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Catequistas, profetas de esperanza en tiempos de crisis (III)

por Marcelo A. Murúa

Los catequistas somos hombres y mujeres que vivimos la vocación de anunciar el Evangelio de Jesús formando discípulos del Señor en nuestras comunidades. La formación de discípulos es una de las tareas que Jesús encomendó a la primera comunidad, al enviarlos a continuar su obra (Mt. 28, 16-20).

Tiempos de crisis

En la Biblia existe una cualidad muy importante relacionada con los tiempos que se viven. Hay un tiempo propicio para la manifestación del Dios de la Vida, para reconocer los signos de su presencia, y a partir de ellos actuar a favor de su proyecto. Este tiempo propicio se conoce con el nombre de "kairós".

El libro del Eclesiastés nos presenta en un conocido y bellísimo texto esta cualidad "religiosa" del tiempo:

"Hay un tiempo para cada cosa,
y un momento para hacerla bajo el sol.
Hay tiempo de nacer y tiempo de morir,
tiempo para plantar,
y tiempo para arrancar lo plantado.
Un tiempo para la muerte,
y un tiempo para sanar;
un tiempo para destruir,
y un tiempo para construir…"
Ecl. 3, 1-8


En nuestros días existe un gran consenso en describir los momentos que vivimos, como pueblo-comunidad, y también en forma individual, como tiempos de crisis.

La palabra crisis proviene del idioma griego ("krisis") y su significado es "combate, esfuerzo, juicio". Es una palabra derivada de un verbo, "krinein", que describía las acciones de "juzgar, separar, combatir".

A nivel social los tiempos de crisis son aquellos en que, por distintas razones, pierden sentido y van cayendo las creencias en las cuales una sociedad había estructurado sus pilares. Son períodos conflictivos y dolorosos, pero también fecundos como oportunidad de gestación de procesos y realidades nuevas.

Un buen ejemplo de "tiempos de crisis" lo podemos apreciar en el tiempo del exilio, o destierro, del pueblo israelita en Babilonia. Durante los cincuenta años que van desde el 587 a.C. hasta el 581 a.C, el pueblo judío vivió una de las etapas más duras de su caminar. El imperio babilónico lo sometió destruyendo su capital y el Templo. En pocos años perdieron la independencia política (no tuvieron más rey), la tierra y el Templo de Jerusalén (centro de su vida religiosa). Se habían caído todos los apoyos y sostenes de su fe. Una parte de su población fue desterrada a Babilonia, a unos 1500 km de su tierra, mientras que los que quedaron en Judá lo hicieron en condiciones muy desfavorables.

Este tiempo de prueba, dolor y resistencia para el pueblo, fue uno de los más fecundos en su pensamientos teológico. Es la etapa en la que se terminan de escribir los textos del Pentateuco, por un lado, y en la cual, comienza una nueva experiencia de Dios en el seno del pueblo, los pobres de Yavé, cuyos testimonios recogen algunos de los profetas, en especial el libro de Isaías en sus capítulos 40 a 55). La crisis fue una oportunidad para el crecimiento, aunque dolorosa y conflictiva.

De la misma manera creemos que la situación que vivimos como pueblo puede ser un desafío para nuestro crecimiento y maduración. Es una oportunidad para "juzgar" desde la óptica de Dios las realidades que vivimos, lo que nos pasa, y "separar" desde los valores del Reino, lo que responde al proyecto de Dios y colabora en su crecimiento (la vida digna de todos los hombres), de aquello que lo demora y destruye (la muerte en sus diversas manifestaciones). Es tiempo de trabajar por una sociedad más solidaria, justa y fraterna.


Ser profeta

En la Biblia el profeta es, ante todo, una persona poseída por el Espíritu de Dios. El hermoso texto del llamado de Dios a Jeremías nos lo muestra con claridad, "Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocía; antes de que tu nacieras, yo te consagré…" (Jer. 1, 4-10).

Otros textos de vocaciones proféticas son también muy explícitos al subrayar esta relación entre el Espíritu y la persona elegida por Dios.

El profeta es una persona que habla en el nombre del Dios de la Vida. Sus palabras y acciones siempre están dirigidas a presentar ante los demás la voluntad de Dios. Anuncia o denuncia, construye o destruye, planta o arranca, teniendo como horizonte el proyecto de Dios. Es un empecinado constructor de esperanza y sentido de la vida, pues ante los momentos más difíciles es capaz de seguir mirando la historia desde los ojos de Dios.


Artesanos de la esperanza

Como catequistas podemos ser hombres y mujeres de esperanza, que animen a quienes nos rodean, que anuncien la presencia y cercanía de Dios (aún en lo duro de estos días), que expresen con voz clara y gestos comprometidos el mundo solidario que Dios sueña para todos.

La crisis puede ser una oportunidad para abrir rendijas donde se cuele el Espïritu de Dios, su gracia. En las pequeñas comunidades, en los grupos de catequesis, en las familias, es posible ir re-creando un estilo de vivir más comunitario y fraterno. Más preocupado y ocupado en responder con las obras los desafíos que nos plantea la historia de nuestros días.

Como catequistas podemos ser artesanos de la esperanza. Sencillos sembradores de buen ánimo y aliento, alegría y sentido de la vida, utopía de Dios y compromiso por el otro, semillas todas de la esperanza entre nosotros.


Para reflexionar

  • ¿Qué sentimientos despierta entre nosotros la crisis que vivimos?
  • Leer juntos el texto del Eclesiastés y comentarlo.
  • ¿Puedes relacionar el mensaje de este texto con la situación que vive nuestro país?
  • Leer juntos el texto de Jeremías. Piensa en la palabra que Dios dirige al profeta, "pondré mis palabras en tu boca".
  • ¿Cómo ser fieles a lo que Dios quiere anunciar en estos días?
  • Ponerse de acuerdo en una obraconcreta que pueda ser un gesto de esperanza en la comunidad que vivimos o el grupo de catequesis que acompañamos.


Para pensar

Cuando sueño sólo
es solamente un sueño.
Cuando soñamos juntos,
es el comienzo de una nueva realidad.

Monseñor Helder Camara

 


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