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La mina de oro
de Féliz Núñez Uribe, del libro Dios es humor, ed. Atenas

por María Inés Casalá

 

Cuentan que una vez llegaron a América cinco vecinos de un pueblecito de Vizcaya. Como todos los que llegaban a aquellas tierras, aquellos cinco amigos iban buscando oro. Se pasaron varios años arañando la tierra, rastreando las aguas del río en busca de una preciosa pepita dorada, pasando hambre, sufriendo el frío, recordando su tierra de Vizcaya.

Ellos habían dejado su pueblo, cubierto de robles, con el sueño de encontrar oro en tierras lejanas. Por aquella época habían comenzado en Vizcaya a explotarse unas famosas minas de hierro.

Pero aquellos cinco amigos, despreciando el hierro que sacaban en las montañas de su tierra, habían marchado hasta América en busca de oro. Pero aquel precioso metal no salía por ninguna parte.
Una mañanita, uno de los cinco vio brillar una piedra casi redonda cerca del río. Se paró, receloso, y miró aquel pedrusco del tamaño de un puño. No se atrevía a cogerlo.

Llamó a sus amigos y les señaló con el dedo aquel trozo de piedra que brillaba al recibir los rayos del sol. Se acercaron los otros cuatro y, efectivamente era oro. Oro purísimo.

Con fiebre en sus manos, fueron sacando tierra húmeda de aquel lugar y se dieron cuenta enseguida de que aquella piedra procedía de una roca, toda de oro, que estaba bajo tierra a pocos pies de profundidad. Habían encontrado el sueño de tantos años. Habían encontrado una mina de oro.

A la noche hicieron sobremesa después de cenar. Y acordaron por unanimidad que aquel secreto no se lo dirían a nadie. Uno por uno fue dando palabra de honor de que no revelarían absolutamente a nadie aquel hallazgo. Y porque se conocían bien, se fueron a dormir con la seguridad de que aquel secreto no iba a salir del círculo de los cinco.

A la mañana siguiente era domingo. Y, lo mismo que todas las semanas, aquellos cinco vizcaínos bajaron al poblado para alternar con los otros emigrantes que habian llegado por allí, como ellos, en busca de oro. Se pusieron unos pantalones limpios y una camisa blanca, y bajaron del monte camino del pueblo.
Estuvieron en Misa, comieron en la cantina, bebieron con los vecinos y durmieron mansamente.

Por la mañana se volvieron los cinco de nuevo al monte. Al poco tiempo se dieron cuenta, con extrañeza, de que varios hombres, en grupos de cuatro, les estaban siguiendo. Fue tanta la sorpresa que se miraron los cinco, buscando la cara del traidor. Alguno había soltado la lengua.

-¿Has sido tú?
-Yo no.
-Yo tampoco.
-Yo tampoco.

Ninguno había soltado prenda. Los hombres que les seguían iban, indudablemente, detrás de ellos. No se despistaban, no se alejaban hacia otras direcciones. Sin duda, era a ellos a quienes seguían todos aquellos hombres con pasos decididos.
Ya no había nada que disimular. Uno de los cinco se volvió a los hombres que les seguían y les preguntó con toda decisión:

-¿Por qué nos seguís?
-Porque sabemos que habeís encontrado oro.
-¿Y quién os lo ha dicho?
-Nadie.
-Pues, ¿cómo lo sabeís?

Y fue entonces cuando les dijeron la frase más deslumbrante que habían oído en su vida.

-¿Que cómo lo sabemos? ¡Se os nota en los ojos!


Para trabajar el cuento

A partir de este relato podemos preguntarnos:

  • De la misma manera que los amigos dejaron la seguridad de su pueblo: ¿Somos capaces de dejar la comodidad, lo seguro, para buscar a Dios?
  • ¿Nos cansamos fácilmente cuando no logramos lo que queremos?
  • Cuando queremos buscar el sentido de nuestra vida, ¿lo hacemos solos o buscamos amigos que nos quieran para que nos ayuden?
  • ¿Tenemos confianza en nuestros amigos?
  • ¿Se nos nota a los cristianos que hemos encontrado el tesoro de la felicidad?
  • ¿En qué actitudes concretas se debería notar que creemos en Jesús?
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