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En familia
por María
Inés Casalá
Muchas veces,
nuestra familia no se asemeja al Reino de
Dios. Solemos ser egoístas y cada
uno se preocupa únicamente por sus
cosas. Creemos que, para una buena convivencia,
es suficiente con no molestar a los demás.
Nos olvidamos de que no sólo debemos
evitar hacer el mal, sino que también
debemos tratar especialmente de hacer el
bien. Pareciera que no tenemos en cuenta
que el amor, va más allá de
un simple no hacer nada malo, sino que debe
buscar beneficiar al ser amado.
¿Qué
es lo que puedo hacer en mi familia para
que se parezca cada día más
al Reino de Dios? ¿Cómo puedo
ser "facilitador" de paz, de comunicación,
de entrega, de ayuda en mi familia?
No creo en las
respuestas hechas, ni en recetas. No creo
que se puedan dar muchas indicaciones, pero
podemos intentar realizar una reflexión
juntos.
No es fácil
dejar de lado lo que nos gusta, o lo que
tenemos ganas de hacer en el momento que
tenemos ganas de hacerlo. Sin embargo, cuando
vivimos en familia, debemos aprender a pensar
en términos de "nosotros". Buscar
un equilibrio entre lo que cada uno quiere
hacer y lo que es bueno para la familia.
Pensar permanentemente en qué podemos
hacer para el bien del otro. El Reino de
Dios es un reino de unidad, pero que, al
mismo tiempo, permite a las personas desarrollarse
y ser lo que Dios pensó para ellas
desarrollando todas sus capacidades en distintas
actividades.
Puede ser que
la forma de ayudar o de compartir sea interesarse
los unos por lo que hacen los otros. Los
padres por los hijos y viceversa.
Trabajar para
la construcción del Reino de Dios
en nuestra familia es comenzar a hacerlo
realidad en la sociedad. Cada familia puede
ser semilla, ejemplo y signo de esperanza
de que es posible un mundo distinto.
En ocasiones,
como padres, no tenemos paciencia con nuestros
hijos. Queremos que obedezcan rápidamente,
que no nos cuestionen, que sean como nosotros
y cumplan nuestros sueños.
Hay veces en
que, como hijos, creemos que todas las responsabilidades
de la familia deben caer sobre nuestros
padres. «Mi familia es un desastre,
porque mi papá o mi mamá...»
(No podemos dejar de decir que hay situaciones
en que es cierto.) Pero nos olvidamos de
que la familia la construimos todos: los
padres y los hijos.
Es común
que nos neguemos a comunicarnos, a contarnos
qué nos pasa. Puede ocurrir, también,
que nos metamos en la vida del otro más
de lo que debemos y no respetemos su interioridad.
Hace algunos
años, en un curso, escuché
que decían que cada uno de nosotros,
aislado del resto, construyendo una campana
protectora imaginaria, podía sobrevivir
y desarrollarse. Sin embargo, esto que se
escucha permanentemente no es cierto. Necesitamos
ayuda de los otros. Creer lo contrario termina
destruyéndonos. Es importante saber
pedir ayuda.
Por eso, pidamos
a Dios, de todo corazón, que venga
su Reino a nuestra familia. Digámosle
que como padre bueno que está siempre
con nosotros, nos ayude para que sea realidad
este Reino en nuestro hogar para que, de
esta forma, el mundo vea que es posible
vivir en el amor desinteresado.
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Padre,
te pedimos que nos ayudes
para
que nuestra familia sea el reflejo
de tu Reino.
Que
seamos capaces de vivir la justicia,
la
comprensión,
la
esperanza,
y
el amor desinteresado.
Te pedimos
que nos ayudes
para
que los hombres puedan encontrar
en
nuestra familia la esperanza en un
mundo mejor.
Que los
padres logremos hacer descubrir a
nuestros hijos,
a
través de la experiencia, que
es posible la paz.
Que
en nuestro hogar se respire un clima
de tranquilidad,
que
no es ausencia de problemas,
sino
una actitud distinta y de esperanza
frente
a las situaciones problemáticas.
Que
ellos aprendan que es necesario ser
pacíficos,
que
la paz es fundamental
para
el buen desarrollo de las personas
y de la sociedad.
Que el
Reino se perciba en la apertura
de
nuestra familia hacia los demás.
Que
vivamos contentos con lo que hemos
construido,
pero,
al mismo tiempo, no nos encerremos
en nuestra casa.
Que
siempre estemos atentos
a
las necesidades de los que nos rodean.
Que
nuestra familia sea hospitalaria,
de
puertas abiertas,
que
todos encuentren en ella un lugar
de descanso,
de
tranquilidad y de compañía
acogedora y cordial.
Te pedimos,
Padre,
que
sepamos ser signo de encuentro y punto
de unión
en
medio de este mundo que,
persiguiendo
una supuesta globalización,
ha
olvidado la importancia de ser persona.
Que sepamos
crecer, cambiar y, algún día,
ver
a nuestros hijos partir.
Y,
entonces, que ellos sean capaces
de
llevar tu Reino por todo el mundo
a
través de la familia que construyan.
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Tomado
de "Padrenuestro de la familia", de
M. I. Casalá, San Pablo
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