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Damón
y Pitias habían sido excelentes
amigos desde la infancia y cada cual
confiaba en el otro como en un hermano.
Dionisio,
monarca de Siracusa, se fastidió
cuando oyó los discursos que
pronunciaba Pitias.
El joven
estudioso decía a su público
que ningún hombre debía
ejercer poder ilimitado sobre otro,
y que los tiranos eran reyes injustos.
En un arrebato
de ira, Dionisio convocó a
Pitias y a su amigo.
- ¿Quiénes
creen que son, para sembrar el descontento
entre mi gente? -preguntó cuando
los tuvo frente a su trono.
- Yo sólo
digo la verdad -respondió Pitias
-y no puede haber nada de malo en
ello.
- ¿Y
tu verdad sostiene que los reyes tienen
demasiado poder y que sus leyes no
son buenas para sus súbditos?
- Sí,
si un rey ha tomado el poder sin autorización
del pueblo, eso es lo que yo diría.
- Estas
palabras son traición -gritó
Dionisio-, estás conspirando
para derrocarme. Retráctate.
- No me
retractaré -respondió
Pitias.
- Entonces
morirás. ¿Tienes un último
deseo?
- Sí.
Déjame ir a casa para despedirme
de mi esposa y mis hijos, y poner
mis cosas en orden.
- Veo que
no sólo crees que soy injusto,
sino que además, soy estúpido
-rió desdeñosamente-.
Si te dejo salir de Siracusa, no volveré
a verte.
- Te haré
un juramento.
- ¿Qué
clase de juramento podrías
hacer que me indujera a creer que
regresarás?
En ese
momento Damón, que había
permanecido en silencio, se adelantó.
- Yo seré
su garantía. Reténme
en Siracusa, como prisionero, hasta
su regreso. Nuestra amistad es bien
conocida. Puedes tener la certeza
de que Pitias regresará mientras
me tengas aquí.
Dionisio
estudió en silencio a ambos
amigos.
- Muy bien
-dijo al fin-. Pero si deseas tomar
el lugar de tu amigo, debes estar
dispuesto a aceptar su sentencia si
él rompe su promesa. Si Pitias
no regresa a Siracusa, morirás
en su lugar.
- Él
mantendrá su palabra -respondió
Damón-. No tengo la menor duda
de ello.
Pitias
obtuvo autorización para ir
a su pueblo y Damón fue a dar
a la cárcel. Al cabo de varios
días, como Pitias no aparecía,
Dionisio no pudo con su curiosidad
y fue a la prisión para ver
si Damón se arrepentía
del trato que había hecho.
- Tu tiempo
se está acabando -se mofó
el monarca- y, te advierto que será
inútil pedir piedad. Fuiste
un necio en confiar en la promesa
de tu amigo. ¿De veras creíste
que sacrificaría su vida por
tí o por cualquier otro ?
- Sólo
ha sufrido una demora -respondió
Damón sin inmutarse-. Seguramente
los vientos le han impedido navegar,
o tal vez ha sufrido un accidente
en la carretera. Pero, si es humanamente
posible, él regresará
a tiempo. Creo en su palabra como
en mi existencia.
Dionisio
se asombró de la confianza
del prisionero y se fue dejando a
Damón en su celda.
Y llegó
el día fatal. Damón
fue sacado de la prisión y
conducido ante el verdugo.
Dionisio
lo saludó con una sonrisa socarrona.
- Parece
que tu amigo no ha llegado. ¿Qué
piensas ahora de él?
- Es mi
amigo y confío en él.
Mientras
daba esta respuesta, se abrieron las
puertas de la ciudad y Pitias entró
tambaleándose. Pálido
y magullado, apenas podía hablar
de cansancio. Se arrojó en
brazos de su amigo.
- Estás
a salvo, loados sean los dioses -jadeó-.
Parecía que los hados conspiraban
contra nosotros. Mi barco naufragó
en una tormenta, y luego me atacaron
unos salteadores. Pero me negué
a abandonar mis esperanzas, y logré
llegar a tiempo para cumplir mi sentencia
de muerte.
Dionisio
quedó atónito al oír
estas palabras, y sus ojos y su corazón
se abrieron. Era imposible resistir
al poder de semejante constancia.
- La sentencia
queda revocada -declaró-. Jamás
creí que tanta fe y lealtad
pudieran existir en la amistad. Me
han demostrado qué equivocado
estaba, y es justo que sean recompensados
con su libertad. A cambio les pediré
un gran servicio.
- ¿A
qué te refieres? - preguntaron
los amigos.
-
Enséñenme a ser
capaz de tener una amistad tan noble.
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