario. En este número compartimos los materiales que trabajamos en ese encuentro. El cuento de Mamerto ilumina de una manera nueva el significado de la esperanza y la oración de Monseñor Romero es una preciosa reflexión que nos descubre un sentido muy esperanzador de nuestra tarea pastoral.

"La esperanza" por Mamerto Menapace

La desesperación no es un camino sin salida. El camino sin salida es el del desanimado. El de aquél que ha perdido el coraje de seguir peleando porque la experiencia le ha lastimado la esperanza.

El desanimado ha perdido el sentido de la lucha. Tal vez peor: la fuerza para luchar. Es entonces cuando es necesario hacerlo crecer hasta la desesperación, suscitándole la bronca. La bronca sembrada sobre el desánimo hace nacer la desesperación.

Y la desesperación superada, eso es la esperanza.

Por eso me parece imposible suscitar la esperanza en un desanimado a través de la compasión. Un desanimado no necesita de la lástima. La lástima es el responso sobre el desanimado. Al desanimado hay que llevarlo a la bronca, a fin de que sacudido en su vergüenza asuma la desesperación y la supere. Allí, reconquistado el valor fundamental de su vida, emprenderá la lucha. Lucha que no pondrá sus garantías en las fuerzas personales, ni en las dotes de su naturaleza. Porque de ellas se tiene la experiencia de su fragilidad. Hasta cierto punto, sobre ellas el desánimo ha hecho la amputación de su capacidad de ser garantías.

La garantía se pone sobre algo mucho más profundo y más inagarrable. Sobre algo mucho más nuestro, en definitiva. Sobre el misterio de nuestra propia vida. Mi vida tiene un sentido. El vivirlo es lo que me permitirá ser. Esa convicción profunda es un acto profundo de fe en sí mismo. O mejor: en algo que llevamos por dentro y que nos puso en camino. Creer en mi vida tiene un misterio que puede ser cumplido. Saber que eso existe y que aunque no lo veo es lo único que da apoyo real a mi vida y a mis opciones, es algo que me hace superar la desesperación.

Pero insisto. Sólo la bronca puede llegar a hacernos crecer hasta la desesperación. Esa actitud profundamente humana, que no nos deja admitir que nuestra vida carezca de sentido. Y es la fuerza que el desanimado necesita para no dejarse estar. La desesperación no es la desesperanza. La desesperanza es carecer de esperanza, es la situación de no tener ya esperanza. Mientras que la desesperación es la situación de no tener aún esperanza, y por lo tanto la urgencia tenaz por conquistarla.

En la práctica, pienso que hay situaciones en las que sólo nos queda una actitud humana razonable:sembrar con fe en el surco del amor para que poco a poco vaya creciendo la esperanza.

Para reflexionar

  • ¿Qué diferencias señala Mamerto entre desesperación y desesperanza?
  • ¿Cómo presenta la esperanza?
  • ¿Puedes relacionar el mensaje de este texto con la situación que vive nuestro país?
  • Piensa la última frase para aplicarla a la tarea catequística, ¿de qué manera podemos colaborar para hacer crecer la esperanza en nuestras comunidades?

De vez en cuando, dar un paso atrás nos ayuda

A tomar una perspectiva mejor.
El Reino no sólo está más allá de nuestros esfuerzos,
sino incluso más allá de nuestra visión.

Esto es lo que intentamos hacer:
Plantamos semillas que un día crecerán.
Regamos semillas ya plantadas
sabiendo que son promesas de futuro.

Sentamos bases que necesitarán mayor desarrollo.
Los efectos de la levadura que proporcionamos
van más allá de nuestras posibilidades.

No podemos hacerlo todo y,
al darnos cuenta de ello, sentimos una cierta liberación.
Ella nos capacita a hacer algo.
Y a hacerlo muy bien.
Puede que sea incompleto, pero es un principio.
Un paso en el camino.
Una ocasión para que entre la gracia del Señor,
y haga el resto.
Es posible que no veamos nunca los resultados finales.
Pero esa es la diferencia entre el jefe de obras y el albañil.

Somos albañiles, no jefes de obra.
Ministros, no mesías.
Somos profetas de un futuro que no es nuestro.

Monseñor Oscar Romero


Para reflexionar

  • ¿Qué transmiten estas palabras de Mons. Oscar Romero?
  • ¿Lo puedes relacionar con la tarea catequística?
  • ¿Por qué los catequistas podemos ser profetas de esperanza?


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