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Camilo
de Carlos Joaquín Durán, del libro Cuentos para batir en grupo, de Ed. San Pablo

por María Inés Casalá

 

Lo conocían como "Camilo, el que cada mañana pide limosna en la puerta del templo", y era cierto. Indefectiblemente el pordiosero ocupaba cada mañana su lugar y enseguida empezaba a salmodiar:

-¡Una monedita por el amor de Dios!

Una vez sí, dos veces no, caía alguna moneda en el jarro que Camilo tendía hacia la gente. Apenas la limosna por el amor de Dios rebotaba en el fondo del jarro, el pordiosero agradecía, pero esta vez variaba el tono de su voz con un retintín especial:

-Dios te dé el ciento por uno de lo que me diste, pero al que no me da, que Dios le quite mil...

Cerca de Camilo pedían otros mendigos como él con diferentes fórmulas; cada uno le daba a lo que recibía destinos parecidos: comida, billetes de la lotería, placeres de la carne o bailes de romería. Pero Camilo era un ahorrativo empedernido. Moneda que recibía, moneda que guardaba.

-¿Y, compañero? -preguntaban sus colegas. -¿Para cuándo unos chorizos colorados o un vino para compartir?

-No le pidan nada; Camilo es un avaro...

-Realmente, este mendigo no sabe vivir.

Pero Camilo se disculpaba con una fórmula rara.

-¡Ya voy a disfrutar el ciento por uno!

Hasta que una mañana -la mañana siguiente a las fiestas patronales- Camilo faltó a su puesto de trabajo.

A eso de las tres de la tarde estacionó frente a los mendigos una reluciente limusina de chofer uniformado.

El conductor bajó, abrió la portezuela y del autazo salió un Camilo desconocido. Estaba recién afeitado, perfumado y vestido con elegancia.

El limosnero había resucitado veinte años más joven.

-¡Ahora sí que la hiciste bien, colega...!

-¡Cien días de mendigo bien valen uno de acción de gracias!

-¡De eso se trataba...!

Lo rodearon para preguntarle, para tocarlo y comprobar de cerca aquel actuar misterioso que de un día para otro se revelaba pura enseñanza.

-¡Qué me trague la tierra...! Lo que consiguió este con moneditas iguales a las que yo embocaba...

-¡Gastábamos en pequeñeces mientras él se aguantaba!

-Bueno, ¡basta de hablar como vulgares mendigos! -dijo el ex limosnero. -¡Vengan a compartir mi gloria...!

La limusina repleta de mendigos saludando arrancó haciendo sonar la bocina.

-¡Chofer, no vaya ligero y baje las ventanillas! ¡Vamos a saludar a todo el pueblo...!

Era predecible: los curiosos escandalizados no entendieron que se trataba de un milagro.

-Ahora vamos a almorzar, -anunció el nuevo rico, -pero antes necesito invitar a esa viuda que se jubiló y gana una miseria.

-¡Esa te dio una vez una monedita de nada!

-Esa mujer me dio todo lo que quedaba en su monedero.

-Pero...

-Yo me entiendo, muchachos. Es aquí. Bajo y la traigo con nosotros.

Minutos después la limosina estacionó ante el mejor hotel del pueblo.

-¿Te parece que nos dejarán entrar?

-Ay, Camilo, nos van a echar a patadas...

-Mejor te esperamos acá en el auto, Camilo...

El ex mendigo reaccionó contrariamente.

-Ustedes son mis invitados; ¡abajo todo el mundo, a brindar, a comer, a bailar!

Ese día el pueblo escandalizado se arremolinó para murmurar.

-Qué descaro...

-Propio de gente ignorante, sin cabeza...

-Qué despilfarro...

-¡Gastarse en un día lo que recibió en incómodas y mínimas cuotas...!

Al día siguiente Camilo y los demás volvieron a su puesto de trabajo a pedir por el amor de Dios pero nadie les dio.

La gente sabia y prudente pasó al lado de los pobres apurando el paso, mirando para otro lado.

La única que abrió de nuevo el monedero fue la viuda.

 


Para reflexionar (Jóvenes y adultos)

El autor nos propone este cuento para "batir" los siguientes temas:

  • Saber dar sin ofender; saber agradecer a Dios, a los seres humanos.
  • Diferencia entre regalo, ofrenda, limosna...
  • El pobre, ante quien seremos juzgados.
  • El escándalo de la pobreza, el escándalo de la riqueza.
  • ¿Qué últimos serán los primeros en el Reino?
  • La fiesta del pobre; el despilfarro del rico.

Sabemos, porque lo leemos en los diarios y porque lo vemos todos los días en la calle, que cada vez hay más pobres y gente que no tiene otra forma de ganarse la comida que no sea pidiendo. Sin embargo, cada vez que alguien nos pide unas monedas tenemos sensaciones de lo más diversas: será cierto qué necesita, me estará engañando, necesitará de verdad... Creemos que este cuento nos puede servir como punto de partida para pensar cómo actuamos y qué sentimos frente a los que piden, frente al necesitado, frente al pobre.

Sugerimos entregar una copia del cuento a cada participante para que lo puedan leer en forma individual y escribir las sensaciones que le provoca la lectura.

En un segundo momento, se pone en común lo que cada uno pensó o sintió. En esta puesta en común se busca compartir lo reflexionado. Más que provocar un debate, se debe buscar generar un espacio en el cual cada uno pueda compartir qué le preocupa de este tema y cómo reacciona cuando le piden algo.

En un tercer momento, cómo debe actuar un verdadero cristiano. ¿Debe dar limosna? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿A quién? ¿Cómo actuó Jesús con el pobre?

Este es un tema que preocupa a los grandes y a los chicos, que son especialmente sensibles frente al que pide. Es importante educar a los chicos para que, como dice el papa Juan Pablo II, seamos imaginativos en la caridad, para que no la transformemos sólo en dar aquello que nos sobra, sino en un compartir fraterno.

 
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