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Cuentan
que una vez llegaron a América
cinco vecinos de un pueblecito de
Vizcaya. Como todos los que llegaban
a aquellas tierras, aquellos cinco
amigos iban buscando oro. Se pasaron
varios años arañando
la tierra, rastreando las aguas del
río en busca de una preciosa
pepita dorada, pasando hambre, sufriendo
el frío, recordando su tierra
de Vizcaya.
Ellos
habían dejado su pueblo, cubierto
de robles, con el sueño de
encontrar oro en tierras lejanas.
Por aquella época habían
comenzado en Vizcaya a explotarse
unas famosas minas de hierro.
Pero aquellos cinco amigos, despreciando
el hierro que sacaban en las montañas
de su tierra, habían marchado
hasta América en busca de oro.
Pero aquel precioso metal no salía
por ninguna parte.
Una
mañanita, uno de los cinco
vio brillar una piedra casi redonda
cerca del río. Se paró,
receloso, y miró aquel pedrusco
del tamaño de un puño.
No se atrevía a cogerlo.
Llamó a sus amigos y les señaló
con el dedo aquel trozo de piedra
que brillaba al recibir los rayos
del sol. Se acercaron los otros cuatro
y, efectivamente era oro. Oro purísimo.
Con fiebre en sus manos, fueron sacando
tierra húmeda de aquel lugar
y se dieron cuenta enseguida de que
aquella piedra procedía de
una roca, toda de oro, que estaba
bajo tierra a pocos pies de profundidad.
Habían encontrado el sueño
de tantos años. Habían
encontrado una mina de oro.
A la noche hicieron sobremesa después
de cenar. Y acordaron por unanimidad
que aquel secreto no se lo dirían
a nadie. Uno por uno fue dando palabra
de honor de que no revelarían
absolutamente a nadie aquel hallazgo.
Y porque se conocían bien,
se fueron a dormir con la seguridad
de que aquel secreto no iba a salir
del círculo de los cinco.
A la mañana siguiente era domingo.
Y, lo mismo que todas las semanas,
aquellos cinco vizcaínos bajaron
al poblado para alternar con los otros
emigrantes que habian llegado por
allí, como ellos, en busca
de oro. Se pusieron unos pantalones
limpios y una camisa blanca, y bajaron
del monte camino del pueblo.
Estuvieron
en Misa, comieron en la cantina, bebieron
con los vecinos y durmieron mansamente.
Por la mañana se volvieron
los cinco de nuevo al monte. Al poco
tiempo se dieron cuenta, con extrañeza,
de que varios hombres, en grupos de
cuatro, les estaban siguiendo. Fue
tanta la sorpresa que se miraron los
cinco, buscando la cara del traidor.
Alguno había soltado la lengua.
-¿Has sido tú?
-Yo
no.
-Yo
tampoco.
-Yo
tampoco.
Ninguno había soltado prenda.
Los hombres que les seguían
iban, indudablemente, detrás
de ellos. No se despistaban, no se
alejaban hacia otras direcciones.
Sin duda, era a ellos a quienes seguían
todos aquellos hombres con pasos decididos.
Ya
no había nada que disimular.
Uno de los cinco se volvió
a los hombres que les seguían
y les preguntó con toda decisión:
-¿Por qué nos seguís?
-Porque
sabemos que habeís encontrado
oro.
-¿Y
quién os lo ha dicho?
-Nadie.
-Pues,
¿cómo lo sabeís?
Y fue entonces cuando les dijeron
la frase más deslumbrante que
habían oído en su vida.
-¿Que cómo lo sabemos?
¡Se os nota en los ojos!
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