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Chandrakant
era un mendigo indio que se tenía
por el último de todos. "No
valgo para nada", solía repetirse
a sí mismo. "Soy un inútil,
un parásito. Nadie me quiere
ni nadie me querrá jamás".
La única
cosa que de veras llamaba suya era
la sucia y vieja vasija de pedir,
que jamás se apartaba de su
lado y que constantemente ponía
delante de todo el que creía
que probablemente le daría
dinero.
A veces
lo hacía tímidamente,
del todo consciente de su insuficiencia.
Otras veces la ponía descarada
y hasta rencorosamente delante de
ciertas personas, especialmente si
sentía envidia de ellas. Esto
lo sentía con frecuencia, por
lo cual experimentaba satisfacción
más que vergüenza en aceptar
la caridad.
A menudo
entraba en las tiendas, pidiendo a
dueños y clientes indistintamente
que le dieran una limosna.
Un día
entró en una tienda de objetos
curiosos y puso su pesada y vieja
vasija de mendigo ante las narices
del propietario:
"Por favor,
se lo ruego. Tenga compasión
de mí. Sólo lo preciso
para un pedazo de pan. Tengo hambre.
Tenga piedad de mí".
El dueño
se quedó mirando la sucia vasija
del mendigo. Por último se
la tomó a Chandrakant diciendo:
"Deja que
examine más de cerca esa sucia
vasija tuya".
"Por favor,
señor", exclamó Chandrakant,
"déjemela... Es lo único
..."
"Sólo
un minuto, le interrumpió el
propietario de la tienda. "Eres un
extraño mendigo. Tienes tú
más que yo".
"Por favor,
señor, no se burle de mí.
Sólo deseo ..."
"Lo digo
en serio. Tú no eres un pobre.
Esa vasija tuya tan grande... ¿Por
qué no la vendes? Es de oro
macizo"
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