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Lo conocían
como "Camilo, el que cada mañana
pide limosna en la puerta del templo",
y era cierto. Indefectiblemente el
pordiosero ocupaba cada mañana
su lugar y enseguida empezaba a salmodiar:
-¡Una
monedita por el amor de Dios!
Una vez
sí, dos veces no, caía
alguna moneda en el jarro que Camilo
tendía hacia la gente. Apenas
la limosna por el amor de Dios rebotaba
en el fondo del jarro, el pordiosero
agradecía, pero esta vez variaba
el tono de su voz con un retintín
especial:
-Dios te
dé el ciento por uno de lo
que me diste, pero al que no me da,
que Dios le quite mil...
Cerca de
Camilo pedían otros mendigos
como él con diferentes fórmulas;
cada uno le daba a lo que recibía
destinos parecidos: comida, billetes
de la lotería, placeres de
la carne o bailes de romería.
Pero Camilo era un ahorrativo empedernido.
Moneda que recibía, moneda
que guardaba.
-¿Y,
compañero? -preguntaban sus
colegas. -¿Para cuándo
unos chorizos colorados o un vino
para compartir?
-No le
pidan nada; Camilo es un avaro...
-Realmente,
este mendigo no sabe vivir.
Pero Camilo
se disculpaba con una fórmula
rara.
-¡Ya
voy a disfrutar el ciento por uno!
Hasta que
una mañana -la mañana
siguiente a las fiestas patronales-
Camilo faltó a su puesto de
trabajo.
A eso de
las tres de la tarde estacionó
frente a los mendigos una reluciente
limusina de chofer uniformado.
El conductor
bajó, abrió la portezuela
y del autazo salió un Camilo
desconocido. Estaba recién
afeitado, perfumado y vestido con
elegancia.
El limosnero
había resucitado veinte años
más joven.
-¡Ahora
sí que la hiciste bien, colega...!
-¡Cien
días de mendigo bien valen
uno de acción de gracias!
-¡De
eso se trataba...!
Lo rodearon
para preguntarle, para tocarlo y comprobar
de cerca aquel actuar misterioso que
de un día para otro se revelaba
pura enseñanza.
-¡Qué
me trague la tierra...! Lo que consiguió
este con moneditas iguales a las que
yo embocaba...
-¡Gastábamos
en pequeñeces mientras él
se aguantaba!
-Bueno,
¡basta de hablar como vulgares
mendigos! -dijo el ex limosnero. -¡Vengan
a compartir mi gloria...!
La limusina
repleta de mendigos saludando arrancó
haciendo sonar la bocina.
-¡Chofer,
no vaya ligero y baje las ventanillas!
¡Vamos a saludar a todo el pueblo...!
Era predecible:
los curiosos escandalizados no entendieron
que se trataba de un milagro.
-Ahora
vamos a almorzar, -anunció
el nuevo rico, -pero antes necesito
invitar a esa viuda que se jubiló
y gana una miseria.
-¡Esa
te dio una vez una monedita de nada!
-Esa mujer
me dio todo lo que quedaba en su monedero.
-Pero...
-Yo me
entiendo, muchachos. Es aquí.
Bajo y la traigo con nosotros.
Minutos
después la limosina estacionó
ante el mejor hotel del pueblo.
-¿Te
parece que nos dejarán entrar?
-Ay, Camilo,
nos van a echar a patadas...
-Mejor
te esperamos acá en el auto,
Camilo...
El ex mendigo
reaccionó contrariamente.
-Ustedes
son mis invitados; ¡abajo todo
el mundo, a brindar, a comer, a bailar!
Ese día
el pueblo escandalizado se arremolinó
para murmurar.
-Qué
descaro...
-Propio
de gente ignorante, sin cabeza...
-Qué
despilfarro...
-¡Gastarse
en un día lo que recibió
en incómodas y mínimas
cuotas...!
Al día
siguiente Camilo y los demás
volvieron a su puesto de trabajo a
pedir por el amor de Dios pero nadie
les dio.
La gente
sabia y prudente pasó al lado
de los pobres apurando el paso, mirando
para otro lado.
La única
que abrió de nuevo el monedero
fue la viuda.
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