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En cierta
ocasión, un grupo de consejeros
recomendó al Papa que desterrara
de Roma a los judíos, debido
que éstos vivían ricamente
en el corazón mismo del mundo
cristiano. En los días siguientes
y por oden del pontífice se
redactó y promulgó un
edicto de expulsión que consternó
a la comunidad hebrea de Roma la cual,
sin pérdida de tiempo, decidió
hablar con el Papa y pedirle que revocara
su decisión.
Mas como
el pontífice de entonces era
un hombre ecuánime, escuchó
los alegatos de los judíos
y accedió a eliminar el edicto,
eso sí, con una condición:
que un representante elegido por la
congregación lo derrotase en
un debate público sobre el
tema.
Los judíos
se reunieron a considerar la propuesta
papal y decidieron aceptarla. El problema
se presentó al momento de seleccionar
al encargado de debatir con el Papa,
pues nadie quería cargar sobre
sus hombros tan enorme responsabilidad.
Cuando
el portero de la sinagoga se enteró
de esto, se presentó como voluntario
ante el rabino. El hecho escandalizó
a la comunidad pero, a falta de otra
persona, el rabino aceptó la
oferta del portero.
El día
del debate, el Papa se sentó
en un trono en la plaza de San Pedro,
rodeado de sus cardenales y de un
gran número de obispos, sacerdotes
y fieles, en tanto el portero de la
sinagoga se presentó con una
comitiva de delegados judíos.
Cuando
estuvieron frente a frente, el Papa
inició el debate alzando solemnemente
su índice hacia el cielo y
trazando a continuación un
arco en el aire. De inmediato, el
portero señaló con énfasis
hacia el suelo lo cual desconcertó
al pontífice.
El Papa
se recuperó rápidamente
y alzó de nuevo el mismo dedo,
colocándolo y manteniéndolo
ante el rostro del portero. Este no
se amilanó y levantó
tres dedos, que también sostuvo
con firmeza delante de Su Santidad.
A continuación, el Papa introdujo
una mano entre sus ropas y sacó
de ellas una manzana.
El portero
por su parte metió una de sus
manos en una bolsa de tela que le
colgaba de la cintura y extrajo de
ella una delgada torta de pan. El
Papa entonces abrió los ojos
desmesuradamente y exclamó
en voz alta:
-¡El
representante judío ha ganado
el debate! ¡Por lo tanto, queda
revocado el edicto!
Los delegados
hebreos rodearon al portero y abandonaron
instantáneamente la plaza de
San Pedro, en tanto los cardenales
se apiñaron alrededor del Papa
y preguntaron atónitos:
-¿Qué
ha pasado, Santidad? El debate fue
tan rápido que no pudimos seguirlo.
-Ese hombre
es un teólogo brillante y un
verdadero maestro del debate -afirmó
el Papa cpn admiración.
Después
explicó cómo se desarrolló
el enfrentamiento.
-Yo señalé
con mi dedo la bóveda celeste,
para dar a entender que el universo
entero pertenece a Dios y él
señaló hacia abajo,
recordando que también existe
un lugar llamado "Infierno", donde
el demonio es el único soberano.
-¿Y
luego? -preguntó uno de los
cardenales.
-Luego
alcé otra vez el dedo y lo
puse frente a su rostro para indicarle
que Dios es uno y, cuál no
sería mi sorpresa, cuando él
me mostró tres dedos, señalando
que ese Dios único se manifiesta
por igual en tres personas, con lo
cual suscribió nuestra propia
doctrina sobre la Trinidad.
Un murmullo
se alzó del grupo que acompañaba
al Papa. Cuando se apagó, el
pontífice prosiguió
su relato.
-Sabiendo
que no podía vencer a ese genio
de la teología, desvié
el debate hacia otro terreno y saqué
una manzana, para darle a entender
que según los últimos
descubrimientos la Tierra es redonda,
pero él no demoró en
sacar de su bolsa una torta de pan
ázimo para recordarme que de
acuerdo con La Biblia, la tierra es
plana. Así que no pude hacer
otra cosa sino reconocer su victoria.
Justo cuando
el Papa concluía su relato,
los judíos arribaron a la sinagoga
y, perplejos, interrogaron al portero
que se hallaba indignado.
-Todo ha
sido una gran tontería -dijo-:
primero el Papa hizo un gesto con
el dedo para indicar que los judíos
teníamos que salir de Roma,
de modo que yo señalé
hacia abajo para darle a entender
que no pensábamos movernos.
Después me apuntó amenazadoramente
con el mismo dedo diciéndome
"¡no seas atrevido" y yo le contesté
con tres dedos que él era tres
veces más atrevido que yo,
al ordenar que saliéramos de
Roma.
El portero
tomó aire antes de continuar
y concluyó diciendo:
-Por último,
cuando vi que él decidió
no seguir el debate y sacó
su almuerzo, yo también saqué
el mío.
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