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¿Cómo
crecen nuestros hijos?
por María
Inés Casalá
No
quiero entrar en detalles acerca de las
difíciles condiciones por las que
estamos pasando. Todos, de alguna manera,
sufrimos las consecuencias de un modelo
económico que no funciona porque
no permite que las personas puedan vivir
dignamente. No pretendo analizar acá
las causas de lo que estamos viviendo, pero
sí quiero reflexionar acerca de cómo
crecen nuestros hijos o alumnos en esta
situación. Porque ellos, a pesar
de la corta edad que pueden tener, están
en medio de todos los problemas, los conocen
y les temen.
Por
eso creo que es importante que pensemos
en cómo los podemos ayudar a crecer.
A veces los chicos me preguntan si uno puede
decidir o elegir cómo quiere ser.
Creo que cada uno de nosotros somos como
la arcilla que modela el alfarero. Dios
nos sostiene entre sus manos y cada uno
de nosotros debe ir buscando su forma. La
arcilla de cada uno es distinta, pero justamente
ése es el reto. Con lo que cada uno
posee debe hacer la mejor vasija posible.
Recuerdo
a mi profesora particular de francés.
Había tenido poliomelitis cuando
era chica y estaba en una silla de ruedas.
Daba clase en el comedor de su casa, una
planta baja a la calle, que tenía
una ventana-balcón. Los vecinos que
pasaban por la calle la saludaban y ella
respondía con una sonrisa o levantando
el brazo. Siempre nos esperaba alegre y
nunca le escuché una queja en los
años que fui cada semana a su casa.
La última vez que la vi, en una cama
de hospital, unos días antes de morir
de cáncer me recibió tan alegre
como siempre. Me preguntó por cada
uno de mis hermanas, por mis padres, me
mandó saludos para cada uno, conversamos
un rato y lo que más recuerdo de
ella es la expresión de su rostro
cuando desde la puerta me di vuelta para
decirle adiós y ella me sonrió.
¿Qué tenía Chacha que
podía ser feliz aún en medio
de tan grandes dificultades?
Supongo,
porque nunca lo conversé con ella,
que había sido capaz de hacer con
su arcilla la mejor vasija y, una vasija
mucho mejor que la de muchos otros que poseían
arcillas aparentemente más perfectas.
Ella se había dejado ayudar por su
madre y una gran fe en Jesús; siempre
dio y recibió amor. Algunas de sus
antiguas alumnas todavía nos vemos
y hablamos de ella porque quedó en
el corazón de los que la conocimos.
Y, el lugar en dónde estaba su casa,
es para mí un lugar especial de Buenos
Aires, porque ahí alguien supo ser
feliz y me enseñó cómo
Dios hace grandes cosas con los más
pequeños.
Cuando
pensamos educar a los niños tenemos
que darles todas las herramientas posibles
para que puedan llegar a ser lo que ellos
quieran ser y lo que Dios pensó para
cada uno. En realidad, lo primero que tenemos
que ayudarles a descubrir es lo que Dios
pensó para cada uno porque eso es
lo mejor que uno puede ser. Debemos ayudarlos
a que tengan la imagen de un Dios que nos
ama como nos ama un padre o una madre que
nos quiere y se ocupa de nosotros.
También
tenemos que enseñarles la importancia
de tener y hacer memoria. No podemos crecer
si no tenemos pasado, si no amamos nuestro
pasado. Es necesario conocer la verdad acerca
de nuestro pasado para crecer sobre algo
firme.
Tenemos
que ayudarlos a crecer en sabiduría
para que puedan distinguir lo que es importante
de lo que no.
Debemos
ayudarlos a crecer en el amor y en la capacidad
de reflexión.
Acompañarlos
para que aprendan a utilizar la libertad
para su bien y el bien común. A buscar
y defender la verdad. A no temer equivocarse
y a pedir perdón y recomenzar cada
día.
Pero,
lo que más deben saber y sentir en
lo más profundo de su corazón
que, en nosotros y en Dios, tienen alguien
en quien confiar. Que pueden recurrir a
las personas que los aman para que los ayuden
y aconsejen.
Cada
uno será al final de su vida la obra
de arte que haya sido capaz de realizar
con sus actos, con su amor, con su reflexión,
en definitiva, con todos los dones que Dios
nos dio para ser lo que estamos llamados
a ser: imagen y semejanza de Dios, que no
es poco.
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